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Papas con Caminata Incluida, o la Santa Pluma Que Convirtió al Conductor en Peregrino

Joaquín Murrieta

Joaquín Murrieta

Cronista de ZacoalcoNet. Nació en East Hollywood, hizo sus primeras andanzas entre East LA y Commerce, y hoy levanta actas no autorizadas desde Zacoalco

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ZacoalcoNet Presenta: El Autoservicio con Caminata Incluida, o la Santa Pluma Que Convirtió al Conductor en Peregrino

Hay momentos en la vida pública de una ciudad en que uno no sabe si está presenciando una obra de modernización, una puesta en escena para visita distinguida, una penitencia urbana autorizada por el comité de estacionamientos, o simplemente otro episodio de esa telenovela nacional donde México se pone camisa limpia, se peina con agua, se echa loción barata y luego se tropieza con la misma cubeta que dejó en la entrada desde 1997.

No es que uno quiera andar de negativo. Al contrario. Uno quiere creer. Uno quiere ver pavimento nuevo y decir: mira, qué bonito, ahora sí. Uno quiere ver lámparas modernas, fachadas alineadas, locales con vidrio, jardineras todavía verdes, letras elegantes, arquitectura color arena, y sentir que por fin la ciudad entendió algo. Que alguien, en una oficina con aire acondicionado, con café de cápsula y una carpeta titulada “Experiencia del Usuario”, pensó el recorrido completo de una persona real, con carro real, hambre real, billete real, prisa real y una tolerancia real que no debería ponerse a prueba antes de que se enfríen las papas.

Pero México, cuando se arregla para la foto, no siempre arregla el problema. Muchas veces lo peina. Le pone una barrera. Le instala una máquina. Le cobra. Le pone un letrero en inglés. Lo ilumina desde abajo. Y luego deja al ciudadano, al cliente, al conductor, al cristiano de a pie y de llanta, resolviendo con su cuerpo la parte del pensamiento que el sistema decidió no terminar.

Así fue levantada esta acta. No con odio, sino con una mezcla de asombro, hambre, cansancio, olor a papa triste y una duda nacional que merece archivo: ¿en qué momento el autoservicio se convirtió en caminata?

I. Acta de apertura: cuando la ciudad se maquilla porque viene visita

Guadalajara, como toda ciudad mexicana que de pronto se acuerda de que el mundo podría verla aunque sea por accidente, entra en una fase muy delicada de su personalidad. No se transforma exactamente. Se retoca. No siempre se planea. Se acomoda para que desde cierto ángulo parezca planeada. No necesariamente corrige. A veces solamente tapa, pinta, pule, acomoda, barre hacia un lado y reza para que la visita internacional no se asome detrás de la lona.

Y como el Mundial viene con su aparato de cámaras, turismo, logística, funcionarios nerviosos, comerciantes emocionados y discursos donde todos dicen “estamos listos” con una seguridad que no aguanta una vuelta a la cuadra, la ciudad comienza a mostrar los síntomas clásicos de la fiebre mundialista: banquetas que de pronto reciben atención como si hubieran entrado a terapia de pareja con el municipio, camellones peinados con desesperación, fachadas recién pintadas, locales que ayer parecían bodega de refacciones y hoy se sienten sucursal de alguna economía superior.

En esa etapa, el concreto se vuelve cosmético. La banqueta se vuelve maquillaje. La lámpara se vuelve argumento. La pluma de estacionamiento se vuelve símbolo de orden. Y el letrero en inglés, aunque nadie sepa exactamente qué está prometiendo, sirve como certificado emocional de modernidad.

La ciudad dice: “Miren, ya somos internacionales.” Pero debajo de la pintura todavía vive el mismo animal administrativo, el mismo zopilote con gafete, la misma lógica de ventanilla donde el ciudadano termina haciendo fila para corregir el error del escritorio.

