

Yo sí tuve un problema con el robo. Duró, más o menos, desde que tenía siete años hasta los dieciocho. Pero no era el problema clásico de andar robándole a cualquier persona, negocio, familiar o trabajo porque necesitaba cosas, porque me emocionaba hacerlo o porque desde niño ya traía vocación de rata con iniciativa propia, horario flexible y disponibilidad inmediata para desaparecer objetos mientras la ciudadanía miraba para otro lado.
Lo mío era más específico: yo robaba como estrategia de venganza.
No era una estrategia legal, proporcional ni registrada ante la Presidencia Municipal. No tenía reglamento, sello, caja chica, chaleco color beige ni una señora detrás de una ventanilla pidiendo tres copias de la ofensa, una fotografía tamaño infantil del culero responsable y un comprobante reciente de que efectivamente se había pasado de culero.
Era un sistema construido por un niño con casi nada de orientación, nada de autoridad y muy pocas maneras de imponerle una consecuencia a la gente culera.
Porque ésa era la categoría completa: la gente culera.
No nada más “los culeros”, porque entre los expedientes también figuraba mi madrastra y hasta el idioma español, que puede tolerar una presidencia sin presidente presente, un portal que existe pero no informa y una calle recién pavimentada que se abre otra vez el martes, exige de vez en cuando que la ciudadanía quede correctamente registrada.
Cuando uno es niño y no tiene fuerza, rango, dinero, transporte, adulto competente ni acceso al Departamento Universal de Poner a Cada Quien en su Lugar, empieza a trabajar con los materiales disponibles. Unos lloran. Otros gritan. Otros se esconden. Yo instalé una oficina clandestina de ajustes pendientes.
Tenía un solo empleado: yo.
No había supervisión adulta porque los adultos encargados de supervisar estaban ocupados demostrando que la supervisión sí existía, aunque no apareciera físicamente donde estaban ocurriendo las cosas. No se trataba de que no hubiera sistema. Sistema sí había. Lo que no había era la parte donde el sistema hacía lo que el sistema decía que hacía antes de obligar al niño a fabricar otro sistema debajo del sistema, con tablones chuecos, dos clavos oxidados y el coraje conectado directamente a la corriente.
Mi sistema consistía en cobrar. No siempre dinero. A veces mercancía. A veces inconveniencia. A veces la tranquilidad con la que una persona había decidido levantarse esa mañana creyendo que podía tratar a los demás como se le diera la gana sin que el universo le moviera tantito la bolsa, las argollas o el inventario.
El dinero que ya estaba contado
De niño le robaba dinero a mi madrastra. No comida: dinero.
La diferencia importa porque la operación no consistía en abrir el refrigerador a escondidas, sacar algo y comérmelo detrás de una puerta. Yo no estaba liberando una salchicha cautiva ni rescatando una rebanada de jamón de un régimen doméstico que la tenía presa sin sentencia.
Yo iba por el gasto del día.
Ella revisaba su bolsa antes de salir para confirmar que llevaba dinero. No lo suponía. No confiaba vagamente en que tal vez hubiera unos billetes ahí, revueltos entre llaves, papeles doblados y objetos que llevan nueve años dentro de una bolsa porque algún día podrían servir para algo.
Lo verificaba. El dinero estaba ahí. La bolsa se cerraba. El trámite quedaba concluido.
Y yo esperaba precisamente a que terminara de revisarlo.
La operación dependía de que ella estuviera segura. No bastaba con quitarle una cantidad que quizá necesitara más tarde. El mecanismo requería que saliera de la casa con la confianza administrativa de quien ya inspeccionó el recurso, dio por cumplido el requisito y mentalmente estampó el sello de DINERO PRESENTE: PUEDE PROCEDER EL DÍA.
Después lo sacaba.
Ahí comenzaba la obra pública.
