Mientras Se Le Sale la Lógica Como Salsa De Burrito Mal Doblado


Aviso preliminar del Comité de Lenguaje, Tortillería y Daños Colaterales
En sesión extraordinaria celebrada entre la banca quebrada de la plaza, el puesto de tamales que nunca tiene cambio, la oficina municipal donde la impresora imprime pero no imprime, y el señor que siempre está parado junto al jardín sin que nadie sepa si trabaja ahí o nomás vigila la decadencia nacional, se hace constar lo siguiente:
Ha llegado a este pueblo una nueva moda de escribir español como si el español hubiera ido al registro civil a cambiarse el apellido por presión de un gerente bilingüe llamado Kevin.
No llegó con mariachi, no llegó con banda, no llegó ni siquiera con un burro adornado para las fiestas patronales. Llegó despacito, como llegan las cosas peligrosas: con cara de limpieza, con perfume de modernidad, con la camisa fajada y con una sonrisa de oficina que dice “estamos simplificando la comunicación”, aunque por dentro trae una motosierra prendida y ganas de cortarle al idioma todos los tendones.
Dicen que es español más limpio. Dicen que es español más pulido. Dicen que es español más directo. Dicen muchas cosas, porque la gente cuando está haciendo daño casi siempre empieza diciendo que nomás está ayudando.
Pero la cosa es que una oración no se vuelve más clara nomás porque le quitaron las palabras que explicaban cómo se conectaban las ideas. Una oración no se vuelve elegante porque la dejaron flaca, pálida, desmayada y parada junto a la barda como gallina enferma. Una oración no se vuelve moderna porque ya no trae pero, ya no trae aunque, ya no trae sin embargo, ya no trae porque, ya no trae entonces, ya no trae al contrario, y ya no trae nada que le diga al lector: “Mire, joven, esta parte depende de esta otra, esta parte corrige aquella, esta parte no significa lo que usted anda queriendo entender, y esta otra parte es donde se pone el asunto serio.”
Eso no es limpieza. Eso es dejar la casa sin puertas y luego presumir que ahora entra más aire.
Y sí entra más aire, pero también entra el perro, entra el polvo, entra la tía que opina de todo, entra el cobrador, entra un zorro con una bolsa del mandado, entra el niño con los tenis llenos de lodo, entra el zopilote del malentendido, y cuando acuerdas ya está toda la familia sentada en la sala interpretando tu frase como les dio su gana.
Por eso este documento, aunque tenga forma de queja municipal, no es solamente una queja. Es una denuncia lingüística con sellos imaginarios. Es una fe de hechos levantada por el pueblo entero, o por lo menos por los tres señores que estaban afuera de la tienda tomando Coca de vidrio y diciendo “antes no era así” con una autoridad que no viene de los estudios, sino del cansancio.
Primero llegaron por el “pero”, y nadie dijo nada porque estaban haciendo un diseño minimalista
El primer crimen fue contra el pero.
El pero no es un adorno. El pero no es una ramita de cilantro sobre el plato para que la oración se vea bonita. El pero es una bisagra. El pero es la puerta entre dos ideas que no se pueden aventar una encima de la otra como costales de maíz. El pero es el compadre serio que se mete a la discusión cuando ya todos se están emocionando de más y dice: “Sí, sí, sí, todo eso, pero espérense tantito porque falta una parte.”
Sin el pero, la frase se vuelve una mesa coja. Puede sostener algo, pero en cuanto alguien se recarga, se va todo al suelo y luego todavía dicen que la culpa fue del plato.
Por ejemplo, una cosa es decir: “La herramienta hace más rápido el proceso.” Y otra cosa muy distinta es decir: “Que una herramienta haga más rápido un proceso no significa que el trabajador deba cargar automáticamente con más trabajo.”
Ahí ya no estamos jugando a los imanes del refri. Ahí ya hay precisión. Ahí la frase no está nomás diciendo “herramienta rápida” y dejando que el pueblo invente el resto. Ahí se está marcando un límite. Se está diciendo: una mejora técnica no debe convertirse automáticamente en una carga humana. Se está cerrando la puerta antes de que entre el gerente con su libretita y diga: “Ah, pues si ahora se hace más rápido, entonces ahora haces el doble, y además sonríes porque somos familia.”
No, señor. No somos familia. Si fuéramos familia, mínimo habría pozole, y aun con pozole, habría que revisar quién lavó las ollas.
El pero y sus parientes no existen para estorbar. Existen porque en el mundo real la gente agarra una frase sin conectores y la usa como machete prestado. Toman una parte, tiran la otra, esconden la condición, entierran la causa, queman el contexto, y luego llegan muy campantes diciendo: “Eso fue lo que dijiste.”
No, eso no fue lo que dije. Eso fue lo que quedó después de que usted agarró mi oración, le quitó los zapatos, la aventó al arroyo, y luego la identificó por un calcetín.
La moda de hacer que el español parezca inglés con bigote falso
Aquí hay que decirlo como se diría en una junta de colonos donde ya se acabó el café y nomás quedan galletas Marías quebradas: si vamos a estar agarrando el español para convertirlo en una versión mal peinada del inglés, entonces mejor hablen inglés de una vez.
Porque lo que está pasando no es evolución natural. No es que el idioma salió a caminar por el malecón y regresó con nuevas expresiones. No. Esto es otra cosa. Esto es español presionado a comportarse como inglés para que lo entiendan mejor los traductores automáticos, los manuales corporativos, las aplicaciones, los formatos de recursos humanos, los anuncios bilingües de cartón plastificado y la gente que cree que “menos palabras” siempre significa “más claridad.”
No siempre. A veces menos palabras significa menos defensa. A veces menos palabras significa que la idea quedó sin testigos. A veces menos palabras significa que el pensamiento salió al mandado con una lista incompleta y regresó con una cebolla, tres pilas AA, una deuda moral y ningún sentido.
El español tiene otra maquinaria. No es que sea mejor por decreto celestial ni porque lo haya bendecido un padre con voz de megáfono durante una kermés. Es que funciona distinto. Puede cargar pensamientos largos, condicionados, matizados, con vueltas, con advertencias, con excepciones y con clarificaciones. Puede decir: “Aunque esto sea cierto, también esto otro importa; sin embargo, no significa aquello; porque si quitamos esta parte, entonces cambia todo el sentido; al contrario, lo que quiero decir es esto.”
Eso no es rollo. Eso no es paja. Eso no es exceso. Eso es el mapa.