No se trata de negar el avance. Qué bueno que se pinte. Qué bueno que se arregle. Qué bueno que los espacios comerciales ya no se vean como terreno baldío con ilusión de estacionamiento. Pero una ciudad no se vuelve funcional porque instaló focos cálidos. Una ciudad no se vuelve pensada porque puso una barrera automática. Un complejo no se vuelve moderno porque cobra estacionamiento con una máquina que se siente europea desde lejos, pero que de cerca tiene el carácter de una señora de tesorería que se fue a comer y dejó la ventanilla cerrada.

La modernidad no está en el aparato. Está en que el aparato no obligue al usuario a convertirse en asistente no pagado del aparato.

II. López Mateos Sur y el corredor ejecutivo de la ilusión pavimentada

Saliendo por López Mateos Sur empieza esa franja donde la ciudad se mira en el espejo y se dice: “Sí, yo también puedo parecer zona financiera si me pongo tantito beige.” Aparecen los complejos nuevos, semi-nuevos, recién retocados, con nombres en inglés, letras sobrias, vidrios serios, estacionamientos controlados, banquetas que no caminan pero sí presumen, y fachadas que comunican una cosa muy clara: aquí todo cuesta más porque alguien alineó el concreto.

Son espacios que no dicen “bienvenido” sino “usted está entrando a una administración con pretensiones”. Tienen locales donde el café parece cobrar renta aparte, consultorios donde la recepción se siente más cara que el tratamiento, tiendas donde el aire acondicionado ya trae comisión, y restaurantes que no se conforman con vender comida: venden la sensación de que usted acaba de estacionarse en un pedacito de futuro.

Y uno, porque todavía no aprende, se emociona. Piensa que tal vez ahora sí. Tal vez este nuevo complejo fue diseñado con lógica. Tal vez el acceso está pensado. Tal vez la salida se resuelve donde debe resolverse. Tal vez si hay pluma, hay sistema. Tal vez si hay boleto, hay validación. Tal vez si hay máquina, acepta tarjeta. Tal vez si el letrero dice que el automóvil es rey, el automóvil no tendrá que abdicar en medio del trámite.

Pero ese pensamiento dura poco, porque el país tiene una capacidad extraordinaria para producir contradicciones tan perfectas que parecen diseñadas por un comité de sátira urbana contratado por la Virgen de Talpa para poner a prueba nuestra paciencia.

Ahí aparece el letrero: AUTO KING.

No “Auto más o menos”. No “Auto sujeto a condiciones”. No “Auto con restricciones peatonales”. No “Auto siempre y cuando usted esté dispuesto a bajarse, caminar, buscar kiosco, pedir cambio y reconsiderar su relación con la infraestructura nacional”. No. AUTO KING. El rey del auto. El monarca de la movilidad. El soberano de la llanta. El emperador del volante.

Y sin embargo, debajo de esa promesa con corona, el sistema ya estaba preparando el golpe de Estado.

III. Decreto oficial de la coronita hamburguesera y su promesa vehicular

La cadena de la coronita hamburguesera, cuyo nombre completo no hace falta pronunciar porque la corona ya se reconoce sola como santo patrono del antojo con papas, ofrece un servicio que históricamente ha sido entendido por el público como autoservicio. La palabra no es adorno. La palabra trae contrato moral. Auto. Servicio.

Eso significa, según la lógica común, que uno no se baja. Uno llega en carro, pide por una bocina que a veces entiende “combo” como “¿cómo?”, avanza, paga, recibe la bolsa, revisa si pusieron las servilletas, acepta que no, y se retira a vivir su vida con el estómago negociando con la conciencia. Ese es el trato. Nadie entra al autoservicio esperando una experiencia senderista. Nadie pide una hamburguesa pensando que también compró una caminata administrativa. Nadie ve el carril y dice: “Qué bueno, ojalá al final haya que estacionarse para completar un ritual de pago en efectivo.”