La intención no era únicamente quedarme con los billetes. El dinero era una parte, pero la parte principal era agarrarla fuera de balance. Que saliera confiada, que avanzara con sus pendientes y que llegara a donde iba con dos niños hambrientos, nada más para descubrir, al momento de pagar, que el recurso previamente inspeccionado había sufrido una desaparición de carácter municipal.
No una desaparición elegante. No una transferencia electrónica. No una maniobra financiera con cuentas secretas, abogados suizos y un señor de lentes oscuros mirando el lago desde una terraza.
Una bolsa que había tenido dinero y que ahora seguía teniendo exactamente la misma cara de bolsa, pero sin la parte que resolvía el día.
Ella ya lo había contado. Ella sabía que estaba ahí.
Por eso, cuando no aparecía, no podía pensar que se había confundido desde el principio. Primero tenía que entrar en esa zona especial de la administración doméstica donde una persona revisa cinco veces el mismo compartimento porque la lógica asegura que el billete debe existir, aunque la mano regrese vacía y el universo esté sentado a un lado con cara de funcionario que sí vio lo que pasó, pero no le corresponde esa ventanilla.
Entonces venían las llaves otra vez. Los papeles. El peine. Las monedas que no alcanzaban. Algún recibo viejo que reaparecía únicamente para burlarse.
Y la bolsa completa volteada como gallina recién espantada, soltando todo menos el dinero que ya había sido certificado por la propia autoridad de la casa.
Ése era el centro de la operación: no quitarle dinero antes de que lo revisara. Quitárselo después.
La represalia necesitaba precisión. Tenía que golpear exactamente donde la certeza acababa de instalarse.
Esto fue antes de que hubiera cajeros automáticos en cada banco, farmacia, gasolinera, supermercado y esquina donde ahora aparece una máquina iluminada dispuesta a cobrarte por entregarte tu propio dinero. En aquel tiempo no bastaba con caminar veinte pasos, meter una tarjeta y recibir billetes con la facilidad moderna de una pirámide que escupe recibos.
Había que ir al banco. Había que encontrarlo abierto. Había que formarse. Había que esperar. Había que rehacer el día alrededor del faltante mientras los niños seguían teniendo hambre y el reloj seguía caminando como si no hubiera participado en el delito.
Yo sabía eso. Ése era el punto.
No buscaba solamente comprarme algo. Buscaba que el faltante tuviera tiempo, distancia, fila, hambre, vueltas y cara de “pero si yo lo revisé antes de salir”.
La venganza no era el billete. La venganza era todo lo que el billete ausente obligaba a hacer.
Después yo me gastaba el dinero en jochos, hamburguesas, pizza y partidas de Defender en la maquinita del puesto de hamburguesas.
No estaba construyendo patrimonio. No estaba ahorrando para una casa. No estaba invirtiendo en terrenos a la salida del pueblo ni comprando maquinaria agrícola para convertirme, con doce pesos y mala intención, en terrateniente regional.
Estaba convirtiendo la represalia en comida grasosa y rayos láser.
El dinero pasaba de la bolsa de mi madrastra a una hamburguesa aplastada, un pedazo de pizza y una nave espacial que duraba exactamente hasta que alguna criatura pixelada me destruía frente a una pantalla con grasa de varias administraciones municipales.
Era una economía completa: ella recibía la inconveniencia; yo recibía una tarde; el puesto recibía el dinero; y la maquinita de Defender, como toda institución verdaderamente poderosa, terminaba quedándose con la mayor parte del presupuesto sin explicar resultados.
También había otra consecuencia.
Como yo sí robaba, cada vez que algo desaparecía, la investigación ya venía resuelta desde antes de empezar.
Faltaba dinero: yo. Faltaba un objeto: yo. Alguien no encontraba algo que quizá había dejado en otro lugar, guardado mal, prestado, tirado o enviado accidentalmente a otra dimensión doméstica debajo del sillón: yo.
El expediente no necesitaba pruebas porque ya tenía personaje principal. Mi nombre venía impreso en el formulario. Lo único pendiente era encontrar en qué bolsillo imaginario había escondido la cosa que faltaba.
