

En un bar de Zacoalco, cerca de la oficina donde yo trabajaba, ocurrió una de esas emergencias cívicas que nunca llegan a la Presidencia Municipal porque ninguna ventanilla sabe recibirlas y, cuando por fin encuentran una, la señorita encargada informa que ese trámite solamente se atiende los miércoles de nueve a nueve con quince, presentando copia del agravio, dos fotografías del orgullo herido y constancia de que la canción fue dedicada personalmente.
No se trata de que no exista una oficina para hombres que se reconocen dentro de canciones ajenas. Oficina seguramente hay. En México hay oficina para todo, aunque a veces consista únicamente en una puerta cerrada, una silla de plástico y un papel pegado con cinta que dice “regreso en diez minutos” desde la administración anterior.
Lo que no existe es la parte donde la oficina acepta que un ciudadano pueda escuchar la frase “más chingón que ese güey”, identificarse voluntariamente como “ese güey” y después regresar armado para exigir una explicación por el nombramiento que él mismo se otorgó.
¿A qué dependencia le correspondería? Seguridad Pública diría que el problema comenzó con música, por lo tanto es de Cultura. Cultura respondería que Los Razos no estaban contratados por el municipio y que, por tanto, no existe partida presupuestal para investigar la intención del acordeón. Reglamentos pediría revisar si la rocola contaba con permiso. El Registro Civil aclararía que la esposa no estaba presente. El encargado de Ganadería preguntaría si el buey era real o figurado. Y el secretario particular sugeriría formar un comité, porque cuando nadie sabe qué hacer, el comité permite no saberlo de manera oficial.
Pero aquella noche no hubo comité. Hubo cerveza. Hubo una canción. Hubo tres hombres dentro de un bar. Y media hora después hubo una pistola dentro de una camioneta, porque en Zacoalco la distancia entre el entretenimiento y el drama ranchero puede ser exactamente lo que tarda un señor en salir, consultar con sus demonios, regresar y estacionarse afuera con cara de que se cayó el sistema, aunque el único sistema caído fuera el de su propia interpretación.
Acta de hechos antes de que los hechos comenzaran a inventarse solos
Yo estaba tomando cerveza con un amigo del trabajo. En el mismo bar estaba otro hombre que yo conocía. Su esposa trabajaba en el mismo negocio donde yo trabajaba.
No éramos enemigos. No había pleito pendiente. No compartíamos una herencia, un terreno con una línea mal medida ni una deuda por una vaca vendida durante el sexenio de Vicente Fox. Tampoco éramos compadres enfrentados porque uno hubiera servido poca birria en un bautizo y el otro llevara quince años archivando el agravio detrás de la sonrisa.
Nos conocíamos. Éramos personas relacionadas con el mismo negocio, sentadas en un bar de Zacoalco, cerca de la oficina donde yo trabajaba. Él parecía venir saliendo de trabajar o haber pasado por ahí al terminar su turno. Mi amigo y yo estábamos bebiendo. La noche, hasta ese punto, cumplía con todos los requisitos básicos de una noche: cerveza, conversación, música y ninguna persona obligada a explicar su relación con la esposa de nadie dentro de un vehículo.
El expediente estaba limpio. No requería anexos. No había acusación. No había amenaza. No había un supuesto duelo, aunque uno de los futuros participantes ya traía dentro de la cabeza el terreno baldío donde iba a construirlo sin licencia.
Entonces puse una canción de Los Razos: “Más Chingón Que Ese Buey.”
Y la canción empieza con una fuerza especial. No entra pidiendo permiso ni esperando que el encargado de sonido termine de acomodar el cable. El acordeón se estira y jala como si varios hombres estuvieran intentando contener un toro que ya desconoció la autoridad del corral, del dueño, del municipio y de cualquier persona que aparezca con una cuerda y buenas intenciones.
Luego entra la tuba, pesada y redonda, empujando desde abajo. No parece simplemente acompañar la canción. Parece que está sosteniendo un animal enorme del otro lado de una puerta, y que la puerta fue instalada por el contratista más barato.