Quitarle eso al español para que se vea “más limpio” es como agarrar a una señora de rancho, blanquearle la cara, pintarle el pelo rubio, ponerle lentes de contacto azules, cambiarle el rebozo por blazer gris, y luego presumir que ahora sí está “presentable para el mercado internacional.” No, joven. Lo que hicieron fue quitarle la cara. Le dejaron una máscara que ni es de aquí ni de allá, y además se le está despegando por el sudor.
El problema no es que alguien hable inglés. El problema es hacer que el español se avergüence de su propia estructura. El problema es pedirle que sea menos español para que sea más fácil de digerir por sistemas que no quieren pensar, por lectores que no quieren seguir una idea completa, y por oficinas que prefieren frases cortitas porque así nadie puede encontrar exactamente dónde estuvo la trampa.
Acta de inspección sobre una oración completa y su cadáver modernizado
La Comisión de Puentes, Bisagras, Conectores y Otros Fierros Lingüísticos presenta la siguiente prueba pericial, levantada sobre una mesa de plástico durante una fiesta familiar donde alguien ya estaba calentando tortillas de más:
Oración completa con huesos, carne, ligamentos y mirada de adulto: También hay que entender algo: que una herramienta haga más rápido un proceso no significa que el trabajador deba cargar automáticamente con más trabajo. Al contrario, si la tecnología reduce el esfuerzo necesario para producir lo mismo, entonces parte de esa ganancia debería traducirse en descanso, mejores horarios o menos presión; porque si cada mejora solamente se convierte en más exigencia, entonces la eficiencia ya no libera al trabajador, lo exprime.
Versión pelona, cortada, inglesa de espíritu, como anuncio pegado chueco en una puerta de oficina: una herramienta hace más rápido el proceso; no significa más trabajo; al contrario; la tecnología reduce esfuerzo; la ganancia debería ser descanso; si cada mejora es más exigencia; la eficiencia no libera; exprime.
Eso segundo no es una oración más limpia. Eso es una bolsa de piezas después de que el tío quiso arreglar la licuadora y le sobraron tornillos.
Sí, trae palabras. Sí, aparecen algunas ideas. Sí, uno puede adivinar por dónde iba la cosa si uno tiene paciencia, buena voluntad y el corazón todavía no endurecido por trámites. Pero la máquina está rota. El pensamiento ya no camina; cojea. Ya no argumenta; hace señas desde lejos. Ya no se sostiene; se recarga en la pared y espera que el lector le ponga muletas.
Y luego todavía hay quien dice: “Pues se entiende.” Se entiende como se entiende un recado mojado pegado a la puerta de la presidencia municipal: con esfuerzo, con sospecha, con un ojo entrecerrado y con la sensación de que falta la mitad de la historia.
La primera versión no está adornada. Está completa. Y la diferencia importa.
“También hay que entender algo”: cuando la frase entra con credencial y no como primo incómodo
Lo primero que desaparece en la versión cortada es el marco: “También hay que entender algo.”
Esa frase parece sencilla, pero hace un trabajo enorme. No está ahí para rellenar espacio como si fuera servilleta debajo del plato. Está ahí para decirle al lector: “Esto que sigue no es otra frase suelta; es una aclaración. Es una parte que usted necesita antes de subirse al caballo del juicio.”
Sin ese marco, la idea entra al cuarto sin saludar. Entra como entra el primo que llega tarde a la carne asada, no trae nada, pregunta si sobró guacamole y luego opina sobre la educación de los niños. Todos lo ven, nadie sabe qué papel tiene, y de pronto ya está dirigiendo la conversación.
“También hay que entender algo” es una forma de ordenar el terreno. Es poner una mesa antes de servir el plato. Es decir: no estamos aventando frases al aire como cohetes de fiesta patronal; estamos construyendo una relación entre ideas.
Y en español eso importa, porque muchas veces el significado no está solo en las palabras grandes. Está en la forma en que una parte se une con otra. Está en el “también”, en el “hay que”, en el “entender”, en ese pequeño aviso de que vamos a aclarar algo que puede ser malinterpretado.
Cuando eso se borra, el lector queda obligado a adivinar. Y hacer que el lector adivine no siempre es profundidad. A veces es nomás flojera con sombrero caro.
“No significa que”: el guardia que no deja entrar al malentendido con zapatos lodosos
Luego desaparece una de las piezas más importantes: “no significa que”.
Esa frase es una patrulla lingüística. Es un retén. Es el señor de la puerta que dice: “A ver, ¿a dónde cree que va con esa conclusión?”
Porque una de las formas más comunes de torcer una idea es agarrar un hecho real y convertirlo en una conclusión falsa. El hecho es que una herramienta hace más rápido un proceso. La conclusión abusiva es que entonces el trabajador debe cargar automáticamente con más trabajo.
Ahí es donde entra “no significa que” con chaleco fosforescente y silbato: “No, no, no, joven. Circule por donde corresponde. De que la herramienta sea más rápida no se desprende automáticamente que usted pueda exprimir más al trabajador como trapo de fonda.”
Sin esa frase, el argumento queda vulnerable. Alguien puede tomar “la herramienta hace más rápido el proceso” y brincar directamente a “pues entonces se produce más con la misma persona.” Y como el puente lógico no estaba señalado, el abuso se disfraza de sentido común.
Pero no es sentido común. Es ventaja con Excel.
Por eso “no significa que” no es una flor de lenguaje. Es una barda. Es la línea blanca en el piso. Es la cinta amarilla de “no pase” alrededor de una interpretación peligrosa. Es la frase que le impide al lector, al jefe, al tío, al burócrata, al maestro, al familiar diplomático y al zorro de oficina convertir tu idea en lo que más le conviene.
Cuando se quita, el pensamiento queda como casa sin chapa, y luego se sorprenden de que se meta gente.
“Automáticamente”: donde se esconde el robo con uniforme de eficiencia
También desaparece la palabra “automáticamente”, y ahí es donde se pone bueno el asunto, porque esa palabrita no pesa mucho, pero carga dinamita.
Decir que el trabajador no debe cargar con más trabajo no es lo mismo que decir que el trabajador no debe cargar automáticamente con más trabajo.
La diferencia es enorme. Tan enorme como la distancia entre “vamos a hablar” y “ya decidimos y esta junta es nomás para que usted sienta que participó.”
“Automáticamente” señala el brinco tramposo. No dice que las cargas nunca puedan cambiar. No dice que toda mejora sea mala. No dice que la productividad sea pecado. Lo que dice es: cuidado con esa costumbre de convertir cada avance en una nueva exigencia sin conversación, sin reparto, sin descanso, sin beneficio humano y sin admitir que alguien se está quedando con la ganancia.
Esa palabra acusa el mecanismo.
