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ZacoalcoNet Presenta: Por Andar de Uber Puse Mi Cuerpo en Subcontrato

Joaquín Murrieta

Joaquín Murrieta

Cronista de ZacoalcoNet. Nació en East Hollywood, hizo sus primeras andanzas entre East LA y Commerce, y hoy levanta actas no autorizadas desde Zacoalco

Canalícese este boletín por conductos autorizados.⠀⠀

Relación sucinta, venenosa, administrativamente confusa y cósmicamente verificable de cómo un ciudadano con exceso de fe en las aplicaciones, creyéndose contratista independiente del progreso, terminó descubriendo que la economía colaborativa consiste básicamente en rentarle el alma a una plataforma mientras el cuerpo va poniendo las refacciones.

Acta preliminar levantada por la Comisión Municipal de Desgaste Humano y Frijol en Movimiento

Hay épocas en que el universo se queda quieto nomás para ver quién cae primero en la trampa. No se queda quieto por respeto, ni por misericordia, ni porque haya leído la Constitución. Se queda quieto como se queda quieto un señor en la plaza cuando ve que el burro del compadre ya se metió a la farmacia y nadie ha querido admitir todavía que ese animal trae más decisión administrativa que el Ayuntamiento completo.

Ese mes, el cripto no subía, no bajaba, no respiraba, no sudaba, no se comprometía con nadie. Estaba tirado como tortilla fría sobre el comal de la decepción financiera, viendo al techo como muchacho que prometió estudiar ingeniería y terminó vendiendo cursos de abundancia con una lámpara de aro. El bitcoin no hacía nada. El mercado no hacía nada. La esperanza financiera se había sentado en una silla de plástico a esperar que alguien le trajera un refresco tibio.

Y uno, que todavía conserva ciertas formas de optimismo de pueblo con internet, se dice con la inocencia peligrosa de quien ve un charco y piensa que es manantial: “Mientras despierta el bitcoin, me meto un rato a manejar con aplicación.” Nomás así. Como quien dice voy por cilantro y regresa afiliado al catastro del infierno.

Porque la tragedia moderna no siempre llega con rayos, trompetas y zopilotes dando vueltas sobre el tejado. A veces llega con una notificación amable, un botoncito azul, una promesa de flexibilidad y una frase tan bonita que debería venir con advertencia sanitaria: “sé tu propio jefe.”

En Zacoalco, cuando alguien dice “sé tu propio jefe,” lo correcto sería que sonaran las campanas de la parroquia, no por fiesta, sino por alarma. Porque casi siempre significa que ya no hay jefe visible, pero sí hay patrón invisible, cliente caprichoso, algoritmo con rebozo negro, gasolina que no perdona, desgaste que no descansa y una cuenta final que nadie quiere firmar.

La promesa ejecutiva de la Virgen de la Liquidez Inmediata

Yo tenía mi carrito decente. Entero. Presentable. Pagado con esa ilusión tan peligrosa de creer que una cosa es tuya nomás porque ya la terminaste de pagar. Era mío, o por lo menos eso decía la lógica antigua, esa lógica de rancho donde si pagaste la vaca, la vaca es tuya, aunque todavía te mire con resentimiento desde el corral.

Era mío como debe ser una cosa cuando ya no le debes nada a nadie. Mío como la silla de la abuela, como el comal quemado, como el machete que nadie presta porque luego lo regresan como cuchara. Hasta lo lavaba con cierto orgullo ranchero. No orgullo de rico, sino de señor que sabe que por lo menos esa lámina, ese volante y esa cajuela ya no tienen cobrador parado afuera con cara de licenciado triste.

Pero entonces aparecen los comerciales. Ese evangelio plastificado donde una persona está a nada de ser devorada por la renta, los niños tienen cara de estar a dos cucharadas de empezar a comer servilletas, el refrigerador suena como ataúd vertical, y de pronto desciende la aplicación del cielo como si fuera la Virgen de la Liquidez Inmediata. Baja envuelta en luz LED, con música de triunfo barato, con una familia sonriendo como si el pago mínimo de la tarjeta hubiera sido perdonado por intervención divina.

