

Yo llevaba meses chingando con el Atari.
No fue una ocurrencia repentina, ni una fiebre de sábado por la tarde, ni uno de esos caprichos infantiles que nacen frente a un aparador y mueren quince minutos después cuando aparece una paleta de otro color. Lo del Atari ya era una campaña permanente, una gestión ciudadana sostenida y una ocupación pacífica de la conversación familiar por parte de un niño de seis años que todavía no conocía las palabras presupuesto, cabildeo ni desgaste administrativo, pero ya dominaba las tres actividades con resultados que varias presidencias municipales quisieran.
—¿Cuándo me vas a comprar el Atari? —Dijiste que me lo ibas a comprar. —Mira, ahí está otra vez. —Está en oferta. —¿Hoy podemos ir?
Cada anuncio de televisión reabría el expediente. Cada juguetería constituía una nueva ventanilla. Cada viernes podía convertirse en el viernes histórico en que el gobierno familiar finalmente liberara los fondos, firmara el convenio y dejara de hacerse el que no había visto al solicitante parado enfrente con la misma cara desde hacía tres meses.
No se trataba de que mi papá no supiera que yo quería un Atari. Eso ya había quedado establecido, notificado y probablemente inscrito en el Registro Público de Bienes Deseados por Menores de Edad. Lo que faltaba era la fase donde la autoridad, después de recibir cuarenta veces la misma petición, dejaba de contemplarla como fenómeno atmosférico y hacía algo.
Durante mucho tiempo, el precio había permanecido en la categoría de completamente inalcanzable. No era algo que un niño pudiera pedir con seriedad. Era uno de esos objetos que aparecían en televisión desde una dimensión económica superior, junto con carros deportivos, albercas privadas y casas donde cada hijo tenía un cuarto tan grande que la cama podía existir sin tocar tres paredes y una tubería.
Entonces el precio bajó. No bajó hasta volverse barato, porque barato no era. Bajó de ni lo sueñes a todavía cuesta una barbaridad, pero ya puedo comparecer ante la autoridad con una propuesta que no sea desalojada inmediatamente del inmueble.
Mi propuesta era sencilla: juntar Navidad y cumpleaños y pedir el Atari como un solo regalo para todo el año.
Yo ya había renunciado a mi regalo de Navidad. No estaba intentando cobrar dos celebraciones por adelantado ni presentar facturas apócrifas por festividades todavía no ocurridas. Navidad ya había pasado y yo había dejado mi regalo ahí, sin ejercer, como partida presupuestal congelada por austeridad infantil. Además, mi cumpleaños había pasado apenas dos semanas antes.
Es decir, no estaba solicitando un adelanto. Estaba pidiendo que dos presupuestos infantiles ya vencidos —uno sacrificado voluntariamente y el otro todavía tibio sobre el calendario— fueran consolidados en una sola compra.
Yo entregaba Navidad, cumpleaños y cualquier futura reclamación sobre regalos durante el resto del año. A cambio, recibía una caja con plástico negro, imitación madera, dos palancas y la capacidad tecnológica de dispararle a unos tanques cuadrados desde lados opuestos de la pantalla.
Desde mi punto de vista, era un convenio impecable. Mi papá compraba una sola cosa, cerraba oficialmente el Departamento de Regalos por el resto del ejercicio fiscal y quedaba liberado de cualquier obligación festiva hasta nuevo aviso. Yo, por mi parte, aceptaba vivir todo el año bajo régimen de regalo único, sin juguetes complementarios, sin apelación y sin pedirle al tribunal que reconsiderara el caso cuando llegara otra Navidad cargando comerciales nuevos.
El precio había dejado de significar “eso pertenece a los hijos de otras familias” y había entrado en el territorio de “esto todavía duele, pero ya puede discutirse sin que alguien apague la luz de la sala”.
Además, en mi memoria el Atari venía con Combat y Missile Command. Tal vez Missile Command llegó después y la memoria soldó dos momentos distintos con esa soldadura especial de la infancia que no respeta fechas, garantías ni inventarios. Para mí, el Atari apareció completo desde el principio: los tanques, los misiles, los cuadritos, las explosiones hechas con ocho luces y todo el porvenir electrónico de la humanidad concentrado en una palanca con un botón rojo.