La música ensancha el lugar. Levanta polvo aunque el piso esté trapeado. Le acomoda a uno la columna como si de pronto hubiera llegado a caballo, aunque haya llegado caminando desde una oficina con olor a café recalentado, papel de copiadora y computadora que lleva tres semanas pidiendo una actualización.
Y llega ese momento donde el cuerpo participa. Uno levanta el puño. No para amenazar a nadie. No para declarar una disputa. No para informar a un esposo que existe una relación clandestina con su mujer mediante el Código Norteño de Señales Conyugales.
El puño sube porque la canción lo jala. El acordeón tira de un lado, la tuba empuja del otro y uno termina colaborando como voluntario no registrado en una maniobra de control de ganado musical.
Yo sabía lo que decía la canción. Claro que sabía. Pero era entretenimiento. Era exageración ranchera. Era una canción grande, presumida, divertida, con esa seguridad que solamente tienen las canciones, los candidatos antes de ganar y los hombres que todavía no han sido confrontados con los resultados.
La puse porque me gustaba. Porque el ritmo era buenísimo. Porque el principio sonaba como si estuvieran manejando un toro mediante órdenes musicales transmitidas por gente que no reconocía el miedo como autoridad competente.
No la puse pensando en aquel hombre. No la puse pensando en su esposa. No la puse para designarlo como el buey oficial del establecimiento. No la puse como dedicatoria, indirecta, citatorio, notificación, desplegado público ni mensaje conyugal emitido por una rocola de Zacoalco.
La puse porque estaba chingona. Ésa fue toda mi intención, mi estrategia, mi plataforma política y mi programa de gobierno.
Primera reproducción: todavía había república
Mientras sonaba la canción, yo la estaba disfrutando. Seguía el ritmo. Levantaba el puño cuando entraba el golpe fuerte de la música. Me movía con esa energía norteña donde uno no está bailando exactamente, pero tampoco está quieto, porque quedarse completamente inmóvil sería como recibir una invitación formal del acordeón y devolverla sin firma.
La canción terminó. Entonces el otro hombre la puso otra vez.
Yo pensé: Qué chingón. También le gusta.
Eso fue lo que entendí. Porque cuando una persona escoge una canción y otra persona la vuelve a poner, la explicación más sencilla es que a la segunda persona también le gustó. No es necesario convocar a un notario, tomar declaraciones ni revisar el historial matrimonial de los presentes.
Alguien pone una canción. Otro la disfruta. La repite. Todos siguen bebiendo. Así funciona la música cuando la civilización todavía no ha sido intervenida por el orgullo.
Yo lo vi como una coincidencia agradable. Habíamos encontrado una canción que ambos queríamos volver a escuchar.
En un pueblo donde dos personas pueden discutir durante tres cuartos de hora acerca de quién hace la birria verdadera, cuál familia llegó primero a una calle o quién movió una maceta de la plaza durante la administración anterior, coincidir en una canción merece cuando menos un reconocimiento de participación ciudadana.
No una medalla. Tampoco hay que perder la cabeza. Pero sí una constancia impresa en papel grueso con un escudo estirado por WordArt: SE HACE CONSTAR QUE DOS CIUDADANOS ESCUCHARON LA MISMA CANCIÓN SIN INICIAR UN CONFLICTO TERRITORIAL.
La constancia habría sido prematura.
La canción sonó otra vez. El acordeón volvió a jalar como si el toro ya hubiera tumbado la primera cerca y ahora fueran por la segunda. La tuba volvió a empujar desde el piso, haciendo que el bar pareciera más grande por dentro, como esos edificios municipales que en la fotografía del informe tienen tres pisos y, cuando uno va, resultan ser una habitación, un baño cerrado y un archivero atravesado.
Yo volví a levantar el puño. Estaba contento. Pensé que el otro hombre también estaba contento.
Él había puesto la canción por segunda vez. Entonces yo me levanté y la puse por tercera.
Y ahí quedó inaugurado un duelo.
No hubo anuncio. No hubo campana. No hubo padrinos. No hubo inscripción ni entrega de folios. Nadie me preguntó si aceptaba participar. Pero el duelo ya existía, porque para que exista un duelo imaginario no hacen falta dos hombres. Basta con uno suficientemente convencido y otro que todavía no sabe que ya perdió o ganó algo.