Le cae el app al celular y ya: milagro. La persona ahora vive en casa bonita, trae carro limpio, sonrisa completa, recibos pagados y una paz doméstica que parece exportada de un catálogo de avena premium. Los niños ya no comen servilletas. El refrigerador ya no suena a difunto. La renta ya no persigue a nadie con chancla. La vida, según el comercial, se arregla porque uno presionó “conectarse” y empezó a transportar desconocidos por la ciudad con olor a perfume caro, sudor ajeno y opiniones sobre la temperatura.

Uno ve eso y piensa: “Pues igual sí jala.” Sí jaló, pero jaló parejo para abajo.

Y ahí empieza la primera mentira elegante de todo este teatro: no te dicen que vas a ganar dinero. Te dicen que vas a “generar ingresos,” que es la forma moderna de decir que van a convertir tu cansancio en numeritos, tu coche en herramienta, tu cuerpo en garantía, tu paciencia en servicio al cliente, y tu dignidad en una cláusula que aceptaste sin leer porque tenías prisa.

Alta solemne en el sacerdocio del contratista independiente

Fui por mis requisitos. Fui a las oficinas correspondientes. Fui al changarro fiscal donde a uno lo convierten, con sello y cara seria, en algo llamado contratista independiente, que es una forma muy elegante de decir: “te vamos a dejar solo cuando reviente algo.”

Yo hice todo como gente seria. Fila. Trámite. Papelito. Requisito. Sonrisita burocrática. Firma donde le indican a uno que renuncie voluntariamente a una parte de su dignidad que ni sabía que todavía conservaba. Todo con esa seriedad mexicana donde un señor detrás de una ventanilla te trata como sospechoso por querer trabajar y como estorbo por no haber nacido ya con tres copias de tu comprobante de domicilio.

El trámite no era solamente un trámite. Era un sacramento. Una confirmación civil. Una especie de bautizo en agua de tóner donde el ciudadano deja de ser persona y se convierte en proveedor externo de su propia ruina. Ya no eres trabajador, porque eso suena demasiado protegido. Tampoco eres empresario, porque empresario es el que gana cuando tú te acabas. Eres contratista independiente, una criatura intermedia, como chivo con gafete, burro con RFC, cristiano con factura, hombre libre con la correa invisible del algoritmo amarrada al cuello.

Y luego vino la orientación. Orientación es una palabra muy bonita. Suena a brújula. A orden. A acompañamiento. A linterna institucional. A maestra buena onda que te dice por dónde queda el baño y cuál salón tiene el ventilador que sí sirve. Pero en realidad, en el universo de las plataformas, orientación es una ceremonia para explicarte que el carro ya no es tu carro, sino una extensión espiritual del capricho ajeno.

Ahí me informaron, con gran solemnidad corporativa, que el asiento del copiloto no era mío. Que el piso no era mío. Que la cajuela no era mía. Que básicamente el vehículo completo pertenecía al pasajero eventual y sus necesidades emocionales, olfativas, geométricas y equipajísticas.

Lo único mío era el pedazo de asiento donde iba sentada mi nalga. Ni medio coche. Ni un rincón. La nalga. Gran autonomía.

Eso sí: la plataforma te seguía vendiendo la idea de libertad. Libertad para manejar cuando quisieras, siempre y cuando quisieras manejar cuando el algoritmo tuviera hambre. Libertad para escoger tu horario, siempre y cuando entendieras que las mejores horas eran las peores para tu cuerpo. Libertad para aceptar viajes, siempre y cuando rechazar muchos te pusiera en la lista negra de los invisibles. Libertad para ser tu propio jefe, siempre y cuando cada cliente, cada estrellita, cada queja y cada actualización te recordaran que tu jefatura era decorativa, como regidor en desfile patrio.

Dictamen territorial sobre la cajuela, el piso y la nalga soberana

En el México antiguo, un hombre con coche tenía cajuela. Y una cajuela era una cosa noble, democrática y profunda. Ahí cabía la herramienta, la hielera, una cobija, unas botellas de agua, un santo de plástico, un cable que ya no sirve pero no se tira porque luego hace falta, y el misterio nacional de por qué siempre hay una bolsa de supermercado que nadie reconoce.