Porque así operan muchas oficinas, muchas familias, muchas escuelas, muchos negocios y muchas autoridades de escritorio: si algo se vuelve más fácil, entonces no devuelven tiempo, no devuelven alivio, no devuelven margen. Al contrario, duplican la exigencia y le ponen nombre bonito.
“Optimización.” “Eficiencia.” “Mejora de procesos.” “Adaptación.” “Compromiso.” “Ponerse la camiseta.”
En el pueblo eso se llama: “Ya viste que sí puedes, entonces ahora haz más, y si te quejas es porque eres conflictivo.”
Y ahí está el robo. No es el trabajo. No es la herramienta. No es la mejora. Es el salto automático, la apropiación inmediata de toda ganancia, la rapidez con que el beneficio se va para arriba mientras la presión se queda abajo, sudando, con la lonchera en la mano.
Por eso esa palabra importa.
Porque si se quita “automáticamente”, alguien puede fingir que la queja es contra todo cambio. Pero no. La queja es contra la maña de convertir todo cambio en carga para el mismo de siempre.
“Al contrario”: la vuelta de volante que evita que la carreta se vaya al barranco
Después viene “Al contrario”, y esa expresión debería tener su propio altar junto al santo de las fotocopias perdidas.
“Al contrario” no es un lujo. Es el volantazo necesario cuando el lector va manejando directo hacia una interpretación equivocada.
Primero se dice: que una herramienta haga más rápido un proceso no significa que el trabajador deba cargar automáticamente con más trabajo. Y luego, para que no quede duda, entra la vuelta: al contrario.
O sea, no nomás no deberíamos ir hacia allá; deberíamos ir hacia el lado opuesto. Si la tecnología reduce el esfuerzo necesario para producir lo mismo, entonces parte de esa ganancia debería regresar al trabajador como descanso, mejores horarios o menos presión.
Sin “Al contrario”, esa segunda idea parece una frase más. Con “Al contrario”, la oración toma postura. Se planta. Dice: “No me confunda el camino. La dirección correcta es otra.”
Eso es especialmente importante porque hay ideas que no se entienden si no se marca la dirección. Y en el mundo moderno, donde todo mundo anda leyendo rápido, opinando más rápido y malentendiendo como si fuera deporte escolar, las frases necesitan señalamientos. No porque el lector sea tonto, sino porque el ambiente está lleno de mala fe, prisa, flojera y ganas de ganar discusiones con tijeras.
“Al contrario” es un letrero de carretera: “La salida no es por donde usted cree.” Quitar eso es como borrar las flechas de una procesión y luego regañar a la gente porque terminó en el estacionamiento de la clínica.
“Si… entonces…”: el motor que la versión moderna dejó tirado junto al arroyo
La estructura “si… entonces…” es una de esas cosas que parecen escolares hasta que uno se da cuenta de que sin ella la mitad de los argumentos se convierten en sopa.
“Si la tecnología reduce el esfuerzo necesario para producir lo mismo, entonces parte de esa ganancia debería traducirse en descanso, mejores horarios o menos presión.”
Ahí está la máquina completa. No es nomás una opinión bonita. Es una condición y una consecuencia. Si pasa esto, entonces debería seguir aquello. Si hay una reducción del esfuerzo necesario, entonces debe preguntarse a dónde va la ganancia producida por esa reducción. Si el proceso se vuelve más liviano, entonces alguien debe explicar por qué el trabajador no recibe al menos una parte de ese alivio.
Esa estructura es como el eje de una carreta. No se ve tanto cuando uno va andando, pero si se rompe, todo se va de lado, los elotes salen rodando y la señora que venía agarrando la olla grita que ella ya sabía que ese camino estaba feo.
La versión cortada dice: “la tecnología reduce esfuerzo; la ganancia debería ser descanso.” Y uno puede medio entender, sí. Pero falta la unión. Falta la razón. Falta el mecanismo. Falta el “si” y falta el “entonces”, que son precisamente las palabras que explican por qué una idea lleva a la otra.
Sin esas palabras, el lector tiene que poner de su bolsa la relación lógica. Y cuando el lector pone de su bolsa, el pensamiento ya no viaja seguro. Puede llegar completo, puede llegar torcido, o puede llegar convertido en piñata política.
No todos los silencios son elegantes. Algunos silencios son baches.
“Parte de esa ganancia”: porque alguien siempre se está quedando con el cambio
“Parte de esa ganancia” es otra frase que parece tranquila, pero trae el machete envuelto en periódico.
Porque ahí se hace la pregunta que muchas instituciones no quieren escuchar: ¿quién se queda con el beneficio?
Si una herramienta permite producir lo mismo con menos esfuerzo, entonces se generó una ganancia. Puede ser ganancia de tiempo, de energía, de capacidad, de margen, de dinero, de productividad, de calma o de lo que sea. Pero existe. Alguien la recibe.
Entonces la pregunta no es si hubo ganancia. La pregunta es quién la metió en la bolsa.
Y ahí es donde muchos se ponen nerviosos. El patrón se acomoda la camisa. La directora revisa papeles que no estaba revisando. El coordinador dice “hay que verlo con administración.” La tía dice “no hagas problemas.” El compadre dice “así es la vida.” El burro ceremonial mastica una cartulina que decía “trabajo en equipo.”
Pero la pregunta sigue ahí.
Si la tecnología facilita el trabajo, ¿por qué todo el beneficio se convierte en más producción, más presión y más expectativa? ¿Por qué nunca se convierte en un poco de descanso? ¿Por qué nunca se convierte en salir a tiempo? ¿Por qué nunca se convierte en menos llamadas, menos correos, menos urgencias falsas, menos reuniones donde todos fingen que están resolviendo algo? ¿Por qué siempre se traduce en “ahora puedes con más”?
Eso no es eficiencia. Eso es ordeña con logotipo.
La frase “parte de esa ganancia” obliga a hacer cuentas morales. No cuentas de contabilidad, porque esas siempre las hacen cuadrar aunque haya un zopilote parado en el escritorio. Cuentas morales. Cuentas humanas. Cuentas de: si el esfuerzo bajó, ¿por qué la presión subió?
Y cuando una oración conserva esa frase, conserva también el reclamo. Pero si se corta, si se resume, si se vuelve “ganancia descanso”, entonces el reclamo queda como anuncio de yoga pegado en una fábrica.
Bonito, pero inútil.
“Descanso, mejores horarios o menos presión”: porque la humanidad también necesita nombre y apellido
Otra cosa que se pierde cuando se corta la frase es la concreción.
