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Zacoalconet Presenta: El Futuro Es Nuestro, Nomás Falta Encontrar Dónde Lo Dejaron

Joaquín Murrieta

Joaquín Murrieta

Cronista de ZacoalcoNet. Nació en East Hollywood, hizo sus primeras andanzas entre East LA y Commerce, y hoy levanta actas no autorizadas desde Zacoalco

Canalícese este boletín por conductos autorizados.⠀⠀

O relación oficialmente sospechosa, literariamente aprobada y administrativamente en observación sobre la trilogía española que promete entender, reparar y reconstruir México sin primero pedirle permiso al sello, al compadre, al tío, al licenciado, ni al señor del escritorio que no sabe, pero sí se molesta

Por Roburpo Nabarfo. Sobreviviente de trámites eternos, archienemigo del clip de Word, editor en jefe del Instituto Nacional de la Mayonesa Existencial y actual custodio temporal de una libreta amarilla donde alguien escribió “THE FUTURE IS OURS” con toda la fe de quien todavía no ha ido a una ventanilla después de las dos de la tarde.

Hay frases que llegan al mundo caminando despacito, con sombrero, expediente bajo el brazo y cara de que no traen prisa porque ya saben que nadie las va a atender. Y luego hay frases que llegan como anuncio de escuela privada, como promesa de campaña, como mural de secundaria recién pintado, como slogan de gobierno estatal, como comercial de banco donde todos sonríen porque al parecer nadie en esa familia ha tenido que corregir su CURP.

The Future Is Ours. Así, en inglés. Con mayúsculas. Con tachuela roja. Con papel amarillo. Con esa seguridad que tienen los letreros cuando todavía no han conocido a México.

Porque decir “The Future Is Ours” suena bonito. Suena a póster motivacional. Suena a salón de juntas con café tibio y galletas que nadie pidió. Suena a ejecutivo levantándose la manga de la camisa para señalar una gráfica donde la flechita sube, como si la flechita supiera algo que los demás no. Pero escrito sobre México, o alrededor de México, o en ese barrio cósmico donde México se sienta, se rasca la cabeza, mira el cable colgando y dice “ahorita vemos”, la frase cambia.

Ya no es solamente promesa. Es amenaza. No porque el futuro sea malo. No señor. El futuro puede ser precioso. El futuro puede tener banquetas parejas, baños con papel, escuelas que enseñan, oficinas que contestan, calles donde la lógica no llegue de visita nomás en Semana Santa, y comercios donde autoservicio signifique servicio desde el auto, no caminata penitencial con papas frías.

El problema no es el futuro. El problema es que México, cuando oye la palabra futuro, muchas veces pregunta: “¿Con factura o sin factura?” Y ahí empieza la primera grieta en la banqueta del porvenir.

Porque el futuro sí puede ser nuestro. Claro que puede. Faltaba más. Pero primero hay que revisar si el futuro está registrado, si tiene uso de suelo, si no lo agarró un primo para guardar herramienta, si no lo clausuraron por no tener extintor, si no lo rentaron para salón de eventos, si no lo convirtieron en estacionamiento, si no lo vendieron por pedacitos, si no lo subieron a Facebook Marketplace como “terreno con gran potencial, informes por inbox”.

Y entonces uno entiende que esta trilogía no nace de una idea. Nace de una sospecha: la sospecha de que México no está roto porque le falte talento. No. México tiene talento hasta para complicar lo sencillo con una elegancia que en otro país ya sería patrimonio cultural. México tiene talento para inventar soluciones, aguantar presión, improvisar con tres clips, un diablito, media bolsa de cemento, dos frases de la abuela y una mirada de “sí sale, nomás no lo muevas”.

México no está corto de inteligencia. Está sobrado de mecanismos que convierten la inteligencia en trámite. Y de ahí sale el primer libro.

Libro Uno: Where Mexico Went Wrong and How to Fix It

O como se diría en el idioma de las ventanillas con corazón, pero sin tóner: Dónde México se equivocó y cómo arreglarlo.