Apertura unilateral del Campeonato Regional de Rocola
Yo creía que estábamos compartiendo el gusto por una canción. Él, aparentemente, creyó que yo le estaba contestando.
No sé en qué momento exacto ocurrió el cambio. Tal vez durante el último jalón del acordeón. Tal vez la cerveza entregó el oficio en la ventanilla equivocada de su cabeza. Tal vez el hombre ya traía sospechas, celos o problemas que yo desconocía, y la canción cayó encima de todo aquello como cerillo aventado dentro de una bodega cuyo dueño llevaba años diciendo que no había vapores porque nunca se había detenido a oler.
Lo cierto es que él puso la canción por segunda vez. Yo la puse por tercera.
Para mí, eso significaba:
—Está buenísima. Otra vez.
Para él, aparentemente, significaba:
—Su provocación ha sido recibida. Acepto el reto. Reconozco que la frase “ese buey” se refiere legal, moral y geográficamente a mi persona. Además, incorporo a mi esposa al expediente y solicito que el asunto sea resuelto conforme a usos y costumbres del cine ranchero.
El problema es que nadie me notificó. No hubo mirada directa. No hubo un reclamo. No hubo un:
—¿Qué quieres decir?
No hubo un:
—¿Por qué la volviste a poner?
Ni siquiera hubo uno de esos silencios donde el cantinero deja el vaso a medio limpiar y alguien hace la cara de quien ya entendió que la noche se va a descomponer, pero todavía espera que no sea junto a su mesa porque acaba de pedir otra cerveza.
Yo seguía dentro de la canción. Él ya estaba dentro de una película.
Yo estaba en un bar de Zacoalco. Él estaba en una producción ranchera donde cada acorde traía una indirecta, cada golpe de tuba constituía falta de respeto y cada movimiento del puño podía presentarse como evidencia ante el Tribunal Superior del Macho Ofendido.
En su película, la canción dejó de ser una canción. Era una dedicatoria. Mi alegría dejó de ser alegría. Era burla. Mi puño ya no seguía el ritmo. Era una señal secreta. La tercera reproducción dejó de ser entusiasmo. Era un desafío.
Y su esposa, que ni siquiera estaba en el bar, fue incorporada al reparto sin casting, sin diálogo y sin que nadie explicara cómo había terminado dentro de una historia iniciada por una canción que su propio marido había vuelto a poner.
Él era el protagonista. También era el director. Era el investigador, el esposo ofendido, el testigo principal y la persona encargada de decidir qué significaba cada movimiento de los demás. Además, era el único que sabía que la película existía.
Nosotros seguíamos tomando cerveza.
El ciudadano abandona el bar para reunirse en sesión privada con su orgullo
Después de que yo puse la canción por tercera vez, el hombre se fue.
Yo no pensé que hubiera sucedido nada especial. La gente se va de los bares por muchos motivos. Va por cigarros. Va al baño. Va a buscar algo a la camioneta. Recibe una llamada. Se acuerda de que dejó una puerta abierta. Recuerda que en su casa lo están esperando y que la explicación “me quedé defendiendo mi honor contra una canción” tal vez no alcance para entrar.
Yo no sabía que él salía cargando la música como una ofensa personal.
Mi amigo y yo seguimos tomando. La canción terminó. Terminamos una cerveza. Tomamos otra. Pasó aproximadamente media hora.
Media hora es bastante tiempo. En media hora un hombre puede enfriarse, revisar lo que creyó ver y aceptar una posibilidad sencilla:
—A lo mejor al cabrón nada más le gusta la canción.
También puede regresar, sentarse y preguntar:
—Oye, ¿por qué la volviste a poner?
Eso habría requerido unos segundos. El resto de la media hora podía dedicarse a beber, conversar o mirar la pared con la serenidad de quien descubrió que no toda canción del mundo contiene una referencia cifrada a su matrimonio.
Pero la mente, cuando quiere convertir una tontería en expediente, nunca escoge el camino corto. El camino corto no justifica el archivo, no necesita firmas y no permite incorporar una camioneta como oficina alterna.