“Parte de esa ganancia debería traducirse en descanso, mejores horarios o menos presión.”
Eso no es adornar. Eso es aterrizar. Porque si uno dice “beneficio para el trabajador”, cualquier oficina puede agarrar eso y convertirlo en una taza con el logo de la empresa, un correo de agradecimiento, una pizza fría el viernes, o un reconocimiento impreso en papel bond que dice “Gracias por tu esfuerzo” mientras te suben la carga el lunes.
Por eso hay que nombrar: descanso, mejores horarios y menos presión.
Tres cosas concretas. Tres cosas que no son confeti emocional. Tres cosas que se sienten en el cuerpo. Porque el trabajador no vive dentro de un PowerPoint. Vive en una casa. Tiene espalda. Tiene sueño. Tiene familia. Tiene pies. Tiene cansancio acumulado. Tiene recibos. Tiene una mente que no se apaga nomás porque el supervisor ya cerró la junta diciendo “excelente equipo.”
Cuando se nombran las cosas, se reduce el espacio para el engaño.
Y en español, nombrar bien importa. No porque tengamos que escribir como notarios en misa, sino porque una misma idea puede tomar muchos caminos dependiendo de las palabras exactas que se usen. Hay palabras que suavizan. Hay palabras que acusan. Hay palabras que esconden. Hay palabras que precisan. Hay palabras que parecen equivalentes, pero no lo son, porque cada una trae su propio costalito de implicaciones.
Por eso no basta con decir algo “más o menos.” Hay que poner identificadores. Hay que decir qué tipo de ganancia, qué tipo de consecuencia, qué tipo de presión, qué tipo de relación, qué tipo de excepción. No para sonar elegante, sino para que no venga el primer vivo a cambiarte el sentido y decir que así venía desde el principio.
No me haga leer entre líneas, pues. No estoy en un club de jazz. No me interesan las notas que no se están tocando.
“Porque”: la palabra que evita que la frase parezca capricho
Luego viene “porque”, y aquí el Comité de Señoras Que Sí Leen Completo levanta la mano con firmeza.
“Porque” es una palabra humilde, pero poderosa. “Porque” no presume. No llega con lentes oscuros. No pide aplausos. Nomás hace su trabajo: conecta la afirmación con la razón.
“Porque si cada mejora solamente se convierte en más exigencia, entonces la eficiencia ya no libera al trabajador, lo exprime.”
Ahí la frase no está diciendo “yo prefiero que haya descanso porque se me antoja.” Está diciendo: si cada mejora se convierte solamente en más exigencia, entonces la eficiencia cambia de naturaleza. Deja de ser liberación. Se vuelve extracción.
Eso es una explicación, no un capricho.
Y cuando se quita el “porque”, la idea pierde su raíz. Queda como un árbol de utilería. Se ve árbol desde lejos, pero si lo empujas se cae porque no está plantado en nada.
En conversaciones reales, eso importa muchísimo. Porque sin el “porque”, la gente se queda con la conclusión y se olvida de la razón. Y una conclusión sin razón es fácil de ridiculizar. Se puede presentar como queja, como flojera, como exageración, como drama, como “es que ya nadie quiere trabajar”, como “es que todo les molesta”, como “es que ahora todo lo quieren fácil.”
Pero cuando el “porque” está ahí, la oración se defiende.
Dice: no, espérate. No estoy diciendo esto porque amanecí sentimental. Estoy diciendo esto porque si cada avance aumenta la carga en vez de devolver algo de alivio, entonces la eficiencia está funcionando como exprimidor.
Y eso no es poesía de plaza. Es diagnóstico de rancho, que a veces sale más exacto que el reporte de consultoría.
“Ya no”: la transformación que cabe en dos palabras
“Ya no” parece chiquito, pero trae una tragedia completa.
“La eficiencia ya no libera al trabajador.”
Esas dos palabras, “ya no”, dicen que algo cambió. Dicen que tal vez la eficiencia podía presentarse como promesa. Tal vez se vendió como alivio. Tal vez llegó con el discurso de que haría las cosas más fáciles, más rápidas, más humanas. Sin embargo, en algún punto, si cada mejora se convierte en más exigencia, esa promesa se rompe.
Ya no libera. Ya no aligera. Ya no devuelve. Ya no sirve al trabajador, aunque use el lenguaje de la ayuda. Ahora exprime.
Esa transformación es crucial. Porque sin “ya no”, la frase se puede leer como si siempre se hubiera dicho que la eficiencia es mala. Y no es eso. El punto es más fino: la eficiencia se vuelve mala cuando la ganancia que produce se usa únicamente para exigir más y no para aliviar a quien sostiene el proceso.
Eso es una distinción importante.
Y las distinciones importantes necesitan palabras.
Si quitamos “ya no”, quitamos el momento en que una promesa se vuelve trampa. Quitamos la puerta por donde entra el daño. Quitamos el cambio de naturaleza. Es como contar la historia de una boda y saltarse el momento en que el novio se robó el sobre de los regalos. Sí, todavía hay evento, todavía hay música, todavía hay mole, pero la explicación moral desapareció.
“Ya no” es pequeño, pero señala el punto exacto donde la cosa se torció.
Y en la vida real, muchas cosas se tuercen así: poquito a poquito, con palabras suaves, con reuniones cortas, con frases modernas, con “ajustes”, con “procesos”, con “nuevas expectativas”, con “vamos a simplificar”, hasta que un día la gente se da cuenta de que lo que llegó prometiendo alivio terminó apretando más fuerte.
“Lo exprime”: el martillazo final en la mesa de la cocina
Y luego viene el cierre: “Lo exprime.”
Ahí ya no hay simulacro. Ahí la frase deja de explicar y dicta sentencia.
No dice “lo afecta un poco.” No dice “genera una dinámica compleja.” No dice “puede impactar negativamente en su bienestar integral dentro del ecosistema laboral.”
Gracias a Dios, a la Virgen, al señor de la papelería y al burro que no permitió semejante atrocidad.
Dice: lo exprime.
Corto, claro, fuerte. Pero no cortado en pedazos. Es breve porque ya hizo el trabajo antes. Es breve porque la oración ya construyó el camino, ya marcó la condición, ya bloqueó la falsa conclusión, ya dio la vuelta, ya explicó la causa, ya mostró la transformación, y entonces, al final, puede soltar el golpe.
Eso es distinto a escribir todo en fragmentos desde el principio.
La brevedad funciona cuando llega después de la estructura.
Un martillazo final sirve si ya pusiste el clavo. Si no hay clavo, nomás estás golpeando la mesa como tío borracho en bautizo.