Lo importante no era el inventario exacto. Lo importante era que la máquina existía, el precio había descendido del cielo de los imposibles y llevaba meses ocupando una oficina permanente dentro de mi cabeza, con secretaria, archivero metálico y una fotografía oficial del joystick colgada detrás del escritorio.
Finalmente, un viernes después del trabajo, mi papá me llevó a una de aquellas jugueterías grandes de Guadalajara. En algunas versiones de la memoria la coloco por Plaza del Sol; en otras, un poco más rumbo a Tlaquepaque. La geografía se mueve porque la infancia no conserva mapas: conserva luces, pasillos, cajas enormes y la sensación de que uno está entrando a la bodega donde el futuro espera apilado en anaqueles.
Regresamos con la caja del Atari Video Computer System, la máquina que después todo el mundo llamaría Atari 2600, con sus palancas, sus interruptores, sus cables y aquella estética de futuro doméstico construida con plástico negro, imitación madera y la seguridad absoluta de que el año 2000 iba a consistir en puras rayitas electrónicas administradas desde una sala con alfombra café.
Después de meses de campaña, de haber entregado Navidad y de haber dejado pasar mi cumpleaños dos semanas antes, el Atari por fin estaba dentro de la casa. Y fue precisamente entonces cuando mi papá decidió convertir su instalación en una crisis tecnológica de alcance metropolitano.
Dictamen provisional sobre el adaptador que venía por correo desde una dimensión más lenta
Según mi papá, faltaba un adaptador.
No un adaptador opcional. No una pieza que mejorara la imagen. No algo que pudiera comprarse al día siguiente en el Centro, junto a una licuadora, un foco de refrigerador y tres extensiones enrolladas como víboras cansadas.
Faltaba el adaptador: una unidad misteriosa, única y aparentemente consagrada, sin la cual el aparato no podía conectarse a la televisión bajo ninguna circunstancia conocida por la ciencia, el comercio, la familia o la Comisión Federal de Electricidad.
Hizo una llamada, o realizó aquella ceremonia adulta que desde lejos parecía una llamada, y luego informó que la pieza sería enviada por correo. Mientras llegaba, el Atari no podía usarse. Más importante todavía: yo no debía intentar conectarlo.
Mi papá estaba intensísimo con el asunto. No dijo simplemente que podía equivocarme, que quizá no aparecería la imagen o que podía aflojar un cable. No. El nivel de advertencia fue más cercano a una evacuación de Protección Civil realizada por un funcionario con casco nuevo, silbato sin estrenar y una carpeta que decía PROTOCOLO GENERAL PARA CUANDO EL NIÑO TOQUE ALGO.
Si yo conectaba el Atari por mi cuenta, podía hacer explotar la televisión.
A los seis años, “explotar la televisión” no era una metáfora sobre circuitos dañados, fusibles o interferencia. Era una explosión de verdad: humo saliendo de los paneles, chispas atravesando la sala, el vidrio de la pantalla disparado hacia el comedor y Don Ramón entrando por la puerta con un extinguidor que no era suyo mientras preguntaba quién iba a pagar el aparato, la pared y los catorce meses de renta atrasada que de alguna forma también habían resultado afectados.
Así que ahí estaba yo, después de meses de insistencia, con la máquina finalmente en la casa, pero suspendida por orden administrativa mientras una pieza invisible avanzaba hacia nosotros a la velocidad de Correos de México, quizá montada en un burro con chaleco institucional que se detenía en cada municipio a solicitar un sello distinto.
No se trataba de que no hubiera Atari. Atari sí había. Lo que no había era la parte donde el Atari hacía aquello para lo cual había sido comprado antes de convertirse en un Atari sujeto a trámite.
La consola estaba en la casa, pero su utilidad se encontraba en tránsito. El sistema existía, aunque todavía no operaba; y como no operaba, había que esperar a que operara, pero sin tocarlo, porque tocarlo antes de que operara podía destruir el aparato que se necesitaba para verificar si operaba.
Era la modernidad con huaraches de plástico: una máquina del futuro detenida por una pieza imaginaria que venía por correo con cara de haber perdido el camión.