Pero bajo el nuevo régimen de la movilidad por aplicación, la cajuela se convirtió en territorio ocupado. Ya no era cajuela. Era una zona de potencial equipaje ajeno. Un lote baldío reservado para la maleta hipotética de un desconocido que tal vez nunca apareciera, pero cuyo derecho imaginario era más importante que mi necesidad real de comer sin intoxicarme o sin gastar lo que todavía no ganaba.

El piso tampoco era mío. El piso era una planicie ceremonial para pies extraños, mochilas sudadas, bolsas de gimnasio, niños con migajas, adultos con prisa y gente que se sube al carro como si estuviera entrando a una extensión climatizada de su frustración personal.

El asiento del copiloto era del cliente, aunque el cliente viniera solo y se sentara atrás con actitud de inspector colonial. Los asientos traseros eran del cliente. El aire era del cliente. El silencio era del cliente. La música era del cliente. El olor era del cliente. La temperatura era del cliente. La ruta era del cliente, aunque no supiera ni dónde estaba parado.

Entonces, si todo era del cliente, ¿qué quedaba de uno? La nalga conductora. La nalga como última república. La nalga como municipio autónomo. La nalga como territorio libre de la Confederación de Desgastados.

Y ni esa estaba del todo segura, porque después de horas de tráfico, frenones, vueltas, vibraciones, ansiedad, calor, hambre y clientes opinando como si trajeran doctorado en semáforos, hasta la nalga empezaba a presentar queja por escrito ante la Dirección General de Ya No Chinguen.

El protocolo del frijol, aprobado por necesidad y rechazado por nariz ajena

Mi plan original era llevar hielerita con agüitas y sándwiches. Una estrategia de supervivencia, no un banquete. No un picnic. No una fonda rodante con mantelito de cuadros y menú degustación. No iba a instalar un comal sobre el tablero ni a ofrecer salsa tatemada en vasito biodegradable. Era comida básica para no andar gastando en la calle, porque cuando uno trabaja para sobrevivir, cada agua comprada en tienda con precio de aeropuerto se siente como mordida institucional.

Pero con la nueva doctrina territorial del uberismo, la hielera quedó abolida por decreto no escrito del Virreinato del Cliente. La cajuela debía permanecer disponible para maletas que podían o no existir. El piso debía estar libre para pies que podían o no subir. El coche completo debía vivir en estado de pureza turística, como capilla móvil para usuarios con prisa.

Entonces pasé al plan B: pan de supermercado, sándwiches de frijol. Producto noble. Humilde. Estable. Democrático. El frijol no se echa a perder tan fácil. El frijol no necesita escolta térmica. El frijol no se siente gerente. El frijol cumple. El frijol no pregunta si tienes estudios. El frijol no te califica con estrellas. El frijol no te manda correo diciendo que “hemos actualizado nuestros términos.” El frijol está ahí, oscuro, honrado, silencioso, con esa dignidad que solamente tienen los alimentos que han salvado más familias que cualquier programa oficial.

La primera semana no llevé nada. Quería primero medir el nivel de invasión del sistema. Quería ver cómo se movía la fauna, cómo respiraba el cliente, qué tanto invadía, qué tanto exigía, qué tanto olía, qué tanto juzgaba. Y en esa semana confirmé una estadística privada, no arbitraria, nacida del trato humano repetido en tráfico caliente: llegué a odiar al 85 por ciento de los pasajeros. No metafóricamente. Administrativamente. Con folio interno.

Porque el pasajero moderno no se sube al carro. Se instala en una narrativa. Va oliendo, juzgando, calificando, reinterpretando, auditando el clima, el silencio, el timbre de voz, la manera en que uno respira y quizá hasta la intención vibracional del amortiguador. No es pasajero. Es inspector con mochila. Auditor de banqueta. Virrey con batería al 12 por ciento. Criatura con prisa que cree que su trayecto de quince minutos justifica alterar la presión atmosférica del vehículo.

Y uno ahí, manejando, tragándose el coraje, entendiendo que cada viaje no era un viaje, sino una pequeña sesión de humillación con mapa.

Incidente aromático registrado ante el Instituto Jalisciense de Fosas Nasales Finas

Ya entrado en confianza operativa, me llevé mis sándwiches de frijol y unas botellas de agua. Nada extravagante. Nada ofensivo. Nada que requiriera licencia sanitaria, banda musical o permiso de Protección Civil. Eran sándwiches. De frijol. Guardados donde se podía. En un mundo cuerdo, eso no amerita asamblea.