“Lo exprime” funciona porque la frase completa lo merece. Porque todo lo anterior preparó ese cierre. Porque no es una palabra aventada; es el resultado de un razonamiento.
Y esa es la diferencia entre la precisión y el recorte.
La comunicación incompleta no es elegancia, aunque le pongan moño de Canva
Algunos le llaman a esta nueva forma de escribir “más pulida.”
Y sí, tal vez se ve pulida, como se ve pulido un piso recién encerado en una escuela donde nadie revisó que el techo se está cayendo. Brilla, pero no sostiene. Relumbra, pero no resuelve. Se ve bonito desde la puerta, pero si caminas tantito te resbalas y terminas debajo de una cartulina que dice “Valores.”
La comunicación incompleta es mala comunicación.
Así de sencillo, aunque no así de simple.
Porque comunicar no es nomás poner palabras en fila. Comunicar es lograr que una idea llegue con sus relaciones internas intactas. Si una parte depende de otra, hay que decirlo. Si una parte corrige otra, hay que marcarlo. Si una parte es excepción, hay que señalarlo. Si una conclusión no se sigue de un hecho, hay que bloquearla. Si algo se transforma, hay que nombrar esa transformación. Si hay una razón, hay que poner el “porque.”
De lo contrario, no estás siendo elegante. Estás dejando huecos.
Y los huecos no siempre los llena la inteligencia del lector. Muchas veces los llena su conveniencia.
Si dejas un espacio entre dos ideas, ahí se mete la suegra interpretativa, el supervisor ventajoso, el director de escuela con cara de “ya se habló”, la tía que dice “no hay que pelear”, el funcionario que trae el sello pero no la responsabilidad, y el señor que jura que entendió perfectamente aunque leyó tres palabras y ya estaba contestando.
Por eso no se trata de escribir largo por escribir largo. Se trata de escribir completo cuando el pensamiento lo necesita.
A veces una frase puede ser corta. Claro que sí. Hay frases cortas que pegan como chancla bien dirigida.
Pero si el pensamiento tiene condición, contraste, causa, reversa, advertencia y conclusión, no lo puedes dejar en ocho pedazos y esperar que el lector haga el trabajo como si estuviera armando un mueble sueco sin instrucciones en una cochera de Zacoalco a las once de la noche.
Eso no es lectura. Es carpintería emocional no remunerada.
Español con huesos contra español de servilleta corporativa
El español que defiendo no es español inflado. No es español de discurso escolar donde el director tarda veinte minutos para decir que no hay agua en los baños. No es español legalista, ni español de acta notarial, ni español de comunicado de gobierno que dice “se implementaron acciones estratégicas” cuando lo único que hicieron fue mover una maceta.
No.
Es español con huesos.
Español que sabe cuándo necesita un pero. Español que no le tiene miedo al aunque. Español que usa sin embargo cuando hay que sostener dos verdades al mismo tiempo. Español que pone porque cuando está dando la razón. Español que usa entonces para que la consecuencia no llegue como pariente desconocido. Español que dice al contrario cuando la dirección del pensamiento debe invertirse. Español que dice o sea cuando hay que traducir la idea a la banqueta sin perder precisión. Español que dice la cosa es que porque a veces el pueblo entiende mejor cuando la frase se acomoda el sombrero y habla derecho.
Ese español no es menos moderno. Es más responsable.
Porque una oración completa no es una carreta vieja nomás porque trae más piezas. Una carreta sin ruedas se ve más simple, sí, pero no llega a ningún lado. Una frase sin conectores se ve más ligera, sí, pero no carga el pensamiento completo.
Y ahí está el problema con el español de servilleta corporativa: quiere verse limpio, pero no quiere cargar. Quiere sonar eficiente, pero no quiere comprometerse. Quiere decir lo suficiente para parecer claro y lo suficientemente poco para poder negar el sentido después.
Ese tipo de comunicación le encanta a las oficinas, a las instituciones y a las familias que viven de no aclarar nada.
Porque mientras menos se diga cómo se conecta una idea con otra, más fácil es hacerse pato.
La presidencia municipal informa: el malentendido no fue accidente, fue falta de barandales
Hay malentendidos que son accidentes. Una palabra se oyó mal. Alguien estaba distraído. Pasó el camión del gas. El gallo cantó a destiempo. La vida es ruidosa.
Pero hay otros malentendidos que no son accidentes. Son consecuencia de haber quitado los barandales.
Si una frase no dice si algo es causa, contraste, excepción o consecuencia, entonces no hay que sorprenderse cuando la gente se cae por la escalera del sentido.
Y esto no es un asunto solamente académico. No estamos en una mesa redonda con agua embotellada y diplomas en la pared. Esto pasa en conversaciones de familia, en mensajes de WhatsApp, en cartas de escuela, en oficinas, en empleos, en reclamos, en disculpas, en límites, en acuerdos, en advertencias y en todo lugar donde una frase incompleta puede usarse para zafarse.
“Yo nunca dije eso.” “Yo entendí otra cosa.” “Es que no fuiste claro.” “Es que se malinterpretó.” “Es que tú lo tomaste así.” “Es que no era para tanto.”
Y a veces sí, uno puede haber explicado mal. Pero otras veces el problema es que la cultura está premiando frases cada vez más recortadas, más ambiguas, más bonitas para captura de pantalla, más fáciles de traducir, más fáciles de compartir, y mucho más fáciles de torcer.
El español con conectores no evita toda mala fe, porque el que quiere torcer algo lo va a torcer hasta con acta firmada, testigos, foto, video y la Virgen de Zapopan bajando a declarar. Pero sí hace más difícil el robo. Sí deja constancia. Sí pone cerraduras. Sí obliga al malintencionado a romper más vidrios antes de entrar.
Y eso importa.
Porque hay gente que vive de entrar por donde falta una palabra.
El lector no debe hacerle de adivino con bola de cristal y recibo de luz vencido
Una moda muy rara de estos tiempos es creer que obligar al lector a completar la mitad del pensamiento es señal de sofisticación.
Como si la claridad fuera vulgar. Como si explicar la relación entre ideas fuera cosa de gente anticuada. Como si un texto incompleto fuera más elegante porque “confía en el lector.”
No, mi estimado. Una cosa es confiar en el lector y otra cosa es aventarle una cubeta de piezas y decirle que ahí viene una bicicleta.
El lector puede hacer trabajo, claro. Un buen texto no tiene que masticarlo todo. Pero hay una diferencia entre dejar espacio para la interpretación y dejar hoyos estructurales por donde se escapa el sentido.