La solución real era mucho más sencilla.
Mi papá pudo haberme comprado una televisión pequeña para mi cuarto. No tenía que ser nueva, grande ni elegante. Con cualquier tele chiquita comprada en el Baratillo, conseguida de segunda mano o rescatada de la casa de algún pariente que ya había adquirido una mejor, yo me habría encerrado feliz con mi Atari y habría dejado su televisión completamente en paz.
Eso habría protegido su aparato, eliminado el conflicto, terminado la campaña y convertido el problema en un asunto privado entre un niño, una pantalla de trece pulgadas y varios tanques cuadrados disparándose desde lados opuestos mientras Guadalajara continuaba con sus asuntos sin necesidad de declarar emergencia cromática.
Era la solución práctica, económica y perfectamente aburrida. Por lo tanto, no podía aceptarse.
Porque esa solución tenía un defecto grave: me habría dado territorio propio.
Una televisión en mi cuarto significaba que ya no necesitaba permiso para entrar a su sistema. Ya no hacía falta que él administrara el acceso, interpretara los cables, certificara los riesgos, explicara el comportamiento de la electricidad ni permaneciera como director general de una tecnología cuyas instrucciones venían dibujadas dentro de la caja con flechas suficientemente grandes para que las entendiera un niño.
Era más fácil resolverlo, sí, pero resolverlo también significaba soltarlo.
Y hay personas que prefieren administrar veinte dificultades antes que permitir una sola autonomía, porque una dificultad administrada todavía necesita administrador, mientras que una solución completa corre el peligro de seguir funcionando aunque el funcionario salga a comer.
Por eso la operación adquirió aquel tono difícil, intenso y medio mañoso. No bastaba con decir: “No quiero que uses mi televisión.” Eso habría sido demasiado directo, demasiado verificable y peligrosamente cercano a una decisión personal.
Había que convertir la preferencia del adulto en una ley física.
No era que él no quisiera: era que no se podía. No era control: era ingeniería. No era una decisión: era el universo mismo protegiendo a la Zona Metropolitana de Guadalajara de una detonación audiovisual que podía dejar al barrio sin novelas, sin caricaturas y con Don Ramón cobrando daños estructurales en efectivo.
El adaptador misterioso cumplía una función perfecta. Mantenía la máquina dentro de la casa, pero fuera de mi alcance. Permitía declarar que el Atari ya se había comprado sin permitir que el niño lo usara. Convertía una negativa personal en dificultad técnica y colocaba a mi papá como único intermediario autorizado entre la consola y la civilización.
Él no estaba diciendo “no”. Estaba diciendo: “Sí, pero la realidad todavía no coopera, y mientras la realidad no coopere, aquí estoy yo para explicarte por qué la realidad decidió no cooperar precisamente conmigo como vocero.”
Eso es mucho más elegante que negar algo. La negativa puede discutirse. La física no. El niño podrá insistirle al padre, pero no puede presentar recurso de inconformidad contra las leyes del universo, sobre todo cuando dichas leyes vienen anunciadas por el mismo señor que tiene las llaves del carro.
Reporte especial del lunes en que el diagrama declaró su independencia
Mi papá se fue a trabajar el lunes.
La televisión era una caja grande de madera, como de veintiuna pulgadas, con molduras cafés y unas secciones que parecían hechas de mimbre. No era solamente una televisión. Era un mueble con pantalla, un monumento doméstico construido en la época en que los aparatos todavía pesaban lo suficiente para parecer responsables.
Estaba pegada a la pared del lado derecho de la sala, mirando hacia el comedor con la dignidad cuadrada de un secretario municipal que lleva veinte años ocupando el mismo escritorio y ya considera que el escritorio le pertenece por derecho de sedimentación.
Yo la moví de lado para ver la parte de atrás.
Las instrucciones del Atari incluían un diagrama. Ahí estaba todo: la consola, el cable de corriente, la televisión, la conexión de la antena, el enchufe y la pequeña caja de interruptor que venía con el sistema.
Lo estudié con cuidado.
Nada en el dibujo parecía requerir una pieza enviada desde la Ciudad de México, retenida en una bodega de Mexpost o transportada hasta Guadalajara sobre el lomo de una mula sindicalizada que sólo caminaba los martes después de las once y siempre que no estuviera lloviendo en otro estado.