No “qué hizo mal México”, porque eso suena a regaño de maestro sustituto. No “por qué México es así”, porque eso ya parece plática de sobremesa donde todos opinan, nadie escucha y al final alguien acaba culpando al clima, a la Conquista, al vecino, al gobierno, a los jóvenes, a los viejos, al reguetón, al imperialismo, al compadre, al PRI, al PAN, a Morena, al América, al Chivas y a la señora que estacionó la camioneta sobre la rampa.

No. La pregunta correcta es más fina. ¿Dónde se equivocó? Porque “dónde” implica camino. Implica mapa. Implica que tal vez no nacimos condenados, sino mal dirigidos. Como cuando uno va manejando, el copiloto dice “por aquí está más rápido”, uno le hace caso, pasan cuarenta minutos, ya están en una brecha, un perro los mira con lástima, Google Maps perdió la fe, y el copiloto todavía insiste: “Sí era por aquí, nomás que antes no estaba esa zanja.”

México, en muchas cosas, es ese copiloto. No necesariamente malvado. No necesariamente tonto. Pero sí muy seguro. Con una seguridad peligrosísima. La seguridad de quien no sabe, pero ya opinó. La seguridad de quien nunca mantuvo el sistema, pero sí inauguró la placa. La seguridad de quien no entiende la operación, pero ya mandó hacer el logo. La seguridad de quien confunde autoridad con conocimiento, escritorio con criterio, sello con verdad, uniforme con solución y junta con avance.

Este primer libro tendría que mirar la equivocación sin ponerse solemne como estatua municipal a mediodía, porque México no aguanta otro diagnóstico con cara de PowerPoint. Ya tuvimos suficientes “ejes estratégicos”, “rutas de transformación”, “agendas integrales”, “planes rectores”, “mecanismos de coordinación” y “mesas de diálogo” donde la mesa sí existe, el diálogo quién sabe, y la coordinación se fue por cigarros en 1998 y no volvió.

Este libro tendría que entrar por la puerta de la risa. Pero no risa barata. No risa de burla desde afuera. Risa de quien conoce la casa. Risa de quien sabe dónde truena la escalera, cuál llave no sirve, qué cajón tiene pilas viejas, qué tío promete arreglar la fuga desde diciembre y qué ventana se queda abierta porque “si la cierras ya no abre”.

Ese es el tono correcto. Amor con acta circunstanciada. Cariño con evidencia. Ternura con fotografía del daño. Porque México no necesita que lo humillen. Para eso ya están los recibos de luz, las filas del banco, las obras públicas eternas y ciertas oficinas donde el aire acondicionado sólo funciona en la parte donde no está la gente.

México necesita que alguien diga: “Mira, aquí fue. Aquí doblamos mal. Aquí confundimos obediencia con educación. Aquí confundimos aguantar con madurar. Aquí confundimos mandar con cuidar. Aquí confundimos improvisar con resolver. Aquí confundimos sobrevivir con funcionar. Aquí confundimos que algo no se haya caído todavía con que esté bien construido.”

Y luego viene la parte peligrosa: How to Fix It. Cómo arreglarlo.

Ahí es donde se ponen nerviosos los guardianes del desorden. Porque criticar todavía se permite. En México todos critican. El taxista critica. La tía critica. El maestro critica. El político critica al político que critica al político anterior que criticaba al político de antes. El señor de la tienda critica. El adolescente critica. El albañil critica. La señora del puesto critica con una precisión sociológica que si la transcribieran en una universidad cobrarían colegiatura.

Pero arreglar. Ah. Arreglar ya es otra cosa. Arreglar incomoda porque obliga a decir quién hace qué, cuándo, con qué recursos, bajo qué regla, con qué mantenimiento, con qué consecuencia y con qué persona revisando que no se convierta otra vez en circo con membrete.

Arreglar requiere lo que en México se considera casi una provocación internacional: definir. Y definir en México es peligroso, porque muchas cosas sobreviven precisamente porque nadie las define. Si no se define, se interpreta. Si se interpreta, se negocia. Si se negocia, se acomoda. Si se acomoda, se privatiza emocionalmente. Y si se privatiza emocionalmente, ya salió alguien diciendo: “Pero no lo hagamos tan formal, somos gente de confianza.”