El autoservicio existe para evitar entrar. No por desprecio al local, sino porque a veces uno no quiere bajar del coche. Puede traer prisa. Puede traer sueño. Puede traer niños. Puede traer flojera legítima, de esa que no debería criminalizarse en una república con tantos pendientes más graves. Puede traer ropa de mandado, cara de sábado, chanclas de emergencia, dignidad limitada, o simplemente el deseo humano de recibir una hamburguesa sin participar en la vida interior del centro comercial.

Por eso el sistema vehicular tiene sentido. Es una promesa pequeña, pero importante: usted no será obligado a convertirse en peatón para comprar algo que se le ofreció desde el coche.

Pero entonces llega la arquitectura mexicana de la contradicción y dice: “Ahorita vas a ver.”

Porque el ciudadano entra al autoservicio, pide, avanza, paga, recibe su comida y, en teoría, debería salir. El ciclo está completo. La relación comercial concluyó. La hamburguesa ya fue entregada. La bebida ya está sudando. Las papas ya iniciaron esa curva descendente donde cada segundo las aleja de la gloria y las acerca al dictamen pericial.

Y entonces aparece la pluma.

IV. La Santa Pluma de Estacionamiento y el cobro por no haberse estacionado

La pluma no aparece como objeto. Aparece como autoridad. Es un brazo mecánico con complejo de aduana, un policía horizontal del capitalismo tapatío, una ceja de plástico que se levanta solamente cuando el sistema decide que usted merece seguir viviendo. Está ahí, atravesada, elegante en su soberbia, recordándole al ciudadano que una cosa es comprar comida y otra muy distinta salir del complejo sin ser procesado por la liturgia del estacionamiento.

El primer golpe no es económico. Es filosófico.

Porque uno no se estacionó. No entró al local. No dejó el carro en un cajón mientras caminaba por tiendas. No fue al consultorio dental. No buscó cortinas. No se tomó un café de esos que vienen con espuma y culpa financiera. No fue a preguntar por un local disponible. No se metió a una farmacia. No se sentó en una terraza a fingir que la vida está bajo control. No. Uno usó el autoservicio.

Y sin embargo, el sistema lo trata como estacionado.

Aquí empieza el deterioro de la lógica. Porque el cobro por estacionamiento presupone una acción: estacionarse. Si no hubo estacionamiento, el cobro empieza a parecer una especie de impuesto espiritual por haber existido dentro del perímetro. Una cuota de tránsito emocional. Una cooperación voluntariamente obligatoria para sostener el ecosistema de plumas, casetas, boletos, sellitos y máquinas que nadie revisó desde el punto de vista del hambre.

Y uno podría decir: bueno, está bien, pago y me voy. Tampoco vamos a declarar independencia municipal por unos pesos. Pero el problema no es solamente el cobro. El problema es que el sistema ni siquiera permite resolverlo ahí mismo, donde está el coche, donde está la salida, donde está la barrera, donde está el asunto. No. La pluma no está para solucionar. Está para anunciar que el problema existe y que usted debe ir a buscarlo en otro lado.

La pluma no cobra. La pluma señala. Como dedo de tía en reunión familiar: “Allá está el kiosco.”

Y ahí se acaba la modernidad.

V. Para pagar por no estacionarse, favor de estacionarse

El ciudadano queda entonces en una situación que debería estudiarse en universidades, seminarios de urbanismo, juntas de condóminos, cursos prematrimoniales y reuniones de protección civil: para pagar el estacionamiento que le cobran por no haberse estacionado, quizá tiene que estacionarse.

No es un chiste. Es una estructura.

Primero, el sistema inventa una condición: usted parece estacionado. Luego, para salir de esa condición falsa, lo obliga a crear la condición real: ahora sí estaciónese para poder pagar lo que le cobramos como si ya lo hubiera hecho. Es una trampa conceptual tan redonda que hasta da coraje admirarla. Uno casi espera que salga un maestro de ceremonias con micrófono diciendo: “Damas y caballeros, con ustedes, la modernización mexicana en su número más fino.”