Ése fue el costo administrativo de haber usado el robo como herramienta: cualquier desaparición futura llegaba con culpable incluido, igual que esos recibos donde ya viene marcada la propina antes de que uno decida si hubo servicio.
El visitante de San José y la jurisdicción infantil de Zacoalco
Otro episodio ocurrió en Zacoalco de Torres.
Yo tendría unos doce años. Había un amigo mío, al que aquí vamos a llamar Tonchis. Era de mi edad. Podía ser medio cliquero, sí, pero era divertido para andar con él y, además, era un niño igual que yo, no el presidente de una asociación secreta con facultades constitucionales para repartir desprecios.
También estaba un primo suyo que venía de San José, California.
No recuerdo exactamente cuántos años tenía. Tal vez dieciséis. Tal vez dieciocho o diecinueve. Lo que sí recuerdo es que era mayor, más grande y con una ventaja física bastante clara, por si la Dirección Municipal de Conflictos Entre Partes quisiera fingir que aquello era un pleito parejo porque todos traíamos zapatos.
No era parejo.
El primo trataba mal a Tonchis y también me trataba mal a mí. Me excluía deliberadamente y, cuando yo señalaba la exclusión, volteaba la situación para hacerme parecer sensible, exagerado o chillón.
No bastaba con apartarme. También tenía que lograr que mi reacción al ser apartado se convirtiera en el verdadero problema.
Era un sistema bastante fino. Él hacía algo. Yo decía que lo había hecho. Entonces él corregía el acta para que quedara asentado que lo ocurrido no era lo que él había hecho, sino la manera inconveniente en que yo había notado lo que él había hecho.
La cosa funcionaba porque funcionaba mientras nadie dijera que estaba funcionando. En cuanto alguien señalaba el mecanismo, el mecanismo declaraba que señalar mecanismos era conducta infantil.
Según Tonchis, el primo ya me traía mala voluntad porque yo era de Los Ángeles y él era de San José. Eso me lo dijo Tonchis. Yo no puedo certificar lo que el otro pensaba por dentro ni solicitar ahora una copia de sus motivos con sello original.
Pero la explicación coincidía con lo que yo veía: el trato, los momentos, la forma de excluirme y la manera de convertirme en bebé oficial cada vez que protestaba.
Tonchis recibía un trato parecido.
Yo no estuve presente en el altercado anterior entre ellos, pero ese primo ya le había reventado la cara. Tonchis me dio el informe completo porque él sí había vivido la operación y podía explicar el qué, el cuándo y el cómo.
No sé por qué el primo no quería a Tonchis. Tal vez porque Tonchis era medio cliquero. Tal vez por otra razón. Pero una cosa era que un niño fuera selectivo con sus amistades y otra muy distinta que un primo mayor le reventara la cara y luego siguiera administrando hostilidad con la dignidad de un delegado regional enviado a poner menores en su lugar.
Yo no tenía a mi padre orientándome sobre cómo responder a eso. No tenía autoridad. No tenía fuerza comparable. No tenía un adulto que dijera: “Este muchacho es mayor, es más grande y está usando esa ventaja para chingar a dos niños.”
Tenía lo que tenía. Y lo que tenía era casi nada.
Así que le robé unas argollas de oro y una cadena.
De todo lo que hice, ése es el robo que durante años me produjo la contradicción más rara. Me daba vergüenza haberlo hecho, pero no una vergüenza completa, redonda, lavada y lista para exhibirse como arrepentimiento de aparador.
Porque yo también sabía quién había sido a los doce años, con qué herramientas contaba y cuántos adultos habían participado en la fabricación de absolutamente ninguna alternativa.
El primo me confrontó de manera indirecta. Yo entendí.
Saqué las argollas y la cadena, las devolví y luego expliqué de más alguna cosa que ya ni recuerdo. Probablemente intenté cubrir el centro del asunto con una nube verbal suficientemente grande para que la verdad quedara adentro, pero nadie pudiera localizarla sin equipo especial.