Iba por la ciudad con la aplicación abierta, cazando viajes como si fueran pokémones tristes del libre mercado. Me comí un par de sándwiches. Todo iba en santa paz, o en la paz mínima que se puede tener cuando uno trae hambre, tráfico, gasolina cara y una app vigilando como monja con libreta.

Hasta que se suben dos fresillas. No fresillas como fruta, porque la fruta tiene utilidad y no habla. Fresillas como fenómeno social. Como producto de aparador. Como gente que aprendió a respirar con tono de queja. Se suben y una suelta, con la finura cultural de quien fue parida por una tarjeta departamental: “Ay, huele como a frijol podrido. ¿Te andas pedorreando o qué?”

Y ahí fue donde el cosmos detuvo tantito su maquinaria para verme reventar con fundamento. Porque una cosa es ser explotado por una plataforma. Otra es que encima te hagan peritaje anal sobre tu alimento de resistencia. Una cosa es andar poniendo coche, gasolina, espalda, hígado emocional y paciencia. Otra es que una princesa de outlet, recién subida a tu carro, proceda a dictaminar que tu comida de supervivencia es un atentado contra su nariz educada en vapores de centro comercial.

Entonces saqué la bolsa de la consola central y pronuncié mi manifiesto territorial. No fue discurso. Fue acta de independencia. Fue bando municipal emitido desde la nalga soberana. Fue el momento exacto en que el contratista independiente recordó que, aunque todo se lo hubieran rentado al cliente por fantasía corporativa, todavía quedaba una persona sentada frente al volante.

Les dije, en esencia y con la elegancia disponible: no puedo usar la cajuela por si ustedes deciden aparecer con maletas. No puedo usar el piso por si se sube una bola de cabrones todos ensimados. Ni siquiera sé a dónde voy hasta que el viaje ya arrancó. ¿Y todavía quieren que me gaste lo poquito que gano en comida de la calle para no incomodar sus fosas nasales de princesa de outlet?

Cancelé el viaje. Aventé la bolsa por la ventana. Y las dos se bajaron con ese trotecito entre ofendido y cucarachesco que ejecuta cierta gente cuando descubre que el chofer también es un mamífero. Bonita experiencia premium. Cinco estrellas para el capitalismo nasal.

Ahí debió terminar todo. Ahí debí haber entregado el gafete invisible, desinstalado la aplicación, lavado el coche con ruda y agua bendita, y convocado a una misa de reparación para la cajuela. Pero el ser humano jodido tiene una característica trágica: no siempre abandona la trampa cuando la reconoce. A veces se queda tantito más para ver si la trampa, ya conociéndolo, se porta mejor.

Spoiler municipal: la trampa no se porta mejor.

Bonos de utilería y otros milagros con fecha de caducidad

Al principio había premios. Claro. La trampa siempre entra peinadita. Nadie llega diciendo: “buenas tardes, venimos a desgastarle el cuerpo, depreciarle el carro, aislarlo fiscalmente, someterlo al humor de desconocidos y luego explicarle por teléfono que todo es culpa de la demanda.” No. La trampa llega con bonos. Con metas. Con frases alegres. Con pantallitas donde parece que la vida se puede corregir con suficientes viajes.

Haz ciertos viajes y te damos tanto. Aguanta más horas y te damos un bono. Deshidrátate con disciplina y te premiamos la obediencia. Sobrevive a base de glucosa improvisada y ya casi eres socio.

Yo le seguí. Porque uno piensa: “Aguanto un poco más, saco algo y ya.” Esa frase debería estar prohibida por la Secretaría de Salud Espiritual. “Aguanto un poco más” ha destruido más cuerpos que muchos vicios. Es la frase del obrero que se queda, del hijo que no se va, del empleado que acepta, del chofer que sigue, del familiar que perdona sin reparación, del ciudadano que cree que la próxima vuelta ya no va a doler.