Tampoco aparecía una explosión. No había humo, bomberos ni una ilustración del niño responsable siendo desalojado de la vivienda mientras Don Ramón señalaba los escombros y preguntaba, con cara de auditor de vecindad, quién iba a pagar la renta de la televisión.
La parte trasera del aparato tenía dos tornillos para la antena. La caja del Atari tenía dos conectores metálicos diseñados para colocarse debajo de esos tornillos.
No parecía una tecnología incompleta. Parecían dos tornillos que necesitaban aflojarse.
Eso era todo: dos tornillos.
Toda la crisis metropolitana, la espera postal, la pieza sagrada, la amenaza de explosión, el futuro cancelado y la autoridad técnica del gobierno doméstico descansaban sobre dos tornillos visibles que no habían recibido noticia alguna de que debían formar parte de un misterio.
Primero intenté aflojarlos con los dedos, pero no pude. Luego con la uña. Tampoco.
Entonces fui a la cocina y saqué un cuchillo de mantequilla.
No era una herramienta especializada. No tenía mango aislante, certificación eléctrica ni calcomanía de una institución que garantizara su uso en instalaciones interplanetarias. Era un cuchillo de mantequilla, miembro humilde del servicio civil de los cubiertos, destinado originalmente a embarrar cosas blandas sobre otras cosas blandas.
Ese cuchillo acabó nombrado director provisional de telecomunicaciones.
Aflojé los dos tornillos, deslicé los conectores metálicos debajo, volví a apretar todo, conecté la corriente, moví el interruptor de la televisión, puse el juego y encendí la consola.
La televisión no explotó.
No salió humo por los paneles de mimbre. No se rompió la pantalla. No se apagaron las luces de Guadalajara. Ningún transformador de la Comisión Federal de Electricidad comenzó a echar chispas sobre la banqueta. Protección Civil no acordonó la sala. La presidencia municipal no emitió un comunicado lamentando los hechos. Don Ramón no cruzó la puerta cargando una cubeta de arena ni preguntando cuál menso había conectado una cosa con otra.
Apareció el juego. El Atari funcionaba.
Así, sin ceremonia, sin adaptador celestial, sin correo, sin ventanilla, sin funcionario.
Durante varios días, la tecnología había sido presentada como un recinto sellado, accesible solamente mediante intervención adulta y una pieza especial en tránsito. Pero el recinto resultó tener dos tornillos perfectamente visibles, un dibujo bastante claro y compatibilidad completa con un cuchillo de mantequilla.
Yo no había desafiado las leyes de la electricidad. Había seguido las instrucciones.
El sistema no había fallado porque el sistema nunca había sido necesario. Lo único que había fallado era la explicación del encargado del sistema, que no es lo mismo, aunque en muchas casas, oficinas y municipios se archive bajo la misma carpeta para evitar molestias.
El aparato quedó encendido. La imagen apareció. Los tanques comenzaron a moverse. Y en alguna parte del universo, un sello oficial se desprendió solo de una mesa y cayó boca abajo.
Regreso del director general de tecnología doméstica y asuntos que dejaron de explotar
Cuando mi papá llegó del trabajo, me encontró jugando.
Entró a la sala y vio el Atari conectado a la televisión: la operación prohibida, el riesgo catastrófico, la maniobra que supuestamente no podía realizarse sin el adaptador todavía perdido en alguna ruta postal entre Guadalajara, Tlaquepaque y una oficina donde nadie contestaba el teléfono porque el teléfono estaba debajo de una carpeta.
La televisión estaba encendida. El Atari estaba funcionando. El niño seguía vivo. La sala continuaba siendo sala.
Mi papá miró la escena y luego se fue.
Eso fue peor que si hubiera empezado a gritar.
Yo sabía que él lo había visto. Él sabía que yo sabía que lo había visto. Pero en lugar de emitir un fallo inmediato, se retiró con esa dignidad silenciosa del funcionario que descubre que el ciudadano resolvió el trámite sin pasar por su ventanilla y necesita unos minutos para fabricar una infracción nueva.
La sentencia quedó flotando sobre la casa.