Y el español, sobre todo cuando está tratando ideas delicadas, necesita poner identificadores. Necesita decir “esto no significa aquello.” Necesita decir “aunque.” Necesita decir “sin embargo.” Necesita decir “por eso.” Necesita decir “más bien.” Necesita decir “en cambio.” Necesita decir “si pasa esto, entonces se entiende aquello.”
No porque el lector sea incapaz, sino porque el pensamiento merece llegar entero.
No me haga leer entre líneas como si estuviera en un bar de jazz donde todos aplauden las notas que no se tocaron. Yo no vengo a celebrar el silencio entre los conectores. Yo no pedí saxofón. Yo vine a leer una idea, no a reconstruir una escena del crimen lingüístico.
Si usted quiere hacer poesía ambigua, muy bien, ahí está su veladora. Pero si está explicando un argumento, una queja, una responsabilidad, una condición, un límite o una consecuencia, entonces toque las notas. No me venda el hueco como profundidad.
Porque a veces lo que no se dice no es misterio. A veces lo que no se dice es la parte que hacía falta.
El “sin embargo” como santo patrono de las dos verdades que no caben en mentes chiquitas
Entre todos los conectores, sin embargo merece una mención especial, con campana, cohete y mantel de plástico.
Porque sin embargo es de esas expresiones que sostienen dos verdades sin dejar que se maten entre ellas.
“Esto es cierto; sin embargo, esto otro también importa.”
Esa estructura es vital, porque mucha gente no sabe vivir con dos verdades al mismo tiempo. Quieren convertir todo en una sola línea. Bueno o malo. A favor o en contra. Sí o no. Tecnología buena o tecnología mala. Eficiencia liberadora o eficiencia explotadora. Familia santa o familia dañina. Escuela perfecta o escuela enemiga. Oficina profesional o oficina inútil. Como si la realidad fuera una tanda donde solo se puede apuntar una persona por número.
Pero la vida no funciona así.
La tecnología puede mejorar la productividad. Sin embargo, eso no significa que toda mejora deba convertirse automáticamente en más presión para el trabajador.
Una escuela puede tener reglas. Sin embargo, eso no significa que pueda esconder bajo la alfombra la falta de criterio.
Una familia puede querer paz. Sin embargo, eso no significa que la paz consista en pedirle al dañado que se calle para que el que dañó no se sienta incómodo.
Una oficina puede necesitar orden. Sin embargo, eso no significa que todo trámite deba pasar por tres sellos, dos miradas de desprecio y una impresora que solo funciona cuando nadie la necesita.
Sin embargo es el conector que impide que una verdad aplaste a la otra. Es un puente, pero también es un policía acostado. Obliga a bajar la velocidad. Obliga a reconocer que la primera frase no cancela la segunda.
Y eso, en estos tiempos de pensamiento rebanado, es casi un acto de resistencia.
Comunicado de la Parroquia de San Contexto Bendito
Se informa a los fieles, lectores, redactores, traductores, maestros, secretarias, encargados de redes sociales, sobrinos que “saben de computadoras” y demás personas de buena o dudosa voluntad, que el próximo domingo se celebrará misa en honor a San Contexto Bendito, mártir de las frases completas, patrono de los peros perseguidos, protector de los aunque olvidados y defensor de los porques enterrados vivos en documentos institucionales.
Se pide a los asistentes llevar una oración larga, bien conectada y con causa debidamente identificada.
No se aceptarán frases en fragmentos, capturas de pantalla sin antecedente, disculpas que empiezan con “si te sentiste”, ni comunicados donde se use “lamentamos los inconvenientes” para tapar que nadie hizo su trabajo.
Durante la homilía se recordará que una frase sin contexto es como una procesión sin santo: todos caminan, todos sudan, todos estorban el tráfico, pero nadie sabe exactamente qué se está venerando.
También se hará una colecta especial para restaurar el puente del porque, dañado recientemente por una cuadrilla de redactores minimalistas que aseguraron que el puente era “innecesario” porque la gente podía brincar el arroyo “por intuición.”
Tres personas ya cayeron. Una sigue diciendo que fue experiencia de usuario.
El español incompleto como herramienta perfecta para lavarse las manos
Aquí hay otra cosa que no se debe pasar por alto: el español incompleto no solamente comunica peor. También protege mejor al irresponsable.
Porque cuando una frase queda abierta, el que la dijo siempre puede retroceder.
“No, yo no quise decir eso.” “No, eso lo estás agregando tú.” “No, yo solo dije…”
Claro. Solo dijiste lo suficiente para empujar la idea, pero no lo suficiente para hacerte cargo de ella.
Eso pasa mucho en mensajes donde la gente quiere insinuar sin afirmar, acusar sin acusar, pedir sin pedir, presionar sin presionar, y luego, si alguien responde, hacerse la víctima porque “nomás estaba comentando.”
En el pueblo eso se conoce como tirar la piedra, esconder la mano y luego organizar una junta para hablar de la agresividad de la ventana.
Por eso los conectores importan. Porque obligan a mostrar la relación entre lo que se dice y lo que se quiere decir. Si dices “porque”, estás dando razón. Si dices “aunque”, estás admitiendo una tensión. Si dices “sin embargo”, estás reconociendo una segunda verdad. Si dices “por eso”, estás marcando consecuencia. Si dices “no significa que”, estás bloqueando una interpretación. Si dices “al contrario”, estás invirtiendo el sentido.
Cada conector es una firma pequeña.
Cada conector dice: “Me hago cargo de cómo esta idea se une con esta otra.”
Y precisamente por eso hay quien los evita. Porque mientras más completa es la frase, menos espacio queda para la escapatoria.
Una oración completa deja huellas. Una oración fragmentada deja coartadas.
Escuela de español moderno: favor de entregar sus conectores en la entrada
Imagínese una escuela de esas que tienen un letrero enorme de “formamos valores” aunque la puerta trasera esté abierta, la maestra no sepa quién salió al baño y la dirección esté ocupada haciendo circulares sobre responsabilidad compartida.
Ahora imagine que esa escuela abre un curso de español moderno.
Primer día:
“Niños, hoy vamos a aprender a escribir con claridad. Primero, borren todos los peros. Luego, quiten los aunque. Después, si ven un sin embargo, repórtenlo a coordinación. Los porques solo se usarán con autorización del departamento de imagen institucional. Y si alguien escribe si… entonces…, se le mandará citatorio a sus papás porque está mostrando tendencias argumentativas.”
El niño levanta la mano.
“Maestra, ¿y cómo vamos a saber cuándo una idea causa otra?”
La maestra sonríe como quien ya recibió capacitación.
“Por el contexto.”
“¿Y si el contexto no está?”