Porque ahí el autoservicio deja de ser autoservicio y se convierte en viacrucis con bolsa de comida. El conductor se transforma en peregrino. El carro, antes trono del Auto King, queda abandonado como burro amarrado afuera de la presidencia municipal. La hamburguesa espera. Las papas se apagan. El refresco se diluye. Y el ciudadano, que hace unos minutos era cliente, ahora es gestor de su propia salida.

Este es uno de los grandes talentos nacionales: convertir al usuario en empleado temporal del sistema que acaba de fallarle.

No basta con que usted pague. Tiene que descubrir dónde. No basta con que tenga boleto. Tiene que caminarlo. No basta con que el sistema exista. Usted tiene que completarlo con su tiempo, su cuerpo y su paciencia. El diseño deja huecos, y el ciudadano los rellena con suela.

Y entonces camina. Camina porque eligió autoservicio. Camina porque la ciudad se modernizó. Camina porque alguien instaló una pluma sin preguntarse si el carril de autoservicio necesitaba salida directa, validación automática o por lo menos una máquina que entendiera que los humanos que compran comida caliente no siempre quieren participar en una búsqueda del tesoro.

Camina, además, bajo la humillación íntima de saber que el sistema ganó. El autoservicio lo bajó del coche. El Auto King lo hizo súbdito.

VI. El kiosco: ventanilla del futuro con corazón de tesorería vieja

Llegando al kiosco, uno esperaría cierta recompensa. Ya caminó. Ya obedeció. Ya aceptó que el país no se va a arreglar en esta tarde. Ya cargó con el boleto como quien lleva un documento para que se lo sellen en una oficina donde nadie sabe quién tiene la llave del sello. Lo mínimo sería que la máquina, orgullosa de su presencia moderna, recibiera tarjeta, celular, transferencia, código, mirada triste o alguna forma contemporánea de pago.

Pero no.

El kiosco quiere efectivo.

Y aquí no estamos hablando de efectivo como concepto abstracto. No. Estamos hablando de efectivo mexicano físico, de billete con historia, de billete doblado, sudado, arrugado, que ha vivido en bolsas de mandado, carteras de señor, cajones de tienda, bolsillos de pantalón de mezclilla, monederos con estampita, guanteras calientes y cajas registradoras donde todavía huele a recibo térmico y chicle de canela.

El kiosco quiere ese billete. Pero tampoco lo quiere mucho. Lo quiere como algunas familias quieren la verdad: solamente si viene sin arrugas, sin dobleces, sin manchas, sin memoria y sin exigir conversación. Uno mete el billete. La máquina lo escupe. Uno lo alisa contra la pierna. La máquina lo escupe. Uno lo voltea. La máquina lo escupe. Uno le sopla, como si fuera cartucho de Nintendo o documento bendito. La máquina lo escupe.

En ese momento, el ciudadano ya no está pagando. Está negociando con una bestia de plástico que no acepta la realidad monetaria del país donde fue instalada. Es una máquina que exige efectivo mexicano en México, pero se ofende cuando el billete mexicano se comporta como billete mexicano. Quiere dinero de vitrina, dinero recién bautizado, dinero sin trauma, dinero que no haya pasado por una tiendita, por un mercado, por una bolsa con tortillas, por una tarde de calor o por la vida.

Y mientras eso ocurre, las papas siguen perdiendo su alma. La hamburguesa, envuelta allá en el coche, se convierte lentamente en documento tibio. El refresco suda como funcionario en auditoría. El queso se resigna. La lechuga se pregunta en qué momento su carrera terminó dentro de una metáfora nacional.

El ciudadano no está molesto por unos pesos. Está molesto porque todo el sistema parece diseñado para recordarle que su tiempo no importa, su comida no importa, su lógica no importa, y su función principal dentro del complejo es adaptarse a lo que nadie quiso pensar.