Así que él alimentó la sospecha. Le dio vueltas. Le añadió escenas que no habían ocurrido. Revisó mis movimientos como si hubiera cámaras de seguridad instaladas dentro de su recuerdo. Convirtió el puño levantado en evidencia. Convirtió la repetición en confesión. Convirtió una canción de Los Razos en oficio dirigido a su persona, con copia para su esposa y acuse de recibido por parte del Departamento Estatal de Celos.
Mientras nosotros terminábamos otra cerveza, él terminaba de producir una película completa.
La canción ya había parado. Pero en su cabeza el acordeón seguía jalando del toro, el toro ya había tumbado la cerca y ahora venía corriendo directamente contra el Registro Civil.
La emergencia de la oficina que no pertenecía a ninguna oficina
Después de aproximadamente media hora, mi amigo se levantó y miró hacia afuera. Dijo algo como:
—Espérate.
Luego me llamó.
El otro hombre estaba afuera, dentro o cerca de una camioneta. Se veía asustado, preocupado o alterado. No recuerdo a un hombre tranquilo que hubiera descubierto la verdad y viniera a administrarla con dignidad. Recuerdo la cara de alguien que llevaba media hora discutiendo con una versión imaginaria de mí y, por la expresión, tampoco había logrado ganarle a ésa.
Me hizo saber que subiera a la camioneta.
Por la forma en que ocurrió, pensé que había un problema relacionado con el trabajo. Yo trabajaba con computadoras en una oficina. El hombre estaba vinculado con el mismo negocio. Mi amigo me llamaba. El otro se veía preocupado.
Lo razonable era pensar que algún equipo había fallado, que se había caído un sistema o que existía una emergencia informática de esas donde la computadora dice que todo funciona correctamente excepto por el detalle administrativo de que no hace absolutamente nada.
No se trata de que no hubiera computadora. Computadora sí había. Lo que faltaba era que el problema tuviera relación con ella.
Pero yo todavía no lo sabía.
Pensé que podía ser algo del trabajo porque mi mente seguía operando dentro de la vieja idea de que los hechos deben guardar cierta relación con las causas.
No pensé:
—Este hombre interpretó una canción como confesión de adulterio, se ausentó para consultar el caso con su orgullo y ahora viene a celebrar una audiencia armada dentro de una camioneta.
Esa opción no aparecía en ningún manual de soporte técnico. Uno puede pasar años arreglando computadoras y nunca recibir capacitación para cuando el usuario confunde una rocola con un tribunal matrimonial y presenta una pistola como contraseña.
Así que fui. Me subí a la camioneta. Mi amigo estaba en el asiento de atrás.
Entonces el otro hombre mostró una pistola.
No hizo falta que la levantara al cielo ni que pronunciara un discurso. La pistola entró a la conversación como entra un funcionario que llegó tarde a la junta, no leyó el expediente y, sin embargo, se sienta en la cabecera porque trae gafete.
Y entonces preguntó:
—¿Te estás acostando con mi esposa?
Así. De la rocola al adulterio. Del acordeón al arma. Del puño levantado a la camioneta. De una canción repetida en un bar de Zacoalco a una investigación privada donde el investigador, el juez, el denunciante y el hombre armado eran la misma persona.
No hubo etapa intermedia. No hubo aclaración previa. No hubo citatorio. No hubo una voz sensata que dijera:
—Antes de incorporar una pistola, ¿alguien puede explicar cómo llegamos desde Los Razos hasta la esposa del ciudadano?
La conclusión ya estaba redactada. La canción era prueba. La tercera reproducción era confesión. Mi entusiasmo era provocación. El movimiento del puño constituía agravante.
Y la supuesta relación con su esposa había sido deducida mediante un sistema tan defectuoso que hasta el portal municipal habría mostrado una leyenda de error: LA INFORMACIÓN CAPTURADA NO COINCIDE CON LA REALIDAD. INTENTE MÁS TARDE O ACUDA A VENTANILLA.
Si yo anduviera con tu esposa, no te estaría entregando el programa musical
Lo que pensé, aunque no necesariamente lo dije con toda esa estructura dentro de la camioneta, era muy sencillo:
Si yo realmente me estuviera acostando con tu esposa, no estaría picándote las costillas mediante la rocola.