Y al poco tiempo, pum, se secó la fuente de premios. No fue tragedia épica. No cayó un rayo sobre el celular. No apareció un mensaje honesto diciendo: “Estimado proveedor de desgaste, ya le sacamos lo que necesitábamos y ahora pasamos a la siguiente etapa de exprimirlo con menos azúcar.” No. Simplemente desaparecieron los premios con esa naturalidad con que desaparecen los funcionarios después de campaña.

Llamé a Soporte, ese cementerio telefónico donde no viven respuestas, nomás excusas con audífonos. Me dijeron que los premios sólo aplicaban durante una etapa inicial, pero que si le seguía echando ganas, luego regresaban. Ajá. Y mi abuela va a salir mañana como astronauta honoraria del municipio.

Seguí otro rato. Nunca volvió un solo premio. Cada llamada traía una mentira nueva, bien planchadita. Que era la temporada. Que la demanda. Que la lluvia. Que la zona. Que el algoritmo. Que ya ganaba mucho. Mucho, decían. Mucho: lo suficiente para gasolina, coraje y un chicle deprimido.

Lo más ofensivo no era la mentira en sí. Uno en México aprende a convivir con la mentira desde temprano. La mentira institucional es parte del paisaje, como el bache que ya tiene nombre o el poste que lleva diez años inclinado y todos saludan. Lo ofensivo era el tono. Esa manera de hablarte como si fueras niño que no entiende, como si tu cuerpo no contara, como si tus horas fueran aire, como si tu coche no se estuviera convirtiendo en molcajete con llantas.

Luego vino la palabra mágica del tecnocretinismo contemporáneo: actualización. Cada vez que una empresa te dice “actualización,” agárrate la cartera y los órganos internos. Porque actualización quiere decir que algo empeoró, pero quieren que lo agradezcas. Antes te quitaban algo y por lo menos tenían la decencia de hacerlo con bigote de villano. Ahora te lo quitan con diseño limpio, correo amable y tres párrafos sobre mejorar tu experiencia.

“Estamos actualizando la manera en que ganas.” Traducción: vas a ganar menos. “Estamos optimizando la plataforma.” Traducción: vas a trabajar más para entender por qué pierdes. “Estamos escuchando a nuestros socios conductores.” Traducción: instalamos un buzón sin fondo atrás del edificio. “Gracias por formar parte de nuestra comunidad.” Traducción: ni se te ocurra pedir derechos.

Oficio corporal emitido por la Dirección General de Refacciones Humanas

Un día me di cuenta de que el cuerpo ya no estaba cooperando igual. No era una cosa dramática de película. No hubo violines. No hubo doctor con bata iluminado por una ventana. No hubo música triste de hospital privado ni enfermera pronunciando mi nombre con voz de final de temporada. Fue más vulgar. Más administrativo. Más de banqueta.

El cuerpo empezó a mandar oficios. Un aviso por aquí. Un temblorcito por allá. Un cansancio raro. Una sed que parecía notificación push. Un humor de perro municipal. Una sensación de que por dentro alguien había instalado una oficina de cobranza.

Y el cuerpo, que durante años se había portado como empleado silencioso, empezó a hacer lo que hacen los empleados silenciosos cuando ya no pueden más: dejó de resolver sin quejarse. Porque uno cree que el cuerpo es propiedad privada, como el coche ya pagado. Cree que lo puede usar, exprimir, desvelar, malcomer, sentar horas, asustar con tráfico, bañar en coraje, mantener a pan, frijol y agua tibia, y que el cuerpo va a seguir firmando asistencia.

Pero el cuerpo no es esclavo. El cuerpo es municipio. Y cuando el municipio se queda sin presupuesto, primero se funden las lámparas, luego se tapa el drenaje, luego aparece un caballo cansado en la presidencia y finalmente alguien tiene que admitir que no se puede inaugurar otra glorieta si el sistema de agua ya está aventando lodo.

Fui a revisar el asunto pensando que era una tontería pasajera, una gripa de carretera, un cansancio cualquiera, una falla menor en la maquinaria. Uno todavía va con esa esperanza ridícula de que le digan: “no tiene nada, nomás descanse.” Pero no. La maquinaria traía protesta sindical. El cuerpo había abierto expediente. Y el expediente decía, en términos no técnicos pero bastante claros: “Deja de vivir a pan, frijol, tráfico y coraje, animal.”