VII. La petición de cambio y el regreso al lugar del que uno quiso evitar entrar

Y entonces aparece la posibilidad más mexicana de todas: pedir cambio.

Pero pedir cambio no es un simple acto financiero. En este contexto, pedir cambio se vuelve escena de teatro municipal. Porque el ciudadano tendría que regresar caminando al restaurante, ese mismo restaurante al que no quiso entrar, porque precisamente por eso eligió el autoservicio. Tendría que acercarse al mostrador con su boleto, su billete rechazado, su cara de trámite y su dignidad hecha acordeón, para explicar una situación que parece inventada por un tío después de dos cervezas pero que está ocurriendo de verdad.

“Disculpe, ¿me puede cambiar este billete? Es que necesito pagar el estacionamiento que me están cobrando por haber usado el autoservicio sin estacionarme, pero como para pagar el estacionamiento tuve que estacionarme, ahora necesito efectivo más bonito porque la máquina no quiere este.”

No hay manera de decir eso sin que se caiga tantita la República.

Y el empleado, que probablemente no tiene la culpa de nada, porque él también es rehén de sistemas hechos lejos de su salario, mira al ciudadano con esa mezcla de pena, costumbre y “sí, ya nos ha pasado”. Porque en México muchas veces la tragedia no sorprende a quienes trabajan ahí. La tragedia ya tiene protocolo informal. La gente del mostrador ya sabe. El guardia ya sabe. El de mantenimiento ya sabe. La señora que barre ya sabe. El que no sabe es el sistema, porque el sistema no pregunta. El sistema cobra.

Así, la ruta del autoservicio queda oficialmente ampliada: entrar en coche, pedir, pagar, recibir comida, avanzar, ser detenido por pluma, buscar kiosco, estacionarse, bajarse, caminar, descubrir que solo acepta efectivo, pelear con el billete, volver a pedir cambio, regresar al kiosco, pagar, volver al carro, salir, comer papas con espíritu de archivo muerto.

A eso, según la nueva doctrina de movilidad mixta, todavía le llaman conveniencia.

VIII. Comité Municipal para la Defensa del Concepto “Auto”

ZacoalcoNet, en ejercicio de sus facultades no otorgadas por nadie pero sostenidas por la indignación documentada, propone la creación urgente del Comité Municipal para la Defensa del Concepto “Auto”, con sede provisional en una banca de la plaza, dos sillas equipales, una mesa coja, un termo de café recalentado y un sello que diga “REVISAR ANTES DE COBRAR”.

El primer dictamen del comité es sencillo: si un servicio se llama autoservicio, la persona no debe ser obligada a bajarse del auto para completar el servicio.

Parece obvio, pero en este país lo obvio necesita membrete, acta, tres firmas, copia simple, copia certificada, oficio de seguimiento y un señor con lentes diciendo “vamos a revisar el caso”. Porque cuando las cosas elementales no se escriben con solemnidad, alguien las interpreta como sugerencia.

El comité también declara que una pluma de estacionamiento no puede ser considerada progreso si su función principal es introducir un obstáculo que antes no existía. Control no es funcionamiento. Cobro no es planeación. Boleto no es sistema. Máquina no es modernidad. Y una barrera que convierte un recorrido simple en trámite no está ordenando la ciudad; está maquillando la torpeza con plástico.

La ciudad moderna no es la que más barreras instala, sino la que menos explicaciones necesita para funcionar. Si usted tiene que explicar cinco veces dónde se paga, por qué se paga, por qué no se puede pagar ahí, por qué la máquina no acepta tarjeta, por qué el billete no pasa y por qué el cliente del autoservicio terminó caminando, entonces no hay sistema: hay escenografía con cuota.

Y aquí es donde el asunto deja de ser hamburguesa. Porque la hamburguesa es apenas la hostia secular del rito. La verdadera misa es la del diseño mal pensado. El evangelio según la pluma dice: “El usuario completará lo que el sistema dejó inconcluso.” Y todos responden: “Te rogamos, óyenos.”