No estaría dejándote pistas. No estaría repitiendo una canción enfrente de ti para que fueras reuniendo evidencia. No estaría levantando el puño con el ritmo y distribuyendo el programa oficial del supuesto adulterio como si después de la tercera reproducción hubiera recorrido por la plaza, venta de tostadas, discurso del presidente y clausura con mariachi.
Estaría callado.
Ésa es una característica importante de cualquier relación secreta: la parte donde se intenta mantener en secreto.
Si yo hubiera querido prolongar una relación escondida con su esposa, lo último que habría hecho sería organizar una presentación pública patrocinada por Los Razos.
No habría contratado al acordeón como vocero. No habría puesto a la tuba de notario. No habría repetido la evidencia frente al esposo. No habría convertido el bar en conferencia de prensa y mi puño en logotipo de campaña.
Pero él no estaba pensando mediante lógica. Estaba pensando mediante argumento.
En su película, yo le estaba cantando a él.
Y yo no andaba dedicándole canciones a ese cabrón. No lo tenía en la cabeza. No estaba tratando de demostrarle quién era más chingón. No estaba relacionando la letra con su esposa. No estaba cantándole a otro hombre mediante una rocola y esperando que captara el mensaje como paloma mensajera con botas.
Yo estaba escuchando música.
Él se metió solo dentro de la canción. Se señaló solo. Se nombró solo. La letra dijo “ese buey” y él, desde el fondo de su propia imaginación, levantó la mano:
—Presente.
Nadie había pasado lista. Pero ya estaba firmando asistencia, exigiendo constancia y preguntando dónde recoger su copia.
Dictamen provisional sobre el hombre que salió por valor y regresó con utilería
Aquí aparece una de las partes más absurdas de todo el caso.
Incluso conforme a la lógica de macho que él mismo había escogido, su conducta no demostraba aquello que creía demostrar.
Vamos a entrar por un momento a su película, no porque la película tuviera sentido, sino porque ya estábamos dentro de la camioneta y el boleto incluía pistola.
Supongamos que realmente creyó que yo lo estaba retando. Supongamos que pensó que la canción era una dedicatoria, que yo quería humillarlo, insinuarle algo sobre su esposa y exhibirlo frente a los demás.
Conforme a su propio reglamento imaginario de cantina, lo mínimo habría sido enfrentarme ahí.
Podía acercarse y preguntar:
—¿Qué quieres decir con esa canción?
Podía reclamar. Podía mirarme de frente. Y dentro de la versión más bruta, atrasada y cinematográfica de ese mismo código, podía incluso haberme soltado un golpe ahí mismo y dejarme en el piso para que yo explicara después.
No porque golpearme hubiera estado bien. No porque el primer golpe demuestre valor. Sino porque, dentro de su propia fantasía de hombría, ésa habría sido una respuesta directa a la provocación directa que él juraba haber recibido.
Pero no hizo eso.
No se acercó. No preguntó. No enfrentó la supuesta ofensa cuando ocurrió. Se fue. Esperó media hora. Regresó. Se estacionó afuera. Permitió que yo creyera que podía existir una emergencia laboral. Me hizo subir a una camioneta. Y solamente entonces, con la pistola presente, se atrevió a formular la pregunta.
Eso no era valentía.
Era miedo con transporte. Era inseguridad después de hacer un mandado. Era un orgullo que necesitó cambiar de escenario, controlar la salida, preparar la distancia e incorporar un arma antes de preguntar algo que podía haber preguntado junto a la rocola.
La pistola no demostraba seguridad. Demostraba que no confiaba en su propia presencia. Necesitaba que el arma entrara primero a la conversación. Necesitaba que el metal le prestara la autoridad que no encontraba dentro de sí mismo.
Porque, sin pistola, yo podía reírme y contestar:
—No, cabrón. Me gusta la canción. Tú mismo la volviste a poner.
Y ahí se derrumbaba todo: la acusación, el duelo, la película, la escena del marido ofendido, la expedición armada, la media hora de calentamiento dramático. Todo se venía abajo con una frase tan sencilla que ni siquiera requería sello.