Yo no necesitaba una segunda opinión. Necesitaba un exorcista contable. Porque no era solamente una enfermedad como etiqueta, ni un susto aislado, ni un episodio sin contexto. Era una auditoría. Una inspección interna. Un reporte de daños emitido por la Dirección General de Refacciones Humanas. El cuerpo, ese burro noble que uno carga con todo, había volteado por fin la cabeza y me había mirado como diciendo: “¿Sí sabes que yo también soy parte del equipo, verdad, bruto?”

Y el dictamen moral era sencillo: la aplicación no sólo estaba usando mi carro. También estaba usando mi cuerpo como flotilla secundaria.

Eso es lo que nadie pone en el comercial. En el comercial aparece el dinero entrando, no el cuerpo saliendo. Aparece la sonrisa, no la inflamación del ánimo. Aparece la libertad, no la espalda tiesa. Aparece el horario flexible, no la comida fría tragada entre viajes. Aparece el señor feliz con su coche limpio, no la parte donde ya odia al 85 por ciento de la humanidad y empieza a sospechar que cada pasajero trae escondido un pequeño inspector de tormento.

La plataforma no te roba de un jalón. Te cobra en mensualidades invisibles. Un poquito de sueño. Un poquito de paciencia. Un poquito de lámina. Un poquito de estómago. Un poquito de fe. Un poquito de ganas de saludar. Un poquito de humanidad. Y cuando volteas, ya estás financiando con tu cuerpo la comodidad de gente que ni siquiera sabe cerrar la puerta sin aventarla como portón de corral.

La pedagogía del impacto y el automóvil convertido en documento probatorio

Todavía seguí un rato más, porque el jodido no siempre abandona a tiempo. A veces primero intenta entender por qué lo están fregando con tanto profesionalismo. A veces cree que si aprende mejor la trampa, la trampa va a doler menos. A veces confunde resistencia con inteligencia, cuando muchas veces resistencia nomás es el nombre elegante de no haber encontrado todavía la salida.

Pero luego llegó el acto final: un viaje largo, una carretera cansada y un pasajero de esos que se sube como si el destino ya estuviera garantizado por Dios, la app y el aire acondicionado. De esos que no ven al chofer como persona, sino como parte del tablero. Como si uno fuera una extensión del volante, una función del mapa, un componente reemplazable entre la bocina y la palanca.

Yo iba manejando con toda la prudencia posible, que es esa ciencia triste de manejar bien entre pendejos ajenos. Porque manejar no es solamente manejar. Manejar es adivinar la estupidez de los demás con tres segundos de anticipación. Es leer direccionales falsas, frenones emocionales, cambios de carril con crisis de identidad, trailers que respiran como animales mitológicos y camionetas que creen que el asfalto les fue heredado por testamento.

Y de repente, por una de esas maniobras que sólo pueden nacer del matrimonio entre la estupidez y el pavimento, un vehículo grande decidió que mi carril también era suyo. Zas. Golpe. Lámina. Ruido. Silencio. El carro quedó convertido en documento probatorio del fracaso nacional.

No era solamente un choque. Era la materialización física de todo lo que venía pasando en silencio. La deuda invisible se volvió lámina doblada. La paciencia se volvió ruido. La explotación se volvió esquina arrugada. El optimismo se volvió pieza suelta. El comercial bonito se volvió olor a accidente.

Los pasajeros vieron el desmadre. Vieron mi cara. Vieron la escena. Vieron que aquello ya no era movilidad, sino arqueología de aseguradora. Vieron que el coche que los llevaba, ese espacio que durante el viaje habían ocupado como si fuera un derecho natural, era también el patrimonio de alguien. Vieron que el chofer no era una función de la app, sino un cuerpo sentado dentro de un golpe.

Y se fueron. Ni gracias. Ni joven, qué mala suerte. Ni aquí le dejamos aunque sea para un refresco espiritual. Nada. Se fueron con esa elegancia humana de primer nivel que tiene cierta gente cuando el problema ya no cabe dentro de su calificación de usuario. Como funcionarios jubilados abandonando una ventanilla después de firmar que no vieron nada. Como parientes que comieron en la fiesta, criticaron el mole y desaparecieron cuando tocó recoger las sillas. Como testigos del rancho que de pronto se acuerdan de que tienen una vuelta urgentísima justo cuando hay que decir la verdad.