“Entonces por actitud positiva.”
“¿Y si alguien lo malinterpreta?”
“Se hará una junta.”
“¿Y si en la junta también hablan en frases incompletas?”
“Se levantará un acta.”
“¿Y si el acta tampoco aclara nada?”
“Se dará por atendido el asunto.”
Y así nace una generación de comunicados preciosos, cortos, lavados, inútiles y perfectamente diseñados para que nadie sepa quién hizo qué, por qué, cuándo, bajo qué condición, con qué consecuencia y quién se quedó con el beneficio.
Pero eso sí: muy pulidos.
La familia también usa frases incompletas para no pagar reparación
No hay que fingir que este problema solo vive en oficinas o textos traducidos. También vive en la familia. De hecho, la familia lo inventó antes de que las empresas le pusieran logo.
La familia experta en no aclarar nada ama las frases incompletas.
“Ya pasó.”
¿Qué pasó? ¿Quién lo hizo? ¿A quién le pasó? ¿Se reparó? ¿Se habló? ¿Se pidió perdón? ¿Se reconoció? ¿O nomás pasó el tiempo, que no es lo mismo?
“No hay que pelear.”
¿Quién está peleando? ¿El que causó el daño o el que está diciendo que hubo daño? ¿La pelea es el problema o el problema es lo que se quiere tapar llamándole pelea?
“Hay que estar tranquilos.”
¿Tranquilos quiénes? ¿Los que siempre cargan? ¿Los que nunca responden? ¿Los que quieren borrar el asunto antes de que se nombre? ¿Los que se incomodan cuando la verdad entra a la sala y se sienta en la silla de plástico?
“Hay que ser maduros.”
Traducción frecuente: “Usted, que fue afectado, por favor haga el trabajo emocional de que el otro no tenga que hacerse responsable.”
Y ahí es donde se ve que los conectores no son un lujo gramatical. Son defensa contra la niebla social. Porque una frase completa diría: “Ya pasó el tiempo, pero eso no significa que el daño haya sido reparado.” “No quiero pelear; sin embargo, tampoco voy a fingir que no ocurrió nada.” “Podemos estar tranquilos, aunque primero hay que reconocer qué pasó y por qué no debe repetirse.” “Ser maduro no significa aceptar que alguien sonría, dé un abracito, diga ‘ya no hay que pelear’ y luego intente borrar que el burro ya estaba adentro de la cocina comiéndose el pastel del bautizo.”
Eso sí comunica. Eso sí pone las cosas en su lugar. Eso sí evita que la paz se use como trapeador para limpiar la sangre del piso mientras todos aplauden la armonía familiar.
No es que el español largo sea mejor; es que el pensamiento completo necesita espacio
Hay que aclarar algo, porque siempre aparece el defensor del minimalismo lingüístico con cara de “yo leí un artículo”: no se está diciendo que todo debe ser largo.
No se está diciendo que una frase corta sea mala. No se está diciendo que haya que escribir como si uno estuviera cobrando por palabra en una imprenta del siglo XIX.
No.
Se está diciendo que cuando una idea necesita conectores, quitarlos no la hace más clara. La hace incompleta.
Hay pensamientos simples que pueden decirse con pocas palabras. “Hace calor.” “El pozole se acabó.” “El burro mordió al regidor.” “Eso estuvo mal.” Muy bien. Funciona.
Pero hay pensamientos que necesitan estructura porque tienen tensión interna. Tienen condición. Tienen causa. Tienen contraste. Tienen excepción. Tienen consecuencia. Tienen un “sí, pero no así.” Tienen un “aunque esto, también aquello.” Tienen un “no significa que.” Tienen un “por eso.”
Y si a esos pensamientos les quitas los conectores, no los estás haciendo modernos. Los estás dejando sin coyunturas. Los estás convirtiendo en muñecos de trapo argumental.
Una frase completa no es necesariamente una frase inflada.
Una frase completa es una frase que trae lo que necesita para no ser robada, deformada o convertida en pancarta de alguien más.
La traducción automática no debe ser el patrón de belleza del español
Otro asunto delicado: pareciera que cada vez más español se escribe para ser fácilmente tragado por traductores, aplicaciones, subtítulos, motores de búsqueda y sistemas que prefieren frases cortas, lineales, previsibles, sin giros naturales, sin conectores abundantes, sin respiración propia.
Y claro, eso puede ser útil en ciertos contextos. Si estás traduciendo un manual para armar una repisa, tal vez no necesitas una oración con alma de corrido. Pero una cosa es adaptar un texto técnico y otra muy distinta es deformar el idioma completo para que parezca nacido en una hoja de cálculo.
El traductor no debe ser el patrón de belleza del idioma.
No debemos agarrar el español y decirle: “Mira, te vamos a quitar esta curva, este aunque, este sin embargo, este porque, este entonces, para que la máquina no se confunda.”
La máquina que se esfuerce. O que pida ayuda. O que se siente un rato con la abuela a escuchar cómo se cuenta una historia sin convertirla en lista de instrucciones para licuadora.
Porque si el idioma humano se empieza a organizar alrededor de lo que la máquina digiere mejor, entonces el humano termina escribiendo para el estómago del aparato. Y cuando eso pasa, la comunicación ya no se mide por su precisión humana, sino por su compatibilidad con sistemas que no tienen que vivir las consecuencias sociales de un malentendido.
Un traductor se equivoca y actualizan el modelo. Una persona se equivoca en una frase importante y se arma la guerra familiar, laboral, escolar o matrimonial.
Entonces no, gracias.
No vamos a blanquearle la cara al español para que sea más aceptable en la oficina internacional de los cerebros cuadrados.
Informe del Comité de Tortillas Emocionales Apiladas
Se revisó también la costumbre moderna de escribir todo en fragmentos como tortillas emocionales apiladas: “me dolió; no entendiste; yo intenté; tú no estabas; ahora silencio; mi paz; mi proceso; mi verdad.”
Y el comité determinó que, aunque esa forma puede tener su momento en poemas, estados dramáticos, canciones con guitarra triste o publicaciones donde alguien aparece mirando por una ventana con café, no debe confundirse con argumentación clara.
Porque las tortillas apiladas no hacen taco si no hay algo que las conecte con el guiso.
Una pila de fragmentos puede sugerir una emoción, pero no necesariamente comunica una relación. Puede sentirse intensa, pero no siempre explica. Puede sonar profunda, pero también puede ser tan vaga que cada quien le acomoda su propio trauma, su propia culpa o su propia excusa.
Y ahí está el peligro: lo vago se vuelve universal porque no se compromete con nada.