Yo seguí jugando, aunque ahora cada tanque, cada disparo y cada misil ocurrían bajo la sombra de una investigación interna. El juego seguía, pero el aire ya tenía cara de carpeta beige.
Al rato volvió.
La advertencia original había desaparecido.
La televisión ya no iba a explotar. Sostener esa versión se había vuelto complicado porque la televisión estaba ahí enfrente, funcionando sin humo, sin fuego, sin vidrios incrustados en el comedor y sin haber solicitado asistencia médica.
Entonces apareció una nueva explicación: ahora el problema era que el Atari podía dañar el color de la televisión.
Tal vez podía quemar la imagen en la pantalla, desajustar los colores, deformar los tonos o producir alguna enfermedad cromática de largo plazo por la cual el verde terminaría siendo café y las personas de las noticias aparecerían con cara de tamal recalentado bajo foco de farmacia.
Por lo tanto, sí podía jugar, pero sólo tres horas al día.
Así se emitió la primera reforma oficial al Reglamento Metropolitano del Atari.
La prohibición absoluta se convirtió en límite de uso. El peligro mortal fue degradado a posible desgaste del color. La pieza indispensable enviada por correo dejó de ser mencionada.
No se informó si había sido cancelada, extraviada o absorbida por una oficina donde todavía permanece hoy, dentro de un sobre amarillento dirigido a un domicilio que ya no existe.
La administración tampoco reconoció que el niño había resuelto el problema. Simplemente trasladó la preocupación a otro departamento técnico y continuó operando como si la nueva regla hubiera sido el plan desde el principio.
No hubo retractación. No hubo comunicado. No hubo una ceremonia donde alguien tomara el cuchillo de mantequilla, lo colocara sobre un cojín de terciopelo y agradeciera sus servicios a la conectividad nacional.
La televisión no había explotado, pero la explicación anterior tampoco fue retirada formalmente. Sólo quedó abandonada en el terreno, como tantas obras públicas, mientras una versión nueva era inaugurada dos metros más adelante con una lona que decía AHORA SÍ: PROTECCIÓN INTEGRAL DEL COLOR.
La profecía no había sido falsa. Había sido actualizada.
Ésa es una ventaja administrativa importante. Cuando la realidad contradice la regla, no se corrige la regla. Se cambia el peligro.
Primero explota. Luego pierde el color. Después seguramente se calienta. Más adelante consume demasiada corriente. Y si todo eso falla, el problema será que el niño está jugando mucho.
No importa cuál sea la causa mientras la ventanilla permanezca abierta.
Dictamen moral sobre la Unidad Trabajadora que trabajaba para el lado equivocado
Visto ahora, mi papá estaba demostrando un comportamiento direccional muy preciso.
No estaba siendo una UT —Unidad Trabajadora— para mí. No estaba resolviendo el problema del niño, reduciendo la fricción ni protegiendo su televisión mediante la solución más obvia.
Estaba siendo una UT para la Página 2: la programación infantil según la cual el adulto sabe lo que hace, cumple lo que promete, resuelve los problemas básicos y mantiene el mundo lo bastante estable para que el niño pueda seguir siendo niño sin tener que inspeccionar personalmente cada explicación.
Trabajaba en favor del sistema adulto que necesitaba conservar autoridad, dependencia y la idea de que la realidad técnica sólo podía pasar por él. Era útil para la estructura que mantenía al niño esperando, aunque fuera inútil para resolver el problema que tenía enfrente.
Y ahí está la diferencia que suele perderse cuando la ciudadanía mira a una persona trabajando mucho y supone que por trabajar mucho está ayudando.
No necesariamente. También se puede trabajar muchísimo para impedir que algo sencillo se resuelva.
Hay funcionarios que procesan ocho documentos para evitar una respuesta. Hay familias que producen tres explicaciones, dos advertencias y una amenaza eléctrica para no comprar una tele chiquita. Hay sistemas que sudan, se organizan, levantan actas y convocan al comité, pero toda esa energía está dirigida a conservar el problema porque el problema justifica la existencia del comité.
Mi papá estaba haciendo trabajo, nomás que el trabajo no era para mí.