Quizá por eso necesitó la pistola. Porque una respuesta normal podía dejarlo frente a la verdad más humillante de todas: nadie lo estaba retando.
Si yo solamente estaba disfrutando la canción, entonces él no era el protagonista de un drama de honor. Era un señor que se había declarado “ese güey” sin convocatoria, nombramiento, examen de oposición ni aprobación del cabildo.
Aviso de utilidad pública para ciudadanos que reciben mensajes nunca enviados
En los pueblos existe una capacidad especial para escuchar una frase general y adoptarla como ataque personal.
El padre dice en misa:
—Hay personas demasiado pendientes de la vida ajena.
Y nueve señoras giran hacia una décima, mientras la décima piensa que el padre se refiere a las nueve y el padre solamente estaba leyendo un folleto viejo que encontró en la sacristía.
La Presidencia anuncia:
—Se multará a quien deje animales sueltos en la vía pública.
Y un señor se enoja porque siente que el comunicado va dirigido específicamente contra una chiva que su familia vendió hace cinco años, pero cuya memoria continúa siendo perseguida políticamente.
Alguien escribe:
—Hay gente que nunca paga lo que debe.
Y cuatro primos dejan de hablarse porque cada uno cree que la frase fue publicada por otro, dirigida a un tercero, aunque los cuatro tengan cuenta abierta en la misma tienda.
Una canción dice:
—Más chingón que ese buey.
Y un hombre se reconoce.
Nadie dijo su nombre. Nadie lo señaló. Nadie le dedicó nada. Pero él recibe el mensaje con exactitud administrativa. Lo abre. Lo lee. Lo firma. Sella de recibido. Se ofende. Luego reclama que por qué se lo mandaron.
Ésa es una de las funciones más avanzadas del orgullo frágil: puede recibir correspondencia que jamás fue enviada.
No necesita remitente. Se entrega solo.
Acta moral del primer golpe, que suele ser la primera lágrima
Años después, aquella escena de la camioneta terminó conectándose con una idea más amplia.
La gente suele pensar que quien lanza el primer golpe por una falta de respeto demuestra fuerza. Dicen:
—No se dejó.
—Se hizo respetar.
—Le enseñó quién manda.
Pero muchas veces el primer golpe confiesa exactamente lo contrario.
Confiesa:
“Lo que dijiste me dolió tanto que ya no pude quedarme quieto.”
Confiesa:
“Necesito que tu cuerpo pague por lo que ocurrió dentro de mí.”
Confiesa:
“Me hiciste sentir pequeño, así que voy a intentar hacerte más pequeño a ti.”
El golpe no demuestra que las palabras fallaron. Demuestra que llegaron. Entraron completas. Pasaron por Oficialía de Partes. Recibieron sello. Subieron al segundo piso. Se atoraron seis meses en un escritorio. Y finalmente provocaron la clausura de todo el edificio.
Si el supuesto insulto no hubiera tocado nada, no habría necesidad de responder físicamente. Si la canción no hubiera encontrado una herida dentro de aquel hombre, no habría salido del bar, pasado media hora alimentando una teoría y regresado con una pistola.
El arma medía cuánto le había afectado una cosa que ni siquiera estaba dirigida a él.
No era impermeabilidad. Era una gotera que ya había llegado al archivo histórico.
El hombre ya estaba llorando; solamente no lo hacía con los ojos
Hay escenas en algunas películas donde una persona está golpeando a otra y de repente empieza a llorar.
La escena suele presentarse como revelación dramática. El agresor trae dolor, rabia, vergüenza, pérdida o humillación acumulada y finalmente se rompe mientras golpea.
Pero también hay algo oscuro y cómico en ese instante, porque las lágrimas no cambian el significado de la violencia. Solamente lo vuelven visible.
El hombre ya estaba llorando. Nada más estaba llorando con los puños en lugar de llorar con los ojos.
Los golpes decían:
—Yo tengo el control.
Las lágrimas decían:
—Me llegaste hasta adentro.
La violencia no demostraba que estuviera por encima de la herida. Demostraba que estaba completamente atrapado dentro de ella.