Y ahí quedó uno, con el coche lastimado, el cuerpo cansado, el día roto y la claridad entrando por la puerta más cara. Porque hay aprendizajes que no llegan como consejo. Llegan como madrazo.

La honorable clientela y su fuga con permiso moral

Aquí conviene levantar una pequeña acta sobre el cliente moderno, no para generalizar con irresponsabilidad, sino para dejar constancia de un fenómeno observado por la Comisión de Zopilotes en Transporte Aplicado.

El cliente moderno ha sido educado por las aplicaciones para creer que todo servicio humano es una extensión de su dedo. Pide comida y aparece una moto. Pide carro y aparece una persona con carro. Pide entrega y aparece un cuerpo mojándose en la lluvia. Pide rapidez y alguien más absorbe el riesgo. Pide comodidad y alguien más paga con rodillas, gasolina, llantas, tiempo, presión arterial y trato de ventanilla.

Pero como todo llega envuelto en interfaz bonita, el daño se vuelve invisible. Nadie ve al repartidor como persona si el mapa lo muestra como puntito. Nadie ve al chofer como trabajador si la pantalla lo presenta como opción. Nadie ve el cansancio si la app dice “tu conductor está llegando.” Nadie ve la precariedad si el botón dice “confirmar.”

Y entonces pasa lo que pasó. Mientras el servicio funciona, el cliente se siente rey. Cuando el servicio se rompe, el cliente se siente ajeno. Si el carro está limpio, qué bueno. Si el chofer trae agua, qué conveniente. Si el aire está perfecto, correcto. Si el chofer habla poco, excelente. Si habla mucho, molesta. Si trae comida, huele. Si no trae comida, pues que se aguante. Si se accidenta, qué pena, pero yo ya me voy porque tengo cosas que hacer.

No se trata de pedir que el pasajero se convierta en santo patrono del conductor. Nadie está solicitando canonización en carretera. Pero hay un mínimo humano que se supone que venía incluido antes de que todo se volviera plataforma. Un mínimo de “¿estás bien?” Un mínimo de “qué mala onda.” Un mínimo de no desaparecer como gallina cuando prenden la luz del corral.

Ese mínimo, al parecer, también fue subcontratado.

Resolución administrativa del alma contra el molino con logotipo amigable

Y ahí entendí todo. No en teoría. No en discurso. No en hilo de internet. No en video de análisis económico donde un muchacho con barba explica la gig economy como si acabara de descubrir el atole. Lo entendí en lámina, en cuerpo, en hambre, en frijol, en llamada de soporte, en pasajero ido, en bono desaparecido, en cajuela expropiada, en nalga soberana sitiada por el mercado.

Uber no te vende trabajo. Te vende la ilusión de que todavía controlas la forma en que te van a desgastar.

Te dice sé tu propio jefe, pero el cliente manda. Te dice trabaja cuando quieras, pero el algoritmo aprieta. Te dice genera ingresos, pero te cobra con hambre. Te dice flexibilidad, pero te expropia hasta el olor del sándwich. Te dice oportunidad, pero la factura te llega en sueño, lámina, nervio, estómago, humor y refacciones.

No era plataforma. Era molino. No era independencia. Era outsourcing corporal. No era movilidad. Era un mecanismo de trituración con logotipo amigable.

Y esa es la genialidad cruel de estos sistemas: logran que uno ponga la herramienta, el riesgo, el desgaste, el tiempo, el cuerpo, la cara, la paciencia y hasta el olor del frijol, mientras ellos ponen la palabra “oportunidad” y un botón bonito. Si sale bien, la plataforma presume innovación. Si sale mal, tú eres independiente. Si el cliente se queja, tú respondes. Si el coche se gasta, tú reparas. Si el cuerpo protesta, tú faltaste a tus hábitos saludables. Si los bonos desaparecen, tú no entendiste los términos. Si chocas, tú ves cómo le haces.

Es una misa negra con diseño de experiencia de usuario.

Y lo peor no es que te exploten. Lo peor es que te pidan que agradezcas la flexibilidad de escoger en qué horario te van a exprimir. Como si el problema del limón no fuera ser exprimido, sino no haber elegido el vaso.