IX. La misa de doce para la papa fría y otros sacramentos urbanos

En Zacoalco, si esto ocurriera junto a la plaza, ya habría una señora explicándolo mejor que cualquier consultor. Diría: “No, pues está muy bonito, pero no sirve.” Y con esa frase quedaría clausurada la conferencia internacional de urbanismo.

Porque el pueblo entiende algo que muchos desarrollos nuevos olvidan: lo bonito que no sirve se vuelve burla. La fachada que no funciona se vuelve chisme. La lámpara elegante que ilumina un proceso absurdo se vuelve reflector de la tontería. El complejo que presume modernidad pero obliga al cliente a caminar para salir del autoservicio no está fallando en un detalle; está revelando su alma.

Y qué alma tan mexicana, tan nuestra, tan de “ahí luego vemos”, tan de “pues que se bajen”, tan de “al cabo no pasa nada”, tan de “así lo pusieron”, tan de “el sistema es así”, tan de “vaya al kiosco”, tan de “solo efectivo”, tan de “no agarra ese billete”, tan de “pida cambio allá”.

Cada frase parece pequeña, pero juntas forman una catedral de resignación. Una catedral donde el ciudadano entra manejando y sale con ganas de poner una queja en pergamino.

La papa fría, entonces, se vuelve evidencia. No es solo comida enfriada. Es prueba material de que el tiempo del usuario fue tratado como relleno. Cada papa que pierde crujido durante la caminata administrativa es una declaración testimonial. Cada gota de sudor en el vaso es un peritaje. Cada mordida tibia dice: “Aquí hubo un sistema que no pensó.”

Y uno podría burlarse, sí. De hecho, hay que burlarse, porque si no nos burlamos nos convertimos en comité vecinal sin café. Pero debajo de la risa queda el daño pequeño, repetido, cotidiano, acumulado. No el daño espectacular de portada roja. El otro. El daño de vivir en lugares donde las cosas se medio hacen, medio sirven, medio cobran, medio explican, medio funcionan, y siempre terminan descargando la falla sobre quien menos poder tiene para corregirla.

X. No era una queja de estacionamiento: era una radiografía nacional

Lo más peligroso de estas escenas es que parecen menores. “Ay, pues te bajaste y ya.” “Ay, pues pagaste y ya.” “Ay, pues pide cambio.” “Ay, pues no exageres.” Esa es la voz oficial de la resignación, siempre lista para defender al sistema porque al menos el sistema ya tiene pluma nueva.

Pero la anécdota importa porque concentra una lógica más grande. México es experto en instalar la apariencia de solución sin cerrar la solución. Pone un kiosco, pero no acepta tarjeta. Pone una barrera, pero no resuelve el flujo. Pone nombre en inglés, pero opera con mentalidad de ventanilla escondida. Pone pavimento nuevo, pero no estructura. Pone fachada moderna, pero no pensamiento. Pone control, pero no comodidad. Pone cobro, pero no servicio.

Y luego, cuando el usuario se queja, el sistema actúa sorprendido, como si el problema fuera la sensibilidad del ciudadano y no el circuito absurdo que lo obligó a bajarse del coche para usar el servicio que prometía no bajarlo del coche.

Ese es el modelo nacional: la falla se privatiza. El sistema falla, pero el usuario absorbe. El diseño falla, pero el usuario camina. La máquina falla, pero el usuario alisa el billete. La planeación falla, pero el usuario pide cambio. La pluma bloquea, pero el usuario tiene que entender. El cobro aparece, pero la lógica queda pendiente.

Y entonces la ciudad sigue diciendo que está lista, porque desde lejos se ve lista. La foto sale bien. El concreto brilla. La lámpara prende. La pluma sube y baja, a veces. El letrero presume. La fachada posa. Y nadie en el folleto menciona que detrás de la experiencia premium hay un ciudadano buscando efectivo mientras su comida muere en el asiento del copiloto.