¿Por qué no simplemente hacer lo que se suponía que debía hacer el adulto en esa etapa? Comprar una tele chiquita, poner el Atari en mi cuarto, cumplir el acuerdo y dejar que el niño conservara la confianza básica de que su papá podía resolver una dificultad sin convertirla en una prueba de obediencia.
Eso habría instalado la Página 2 de la manera prevista: el adulto se ocupa del mundo adulto, el niño recibe una estructura razonablemente estable y todos siguen adelante sin que el menor tenga que convertirse en técnico, investigador y auditor de las explicaciones familiares.
Pero aquella Página 2 no quería resolver. Quería conservar la posición desde la cual se concede, se demora, se interpreta, se autoriza y se revisa.
Resolver el problema habría eliminado la necesidad de seguir administrándolo. Y una autoridad puede tolerar muchos inconvenientes antes que tolerar su propia irrelevancia.
En dirección al sistema, mi papá funcionaba como UT. En dirección a mí, la operación empezaba a parecer PP —Parásito Prudente—: crear una dificultad innecesaria, conservar la posición de control y extraer obediencia de un problema que podía haberse eliminado con una televisión pequeña y un viaje al Baratillo.
La parte prudente consistía en no decir abiertamente: “No quiero darte autonomía.”
Eso habría sido demasiado claro. Una frase así podía observarse, discutirse y hasta recordarse.
Era mejor decir que faltaba un adaptador. Era mejor advertir sobre una explosión. Era mejor invocar el daño cromático. Era mejor mantener al niño dentro de una neblina técnica donde la solución siempre existía, pero curiosamente debía esperar la intervención del mismo adulto que no quería aplicarla.
Así funciona la prudencia parasitaria cuando se pone saco de ingeniero: no bloquea por capricho; bloquea por tu seguridad. No demora porque quiere control; demora porque faltan piezas. No te necesita dependiente; simplemente resulta que toda ruta hacia la independencia pasa por una oficina donde él es jefe, secretario, velador y señor que salió a comer.
Acta de instalación accidental de la Página 1 mediante cuchillo de mantequilla
El problema es que la Página 2 tampoco se instaló como se suponía.
La lección prevista debía ser sencilla: el adulto conoce la máquina, cumple su función, resuelve lo que el niño todavía no puede resolver y deja una realidad lo bastante confiable para que el niño no tenga que verificar personalmente cada declaración emitida desde arriba.
En cambio, la lección que se intentó instalar fue otra: el adulto conoce la máquina, el niño espera y la realidad llega por correo cuando la autoridad decida que ya puede llegar.
Pero yo leí el diagrama. Miré los conectores. Identifiqué los tornillos. Busqué una herramienta. Probé la explicación contra el aparato. Y el aparato declaró que mi papá estaba equivocado.
No fue una rebelión ideológica. No redacté un manifiesto infantil sobre autonomía tecnológica, ni convoqué a la ciudadanía, ni pinté una manta que dijera EL PUEBLO UNIDO JAMÁS SERÁ DESCONECTADO.
No intenté destruir su autoridad ni demostrar superioridad. Sólo quería jugar Atari.
Pero, al intentar hacerlo, instalé la Página 1: la parte donde la realidad física tiene prioridad sobre la explicación de la persona que ocupa el puesto más alto dentro de la casa.
La televisión se convirtió en evidencia. No explotó. El Atari funcionó. El adaptador no era necesario.
Y cuando la profecía falló, la administración no pudo hacer otra cosa que emitir una regla nueva, sellarla con cara seria y actuar como si el expediente anterior hubiera sido escrito por otra dependencia.
A los seis años, con un cuchillo de mantequilla y dos tornillos de antena, yo no sólo conecté una consola.
Obligué al gobierno familiar a publicar una versión corregida de la realidad.
No pidió disculpas. No reconoció el error. No compró la tele chiquita. Pero redujo la catástrofe de explosión nacional a tres horas diarias de posible deterioro cromático.
Y así quedó asentado para fines históricos: el lunes en que un niño conectó el futuro con un cubierto de cocina, la televisión sobrevivió, el Atari encendió y la autoridad, al descubrir que el universo no respaldaba su comunicado, procedió a cambiar de universo sin cerrar el expediente.