Pero lo preciso incomoda, porque señala.
Por eso el español completo no siempre se ve “bonito.” A veces se ve más pesado porque trae carga real. Trae los amarres. Trae el motivo. Trae la condición. Trae la consecuencia. Trae el “no me salgas por ahí.” Trae el “esto no significa aquello.” Trae el “sin embargo.” Trae el “por eso.”
Y esa carga es precisamente lo que lo hace útil.
No estamos escribiendo para decorar una taza.
Estamos escribiendo para que una idea sobreviva el trayecto desde la boca hasta el significado sin perder media pierna en el pasillo.
Cuando la frase llega viva al significado
Eso debería ser el estándar: que la idea llegue viva.
No perfecta. No elegante como señorita de concurso municipal. No necesariamente corta. No necesariamente larga. Viva.
Que llegue con sus órganos. Con sus huesos. Con su acta de nacimiento. Con su contexto. Con su “pero” donde hacía falta. Con su “aunque” donde había tensión. Con su “porque” donde había razón. Con su “entonces” donde había consecuencia. Con su “al contrario” donde había vuelta. Con su “sin embargo” donde había dos verdades sentadas en la misma mesa sin aventarse el plato.
Una idea sin conectores puede llegar, sí, pero llega golpeada. Llega como paquete de paquetería económica. Llega abierta de una esquina. Llega con cinta ajena. Llega con una nota que dice “se recibió así.”
Y luego uno tiene que estar aclarando.
“No, lo que quise decir fue…” “No, esa parte dependía de…” “No, no estaba diciendo que…” “No, al contrario…” “No, porque…” “No, sin embargo…”
Entonces, si al final hay que explicar todo eso, ¿por qué no escribirlo desde el principio?
¿Por qué quitarle a la frase los elementos que evitaban el incendio y luego culpar al lector por traer cubeta?
El español completo no es exceso. Es prevención de desastre.
Es protección civil del pensamiento.
Es poner barandales antes de que la tía Resentimiento se caiga del balcón interpretativo y luego demande a toda la familia.
Dictamen final sobre el burrito de la lógica
Volvamos al burrito, porque a veces las verdades más serias necesitan tortilla.
Una frase sin conectores puede tener ingredientes: sustantivos, verbos, adjetivos, alguna idea fuerte, quizá hasta una palabra bonita. Pero si no está bien doblada, si no tiene estructura, si no trae lados, si no hay algo que mantenga el contenido unido, entonces todo se sale.
La lógica se escurre. La causa cae en el plato. La consecuencia termina en la servilleta. El contraste rueda debajo de la mesa. El “sin embargo” se queda pegado a un dedo.
Y luego alguien mira el desastre y dice: “Qué minimalista.”
No, compadre. Eso no es minimalismo. Eso es mala envoltura.
El español necesita sus dobleces. Necesita sus lados. Necesita su forma. Necesita esa manera de contener la idea para que no se vuelva charco elegante sobre la mesa.
Y si a alguien le molesta que el español use más conectores, más identificadores, más frases puente y más precisión explícita, entonces tal vez el problema no es el español. Tal vez el problema es que esa persona quiere un idioma que no le exija seguir la ruta completa del pensamiento.
Pero el pensamiento completo no tiene por qué pedir perdón.
Resolución solemne, con sello chueco y tinta casi seca
Por tanto, este honorable, deshonorable, medio funcional y profundamente cansado Comité Municipal de Lenguaje, Tortillería, Puentes Internos, Falsas Eficiencias y Zopilotes del Malentendido resuelve:
Que no se aceptará como “más limpio” un español que quedó incompleto. Que no se reconocerá como “pulido” un texto al que le quitaron las bisagras. Que no se confundirá brevedad con claridad cuando la brevedad haya eliminado la causa, la condición, la excepción, la consecuencia o la defensa contra el malentendido. Que el pero seguirá teniendo licencia para operar. Que el aunque no será desalojado por presión estética. Que el sin embargo queda declarado puente de uso público. Que el porque será protegido contra recortes presupuestales. Que el entonces seguirá señalando consecuencias, aunque a los flojos les parezca mucho trámite. Que el al contrario podrá entrar a cualquier discusión donde se esté yendo la carreta para el lado equivocado.
Y que toda persona, oficina, familia, escuela, empresa, parroquia, comité, grupo de WhatsApp o burócrata con sello de goma que intente vender comunicación incompleta como elegancia deberá presentarse ante la plaza con su frase mutilada, su excusa correspondiente y una cooperación voluntaria para reparar el puente del contexto.
Porque una cosa es escribir claro, y otra cosa es escribir tan pelón que la idea ya no tenga con qué defenderse.
Y aunque algunos digan que el nuevo español recortado se ve más moderno, más limpio y más fácil de traducir, la cosa es que un idioma no está obligado a amputarse para caber en la boca de una máquina, en la flojera de un lector apurado o en el formato de una oficina que quiere sonar humana sin hacerse responsable de nada.
Al contrario, si el español tiene la capacidad de cargar pensamientos largos, exactos, conectados y vivos, entonces hay que dejarlo cargar. Hay que dejarlo respirar. Hay que dejarlo decir “pero” cuando el “pero” sostiene la casa. Hay que dejarlo decir “sin embargo” cuando dos verdades necesitan sentarse juntas sin que una mate a la otra. Hay que dejarlo decir “porque” cuando la razón importa. Hay que dejarlo decir “entonces” cuando la consecuencia no debe llegar disfrazada de accidente.
Porque si cada intento de “limpiar” el idioma solamente lo vuelve más incompleto, más fácil de torcer, más útil para esconder responsabilidades y más cómodo para quienes viven entre líneas, entonces esa limpieza ya no aclara.
Lo exprime.
Y en Zacoalco, cuando algo se exprime de más, por lo menos que sea limón para los tacos, no el idioma entero para que un gerente, una aplicación, una escuela, una oficina o una familia puedan fingir que no entendieron lo que estaba perfectamente dicho antes de que le arrancaran los huesos.
Así que no me vengan con jazz lingüístico. No me vendan el silencio como elegancia. No me pidan celebrar las notas que no se tocaron.
Si la frase necesita el pero, póngale el pero. Si necesita el sin embargo, póngale el sin embargo. Si necesita el porque, póngale el porque.
Y si alguien dice que así se ve menos moderno, díganle que pase a la presidencia municipal, donde con mucho gusto le entregarán una copia incompleta del acta, sin firmas, sin fecha, sin causa, sin consecuencia y sin explicación; pero eso sí, muy limpia, muy pulida, muy elegante, y absolutamente inútil.