XI. Edicto parroquial contra la modernización de utilería

Aviso a la comunidad: se les informa a los vecinos, conductores, clientes, peregrinos, gestores involuntarios, consumidores de combo mediano y demás personas de buena fe, que no toda cosa con botón es progreso. No todo aparato con pantalla piensa. No toda barrera ordena. No todo complejo comercial con nombre en inglés entiende cómo salen los carros. No todo pavimento nuevo tiene debajo una idea. No toda máquina que pide dinero sabe recibirlo. No todo lugar que parece moderno ha sido perdonado por la lógica.

Se ruega a los fieles no confundir “se ve bonito” con “funciona”. La diferencia puede parecer pequeña, pero separa a una ciudad habitable de una maqueta con cuotas. También se recuerda que la palabra autoservicio no debe usarse en vano. Quien prometa auto y entregue caminata deberá presentarse ante el comité correspondiente con tres copias de su contradicción, identificación oficial y una bolsa de papas ya frías como ofrenda probatoria.

Porque la modernización de utilería es especialmente ofensiva. No porque sea fea, sino porque quiere crédito de bonita. Quiere aplauso antes de funcionar. Quiere que uno admire la fachada mientras tropieza con el procedimiento. Quiere decir “mira qué moderno” mientras te manda a buscar cambio como si estuviéramos en una feria patronal donde el juego mecánico no acepta billetes grandes.

La ciudad no necesita más cosas que parezcan pensadas. Necesita cosas pensadas. Y pensar, aunque parezca extravagante, incluye imaginar qué hace una persona después de comprar comida en un autoservicio. La persona quiere salir. No quiere iniciar una investigación de campo. No quiere entender la administración del estacionamiento. No quiere conocer el kiosco. No quiere desarrollar una relación espiritual con un billete rechazado. Quiere irse.

Eso debería bastar.

XII. La trilogía del error y la generosidad inagotable del país

De incidentes así nacen expedientes más grandes, porque México rara vez entrega un error solo. Lo entrega en serie, con presentación, repetición, variaciones regionales y posibilidad de secuela. Hoy es el autoservicio con caminata incluida. Mañana será la aplicación que no sirve para evitar la fila, la fila para aclarar que ya se pagó en línea, la ventanilla que solo recibe documentos impresos de un trámite digital, el portal oficial que no informa pero existe, el estacionamiento inteligente que exige monedas, la plaza premium donde la salida está diseñada como laberinto para chivos con posgrado.

El país produce estos casos con una abundancia que debería preocuparnos si no fuera porque también nos da material. Pero que algo dé material no significa que no canse. La risa no absuelve al sistema. Nomás nos permite mirarlo sin aventar el volante al canal.

Por eso este reporte no se levanta contra una hamburguesa, ni contra un empleado, ni contra una máquina específica, ni siquiera contra una pluma que, pobre, seguramente solo obedece órdenes como burócrata de plástico. Se levanta contra la costumbre nacional de llamar solución a un pedazo de mecanismo sin pensamiento alrededor.

Cuando una ciudad se prepara para que el mundo la mire, no basta con pintar la orilla del problema. No basta con poner jardineras y nombres elegantes. No basta con que el complejo parezca de revista si la experiencia real parece trámite municipal diseñado durante una discusión familiar. La modernización que no reduce la molestia, sino que la reorganiza con mejor iluminación, no es modernización. Es coreografía.

Y en este país ya hemos visto demasiada coreografía. Corte de listón para obra incompleta. Inauguración para sistema que no sirve. Aplicación para trámite que termina en ventanilla. Reglamento para problema que nadie supervisa. Letrero de salida que no resuelve la salida. Autoservicio que necesita zapatos cómodos.

XIII. Auto King, rey destronado por su propio estacionamiento

Hay algo casi literario en que el letrero diga AUTO KING. Es demasiado perfecto. Si uno lo inventara, algún editor diría que está exagerado. Pero la realidad mexicana tiene esa delicadeza: coloca la ironía en letras grandes, iluminadas, listas para fotografiarse.