Lo mismo puede ocurrir sin lágrimas visibles.
Aquel hombre, dentro de la camioneta, estaba llorando con una pistola. Escuchó una canción. Se reconoció dentro de una frase. Relacionó la frase con su esposa. Convirtió mi alegría en burla. Salió del bar. Alimentó la interpretación. Regresó armado. Todo eso para evitar hacer una pregunta sencilla.
La pistola era la parte visible de cuánto le había dolido una dedicatoria que nunca existió.
No era frialdad. Era desbordamiento con metal, vehículo y un amigo sentado atrás con cara de haber llegado a una reunión donde nadie le explicó el orden del día.
La computadora estaba bien; el usuario había presentado una esposa como mensaje de error
La ironía era que yo me había subido a la camioneta porque pensé que podía tratarse de un problema del trabajo.
Yo trabajaba con computadoras en una oficina. El hombre se veía preocupado. Mi amigo me llamó. Por eso pensé que quizá había ocurrido algo con los equipos o con el negocio.
Pero no había fallado ninguna computadora. No se había caído ningún sistema. No había un programa bloqueado. No había una impresora expulsando hojas en blanco con la desesperación de una gallina atrapada dentro de una bolsa del mandado.
La oficina estaba bien. Las computadoras no habían solicitado auxilio. El único sistema averiado estaba sentado dentro de la camioneta.
No se trata de que no hubiera sistema. Sistema sí había. Lo que no había era la parte donde el sistema distinguía una canción de una relación extramarital antes de incorporar una pistola como herramienta de diagnóstico.
La falla sostenía un arma. Preguntaba por una relación que no existía. Y presentaba como evidencia una dedicatoria que nadie había hecho.
Yo había salido preparado mentalmente para revisar computadoras. Él había llegado preparado para defenderse de una película. Mi amigo estaba atrás, atrapado entre Soporte Técnico y Cine Ranchero, esperando que alguna de las dos dependencias aceptara competencia.
Expediente oficial de la tuba adúltera
Si el caso hubiera sido recibido por una oficina suficientemente irresponsable, el acta habría quedado más o menos así:
Primero: un ciudadano pone una canción.
Segundo: otro ciudadano disfruta la canción.
Tercero: el segundo ciudadano vuelve a ponerla.
Cuarto: el primer ciudadano interpreta que ambos comparten el gusto musical.
Quinto: el primer ciudadano vuelve a reproducirla.
Sexto: el segundo ciudadano concluye que la repetición significa que el primero sostiene relaciones con su esposa.
Séptimo: se concede un plazo aproximado de treinta minutos para que la sospecha fermente sin interferencia de los hechos.
Octavo: se incorpora una camioneta al procedimiento.
Noveno: se presenta una pistola como argumento.
Décimo: nadie pregunta por qué el ciudadano ofendido reprodujo por segunda vez la misma canción que después declaró provocación.
Es el tipo de expediente donde todos los sellos están en orden, pero la historia no resiste una pregunta.
Habría bastado con revisar el punto tercero:
—¿Usted volvió a poner la canción?
—Sí.
—¿Y cuando él la volvió a poner después, por qué no pensó que estaba haciendo exactamente lo mismo que usted?
Ahí terminaba todo. Se archivaba. Se entregaban copias. Cada quien regresaba a su cerveza.
Pero nadie estaba investigando. Él ya había redactado la resolución, dictado sentencia y conseguido el arma antes de notificarme que yo aparecía como acusado.
Cuando el orgullo del bar consigue bandera, uniforme y presupuesto
La misma lógica puede crecer.
Empieza con un hombre en un bar que siente que otro lo hizo quedar mal. No pregunta. No verifica. No tolera la posibilidad de haber entendido mal. Convierte una sensación en hecho. El hecho en acusación. La acusación en confrontación.
Luego esa misma lógica recibe uniforme. Recibe bandera. Consigue himno. Sube a un balcón con micrófonos.
Un gobernante dice que otra nación lo humilló. Una frontera se transforma en ofensa. Una derrota antigua se vuelve deuda. Un gesto se interpreta como falta de respeto.