Él recuperó todo. No una parte. No después de veinte años. Todo.
Y, sin embargo, siguió contando la historia.
Décadas después, cuando yo ya llevaba años sin pensar en ese hombre, un amigo me dijo que todavía la repetía.
Ese amigo no había estado en Zacoalco durante el incidente. No conocía la historia original. No tenía conexión con quienes participaron. No venía del grupo. No era testigo, primo, vecino, investigador, afectado, beneficiario ni suplente de la Comisión de Argollas Extraviadas.
Era una persona ajena a todo aquello.
Y aun así la historia había viajado lo suficiente para llegar hasta él y luego regresar a mí, como expediente municipal que alguien fotocopió tantas veces que ya no se distingue la firma, pero sigue circulando porque a nadie se le ocurre preguntar por qué todavía está abierto.
Yo ya había olvidado al primo. El primo seguía distribuyendo al niño de doce años.
La tienda que rechazó el juguete y autorizó el ajuste clandestino
También robé en negocios, pero no porque me produjera emoción entrar a una tienda y salir con algo escondido.
Hubo una tienda Thrifty’s donde yo había comprado un juguete. El juguete se rompió. Como había tirado el recibo, no quisieron devolverme el dinero ni cambiarlo.
La tienda aplicó su regla. Yo inventé la mía.
Si ellos se quedaban con mi dinero después de venderme algo que se rompió, entonces yo quedaba autorizado, según el reglamento interno de mi oficina clandestina, para recuperar el valor por otro medio.
Dentro de mi cabeza, aquello no era robo.
Era un ajuste. Una devolución sin cajera. Un reembolso ejecutado directamente por el consumidor después de que el establecimiento había decidido cerrar la ventanilla, bajar la cortina y declarar que el juguete roto pertenecía ahora al patrimonio histórico del cliente.
A partir de ahí, le robaba a esa tienda como venganza. No porque necesitara exactamente lo que tomaba, sino porque había decidido que existía una deuda y que podía irla cobrando en mercancía.
La lógica funcionaba mientras uno aceptara la lógica con la que la lógica había sido construida.
Ellos me perjudicaron. Yo respondí. Ellos tenían inventario. Yo tenía acceso.
La contabilidad cósmica quedaba cuadrada, aunque la suma hubiera sido realizada con una calculadora de tianguis a la que le faltaba la tecla de consecuencias.
El chocolate que clausuró el sistema
La última vez que robé fue a los dieciocho años. No a los dieciséis: a los dieciocho.
Habían pasado unos once años desde que aquella oficina clandestina empezó a recibir asuntos, cobrar agravios y extraviar expedientes según las necesidades del día.
Entré a un Thrifty’s y tomé una barra de chocolate. Me atraparon.
Hasta ese punto, todavía podía imaginarse que el sistema había sufrido simplemente una falla operativa. La vigilancia había detectado una maniobra. El ciudadano había calculado mal. La oficina de represalias había intentado ejecutar un ajuste y la sucursal comercial había respondido con personal, autoridad y cara de encargado que por fin atrapó al enemigo del pasillo de dulces.
Pero luego apareció el detalle.
Yo no me había fijado bien en cuál barra había agarrado. El chocolate ya estaba mordido.
No medio abierto de fábrica. No maltratado por el transporte. Mordido.
Yo había tomado el riesgo, había fallado, me habían atrapado y el objeto por el cual iba a cargar con toda la vergüenza era una barra de chocolate que alguien ya había probado y devuelto al mundo como si el pasillo de dulces fuera una mesa comunal.
Ahí entró por fin la ecuación de riesgo y beneficio.
Hasta entonces, el cálculo había sido sencillo. Había algo que ganar. Había una posibilidad de ser atrapado. Uno pesaba una cosa contra la otra y procedía con la matemática chueca disponible.