Auto King. El rey del auto. Y sin embargo, el rey debe bajarse. El rey debe caminar. El rey debe buscar kiosco. El rey debe alisar billetes. El rey debe pedir cambio. El rey debe regresar a su carro antes de que la corte de papas pierda la fe. El rey no gobierna nada. El rey es un contribuyente con boleto.

La monarquía vehicular cae no por revolución, sino por mala planeación de estacionamiento. No entra un ejército. Entra una pluma. No hay golpe de Estado. Hay kiosco. No hay manifiesto. Hay efectivo solamente. No hay batalla. Hay un billete que la máquina escupe tres veces hasta que el ciudadano entiende que su lugar en el reino no era conducir, sino obedecer instrucciones mal distribuidas.

Y ese es el cierre más triste y más chistoso: la contradicción venía rotulada. No había que interpretarla. Estaba arriba, en grande, como santo patrono de la escena. Auto King abajo obligando al auto a dejar de ser auto. Autoservicio convertido en trámite. Comida rápida convertida en comida demorada por estacionamiento. Modernidad convertida en caminata.

México no siempre necesita que lo critiquen. A veces se explica solo. A veces se delata con una pluma. A veces pone un kiosco que no acepta tarjeta en un complejo que quiere parecer internacional. A veces cobra estacionamiento a quien no se estacionó y luego lo obliga a estacionarse para pagar. A veces el país no falla en silencio: falla con diseño, lámparas, letrero y boleto.

XIV. Cierre de expediente: favor de no doblar la lógica antes de insertarla

ZacoalcoNet, después de revisar los hechos, escuchar el crujido espiritual de las papas, observar la conducta sospechosa del billete, tomar declaración informal a la pluma y consultar con tres señoras que no estaban presentes pero de todos modos entendieron todo, concluye lo siguiente:

Un autoservicio que obliga a caminar no es autoservicio. Es trámite con comida. Es peregrinación con refresco. Es urbanismo de utilería. Es la confesión perfecta de un país que muchas veces confunde instalar cosas con pensar cosas, cobrar acceso con ofrecer servicio, controlar movimiento con facilitar movimiento, y verse moderno con dejar de ser torpe.

No se pide perfección. Nadie espera que una ciudad mexicana funcione como reloj suizo, porque además qué flojera una ciudad sin chisme. Pero sí se pide una mínima misericordia lógica. Si el cliente entra por el carril de autoservicio, que pueda salir por el carril de autoservicio. Si se le va a cobrar, que pueda pagar sin abandonar el coche. Si hay máquina, que acepte tarjeta. Si exige efectivo, que no se espante con un billete mexicano. Si el complejo presume modernidad, que no mande al ciudadano a pedir cambio como si estuviera comprando boletos para la tómbola del templo.

Porque al final no se trata de la hamburguesa. Se trata de esa costumbre de hacer que la gente cargue con los huecos del sistema y luego llamarle normalidad. Se trata de esa pluma que no solo detuvo un coche, sino que levantó acta contra toda una manera de fingir progreso. Se trata de esa caminata ridícula que, en su pequeñez, explicó más del país que muchos discursos con PowerPoint.

El ciudadano salió, eventualmente. Las papas sobrevivieron, aunque ya sin fe. La hamburguesa cumplió su destino con dignidad tibia. El billete, quizás, fue aceptado después de la humillación suficiente. La pluma subió como suben las cosas en México: tarde, después de cobrar, y sin pedir perdón.

Y el Auto King siguió ahí, brillando con su nombre imperial, mientras el rey del auto regresaba caminando a su carro, con la bolsa enfriándose, el boleto vencido de sentido común y una certeza amarga, pero perfectamente documentable:

En México, hasta para no bajarse del coche, a veces hay que bajarse del coche.