Entonces comienzan los discursos sobre honor, dignidad, fuerza y destino, pero debajo de las palabras puede seguir funcionando el mismo motor del bar:
“Me hiciste sentir pequeño, así que alguien tiene que sangrar.”
No todas las guerras nacen de eso. También existen territorio, recursos, defensa, poder y supervivencia. Pero muchas necesitan envolver esos intereses en orgullo herido para movilizar a todos los demás.
En la escala pequeña, un hombre escucha una canción, se identifica como el buey y regresa con una pistola. En la escala grande, un gobierno se identifica como la nación ofendida y regresa con un ejército.
La cantina recibe un mapa. La camioneta se convierte en frontera. La pistola recibe artillería. Y la película que una sola persona estaba viendo obtiene presupuesto público, banda de guerra, comunicado oficial y un portal donde puede consultarse toda la información excepto la verdadera razón.
Es llorar con soldados en lugar de llorar con los ojos.
La pistola aumentó el peligro, pero no corrigió la interpretación
Un arma puede cambiar completamente una situación. Puede crear miedo. Puede obligar a alguien a escuchar. Puede impedir que una conversación sea libre. Pero no puede convertir una interpretación absurda en verdad.
La pistola dentro de la camioneta aumentó el peligro. No mejoró el argumento.
No convirtió la canción en dedicatoria. No convirtió mi puño levantado en confesión. No convirtió la tercera reproducción en prueba de adulterio. No hizo que aquel hombre tuviera razón.
Solamente mostró hasta dónde estaba dispuesto a llegar para no soportar la incertidumbre.
Yo no había ganado ningún duelo musical. No había duelo. Él había perdido una competencia privada contra una versión imaginaria de mí.
Dentro de su cabeza existía otro yo: un hombre que se acostaba con su esposa, le dedicaba canciones, lo provocaba frente a todos y levantaba el puño para anunciar públicamente la operación.
Luego regresó a reclamarme por las acciones de ese personaje.
Pero yo no conocía a ese personaje. Yo estaba tomando cerveza en un bar de Zacoalco, cerca de la oficina donde trabajaba.
Resolución definitiva del Comité de Rocola, Ganado y Asuntos Matrimoniales
Después de revisar los hechos, escuchar nuevamente “Más Chingón Que Ese Buey” y consultar a varias personas que no estaban facultadas para emitir opinión, ZacoalcoNet hace constar lo siguiente:
La canción era una canción. La repetición significaba entusiasmo. El puño levantado seguía el ritmo. El acordeón estaba intentando controlar un toro imaginario, no enviar mensajes conyugales. La tuba no había declarado adulterio. La esposa del ciudadano no aparecía mencionada en la letra, en la rocola ni en el movimiento de ninguna persona presente.
El bar estaba en Zacoalco, cerca de la oficina donde yo trabajaba. Las computadoras no habían reportado falla alguna. El supuesto reto nunca fue declarado. El duelo solamente tuvo un participante. La pistola no aclaró nada.
Y el hombre que quería demostrar que era muy chingón terminó demostrando que una canción podía sacarlo de un bar, ocuparle media hora de pensamiento, hacerlo regresar armado y obligarlo a pedir explicaciones por una película que solamente él había visto.
Todo podía haberse resuelto con una pregunta junto a la cerveza:
—Oye, ¿por qué volviste a poner esa canción?
—Porque está chingona. Tú también la volviste a poner.
Fin del asunto.
Pero entonces no habría película. No habría duelo. No habría agravio. No habría esposo ofendido defendiendo su honor contra una conspiración internacional formada por el acordeón, la tuba, la rocola y una esposa ausente que nunca solicitó aparecer en el expediente.
Solamente habría dos hombres a quienes les gustaba la misma canción dentro de un bar de Zacoalco.
Y quizá ésa era la parte que aquel hombre no podía soportar: que yo no lo estaba retando, que no le estaba cantando, que no estaba pensando en él y que, durante toda aquella noche, el único hombre empeñado en demostrar quién era “ese güey” había sido él mismo.
El resto fue pistola, camioneta y trámite. Esto no se inventó. Se tuvo que archivar.