La frase “somos gente de confianza” debería venir con alarma, chaleco reflejante y un pequeño manual que diga: “Atención: usted está entrando en una zona donde la responsabilidad probablemente será distribuida como gelatina en temblor.”

Por eso el primer libro no sería un libro de quejas. Sería un mapa de torceduras. Un atlas de “aquí se empezó a hacer normal lo que nunca debió normalizarse”: la escuela que enseña obediencia, pero no criterio; la familia que enseña sacrificio, pero no límites; la oficina que enseña trámite, pero no servicio; el comercio que cobra modernidad, pero entrega estorbo; la ciudad que instala barreras, pero no flujo; la autoridad que inaugura, pero no mantiene; el ciudadano que aprende a sobrevivir, pero no a exigir sin sentir culpa.

Y mientras todo eso se explica, no hay que ponerle bata de doctor. Hay que ponerle bigote de trámite. Hay que dejar que entre la comedia. Porque si no, el paciente se asusta. Y México, cuando se asusta, hace una junta.

Libro Dos: Another Wonderful Assortment of Mexico’s Greatest Mistakes

Aquí la cosa ya se pone de vitrina. Porque después de explicar dónde nos equivocamos y cómo se podría arreglar, uno pensaría que el país, conmovido por la claridad, diría: “Muy bien. Gracias por la observación. Procederemos a corregir los procesos, dignificar el servicio, mejorar la operación y evitar que la gente tenga que llevar tres copias de algo que nosotros mismos imprimimos.”

Pero no. México no trabaja así. México, cuando le muestras el error, a veces te responde con otro error más grande, más colorido, más festivo, más pavimentado, con moño, lona, banda, discurso y maestro de ceremonias.

Por eso hace falta el segundo libro: Otro maravilloso surtido de los mejores errores de México. Porque un solo error no basta. México no entrega error individual. México entrega surtido. Como pan dulce. Como piñata. Como paquete de fiesta. Como bolsa de dulces donde uno mete la mano y nunca sabe si va a sacar un mazapán, una paleta pegajosa, un cacahuate japonés o una evidencia de que el proveedor municipal confundió “calidad” con “que parezca de lejos”.

El segundo libro sería el museo. No el museo elegante, con luz tenue y señor de seguridad que te mira como si fueras a robarte una vasija olmeca. No. Un museo de errores vivos. Errores en operación. Errores con horario. Errores que cobran estacionamiento. Errores con página de Facebook. Errores que tienen buzón de quejas, pero el buzón está cerrado con candado y la llave la tiene alguien que ya no trabaja ahí. Errores que dicen “en mantenimiento” desde hace seis años. Errores que tienen letrero de “disculpe las molestias” tan permanente que ya debería pagar predial.

Este libro tendría capítulos como expedientes. El capítulo de la ventanilla que pide una copia de la copia que ellos mismos extraviaron. El capítulo del portal oficial que existe para demostrar que algo puede estar en internet y aun así no informar nada. El capítulo de la calle recién arreglada que a los tres meses parece haber sido bombardeada por una flota de camiones cargados de arrepentimiento. El capítulo de la escuela que pide participación de los papás, pero se ofende cuando los papás participan por escrito. El capítulo del negocio moderno donde la terminal no sirve, pero el precio sí viene con aspiraciones internacionales. El capítulo del funcionario que no resuelve, pero explica con una calma tan grande que uno empieza a sospechar que su verdadera profesión es producir niebla.

Porque hay gente que habla y aclara. Y hay gente que habla y llena el cuarto de humo administrativo. Uno entra con una pregunta sencilla: “¿Quién autorizó esto?” Y sale con veinte minutos de explicación sobre cómo las cosas se han venido manejando de acuerdo con los lineamientos correspondientes, siempre buscando el bienestar de la comunidad, dentro de las posibilidades, tomando en cuenta las circunstancias, sin dejar de lado que existen procesos internos, además de factores externos, y que en su momento se dará a conocer lo conducente.