Pero aquel día apareció una tercera columna que nadie había registrado: uno puede arriesgarse, fracasar y descubrir además que la cosa ni siquiera valía el esfuerzo.
Peor todavía: aunque uno lograra llevársela sin ser atrapado, podía terminar con algo roto, abierto, incompleto, mordido o inútil.
Y cuando la cosa es robada, ¿a qué ventanilla va uno?
No hay recibo. No hay devolución. No hay cambio. No hay reclamación.
No puede uno regresar con el chocolate mordido, ponerlo sobre el mostrador y decir, con dignidad de consumidor lesionado: “Disculpe, joven, pero la mercancía clandestinamente adquirida no cumple con mis expectativas.”
La tienda sí tenía reglas. Los precios estaban puestos. La mercancía estaba acomodada. Había recibos, cámaras, empleados y consecuencias.
Una tienda es una tienda. Todo está anunciado desde el principio, hasta la parte donde te van a detener si intentas salir sin pagar.
La gente culera no funciona así.
La gente culera esconde las reglas, cambia el juego, te excluye, te provoca y luego te castiga por darte cuenta de cómo está jugando. No te informa dónde empieza la partida porque necesita que pierdas antes de saber que estabas participando.
Luego aparece la frase de “no odies al jugador, odia el juego”.
Pero cuando el juego es deshonesto, el jugador diseñó el tablero, escondió los dados y todavía quiere hacerte parecer sensible por preguntar por qué él tira dos veces.
Pues no.
Ahí fue donde me dio vergüenza. No por descubrir de pronto una moral nueva descendiendo del cielo con luces doradas y música de ceremonia escolar.
Me dio vergüenza porque me habían atrapado robando algo que no valía ni el esfuerzo ni la humillación.
La gran operación final de la oficina de represalias produjo como beneficio una barra mordida y como costo todo lo demás.
La ecuación quedó destruida.
Yo había perdido contra el único sistema cuyas reglas sí estaban escritas desde el principio.
La tienda tenía precios. Tenía recibos. Tenía cámaras. El chocolate tenía marcas de dientes.
Yo no tenía ni cambio, ni reclamación, ni dignidad comercial disponible.
Ahí dejé de robar.
La oficina cerró; el expediente no
Han pasado treinta y seis años desde que robé siquiera una barra de chocolate. Treinta y seis.
La oficina cerró cuando yo tenía dieciocho años. Se retiró el empleado. Se apagó la luz. Se guardó la calculadora defectuosa. El Departamento Infantil de Ajustes Clandestinos dejó de recibir asuntos.
Pero el expediente siguió abierto en otras oficinas.
Mi madrastra todavía conserva la historia. El primo de Tonchis todavía cuenta que un niño de doce años le robó unas argollas y una cadena, aunque recuperó todo cuando me confrontó.
Yo dejé de pensar en él durante años. Él siguió contando mi expediente hasta que llegó a una persona que no había estado ahí, no conocía a los involucrados y no tenía conexión alguna con el incidente original.
La historia ya no era recuerdo. Era distribución.
Una especie de gaceta vieja que seguía pasando de mano en mano porque algunas personas no quieren aceptar que un ser humano pueda dejar de ser el peor dato que guardaron sobre él.
Durante años, cuando algo faltaba, yo era el sospechoso porque sí había robado antes.
Después dejé de robar. Pero la sospecha no recibió el aviso.
La conducta terminó. El personaje siguió contratado.
Ahora ya no le robo a la gente culera. Ahora le digo a una persona culera que es culera, de frente, y me voy.
No necesito llevarme sus argollas, su cadena, su dinero ni una barra de chocolate mordida para imponer una consecuencia. La consecuencia es que dejo de estar ahí.
Y si mis amigos prefieren quedarse con esa persona, entonces tampoco eran muy buenos amigos.
Yo cerré la oficina de represalias hace treinta y seis años.
Hay gente que todavía sigue atendiendo la ventanilla.