Notificación parroquial para conductores, burros, cuerpos y demás propiedades no reconocidas

Se avisa a la comunidad, por medio del presente boletín semiparroquial y parcialmente automotriz, que ningún cuerpo humano deberá ser confundido con flotilla de respaldo, ni ningún coche pagado deberá ser reclasificado como capilla móvil de caprichos ajenos sin previa consulta con la nalga propietaria.

Se informa también que el frijol, alimento noble y republicano, queda absuelto de todo cargo aromático presentado por personas cuya nariz ha sido entrenada en pasillos de tienda departamental y no en cocinas donde la olla sí trabaja. Cualquier queja contra el frijol deberá presentarse por triplicado ante la Mesa de Alimentos que Sí Sostienen al Pueblo, acompañada de una prueba de humanidad básica y una constancia de haber dicho “buenos días” sin sonar como gerente.

Se recuerda a los usuarios de plataformas que el chofer no es parte del algoritmo, aunque el algoritmo lo trate como pieza. El chofer no viene instalado de fábrica en el mapa. El chofer no es un accesorio del aire acondicionado. El chofer no es el santo invisible que aparece cuando uno anda tarde porque se tardó escogiendo tenis. El chofer tiene cuerpo, hambre, gastos, sueño, historial, coraje, límites y una vida que existía antes de que usted solicitara el viaje.

Se hace saber, además, que cuando un carro se estrella, se golpea, se arruga o queda convertido en escultura involuntaria del neoliberalismo de banqueta, lo mínimo es no evaporarse como funcionario menor durante auditoría. No se pide que el pasajero repare el mundo. Pero tampoco que se vaya caminando con cara de “qué inconveniente tan incómodo le sucedió al mueble que me transportaba.”

Finalmente, se exhorta a toda persona tentada por el canto de sirena de la liquidez inmediata a revisar no sólo cuánto puede ganar, sino qué parte de su vida está aceptando poner en garantía. Porque el dinero que llega rápido a veces trae escondido un recibo más largo. Y ese recibo no siempre viene en pesos. A veces viene en cuerpo. A veces viene en humor. A veces viene en coche. A veces viene en esa mirada que uno se echa en el espejo cuando se da cuenta de que ya no está trabajando para salir del hoyo, sino cavando con más eficiencia.

Cierre técnico emitido por la Dirección General de Ya Estuvo Suave

Por eso, cuando finalmente mandé todo a la chingada, no fue un berrinche. Fue una resolución administrativa del alma. Fue un cierre técnico. Fue un dictamen emitido por la Dirección General de Ya Estuvo Suave.

No hubo banda. No hubo ceremonia. No hubo reconocimiento por participación. No llegó la plataforma a decir “gracias por haber puesto su coche, su tiempo, su paciencia, su hambre, su espalda, su sistema nervioso y una parte mediana de su fe en la humanidad al servicio de nuestra expansión corporativa.” No mandaron placa. No mandaron arreglo floral. No mandaron ni un cupón para agua.

Nomás quedó la claridad. Esa claridad fea pero útil que llega cuando uno deja de confundir movimiento con avance. Porque yo me moví mucho. Di vueltas, recogí gente, dejé gente, crucé calles, esperé notificaciones, seguí rutas, contesté soporte, perseguí bonos, defendí sándwiches, cargué silencios, aguanté olores, oí quejas, obedecí mapas, cuidé el carro y terminé viendo cómo todo ese movimiento no necesariamente me estaba llevando a ningún lado mejor.

A veces el progreso trae uniforme de aplicación. A veces la explotación trae interfaz limpia. A veces la independencia viene con términos y condiciones que nadie lee porque tiene hambre. A veces el burro no está en la plaza, sino en el asiento del conductor, creyendo que por fin lo soltaron, cuando en realidad nomás le cambiaron el mecate por uno invisible y le dijeron que ahora era socio.

Y uno podrá ser muchas cosas, pero tampoco hay que pasarse de ceremonial.

Así que el expediente quedó redactado, sellado y moralmente notificado en los siguientes términos: a chingar a su madre Uber con todo y sus clientes.

Breve. Claro. Sin necesidad de actualización posterior.


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