Eso no es respuesta. Eso es salsa. Salsa verbal. Salsa espesa. Salsa para cubrir que debajo no había carne. Y ahí entra la función del segundo libro: reírse de la salsa sin olvidar que alguien se quedó sin comer.

Porque los errores de México muchas veces son graciosos en la superficie y carísimos por debajo. La banqueta mal hecha hace reír hasta que alguien se cae. El trámite absurdo hace reír hasta que alguien pierde un día de trabajo. La escuela improvisada hace reír hasta que un niño aprende que pedir claridad es portarse mal. La oficina que no contesta hace reír hasta que una familia queda atrapada en el limbo. El “así se ha hecho siempre” hace reír hasta que uno se da cuenta de que siempre no era tradición: era fuga.

Fuga de responsabilidad. Fuga de mantenimiento. Fuga de criterio. Fuga de adulto. Fuga de sistema.

Pero el libro no puede decirlo así, todo serio, con cara de congreso. Tiene que decirlo como quien trae un expediente en una mano y una torta de pierna en la otra. Tiene que decir: “Estimado público: se les informa que el país presenta nuevamente síntomas de haber sido armado por comité, corregido por compadre, inaugurado por prisa y mantenido por esperanza. Favor de no recargarse en la promesa, porque todavía está fresca la pintura.”

Ese es el surtido. No para decir que México es peor. Para decir que México es demasiado importante como para dejarlo en manos de la costumbre con botas. Porque hay una diferencia entre amar a un país y aplaudirle las mañas. El que ama no dice “así déjalo”. El que ama dice: “¿Quién puso este cable cruzando la puerta y por qué todos están actuando como si fuera parte del folclor?”

Y claro, inmediatamente aparece alguien: “Ay, ya vas a empezar.” Sí. Vamos a empezar. Porque alguien tiene que empezar. Y si se puede empezar riéndose, mejor. La risa abre la puerta. Luego entra la evidencia. Luego entra la pregunta. Luego entra el silencio incómodo. Y en ese silencio, por fin, tal vez, se oye un tornillo flojo.

Libro Tres: Where Is This Mexico Place and Why Don’t ‘We’ Just Take Over

Este título es una bomba envuelta en chiste. Y como toda bomba envuelta en chiste, debe manejarse con pinzas, guantes, sentido del humor, seguro contra malentendidos y una notita que diga: “No se asuste, señora. Nadie está invitando a nadie a invadir nada. Es sátira. Baje el comal.”

Where Is This Mexico Place and Why Don’t ‘We’ Just Take Over. ¿Dónde queda este lugar llamado México y por qué “nosotros” no simplemente lo tomamos?

El “nosotros” va entre comillas porque ese “nosotros” no es un país real, ni un ejército, ni una bandera, ni un señor gringo con casco blanco, carpeta azul y sonrisa de aeropuerto. Ese “nosotros” es la fantasía absurda de que el problema de México se arregla con que llegue alguien de fuera, ponga orden, cambie la contraseña del WiFi nacional, lave las cortinas, organice los archivos, baje una app, meta todo a Excel y diga: “Listo, ya funciona.”

Qué ternura. Qué inocencia. Qué ganas de no haber entendido nada. Porque México no es una oficina desordenada esperando al gerente correcto. México es una casa enorme donde todos saben que la tubería gotea, pero también todos saben quién se enoja si preguntas por qué nunca se arregló. México es una sobremesa donde el problema ya se explicó tres veces, pero el tío más ruidoso todavía cree que está dando contexto. México es una escuela donde los niños aprenden reglas invisibles antes de aprender derechos visibles. México es una ciudad donde se inaugura la fachada antes de revisar si por dentro hay escalera.

Y también es muchas cosas hermosas. Por eso duele. Si México fuera pura desgracia, uno lo abandona emocionalmente y ya. Pero no. México da demasiado. Da comida que parece haber sido inventada por santos con hambre. Da lenguaje que puede insultar, consolar, bendecir y hacer reír en la misma frase. Da abuelas capaces de diagnosticar el alma con sólo verte la cara. Da mercados que son más inteligentes que muchos sistemas de planeación urbana. Da vecinos que se organizan cuando la autoridad no llega. Da maestros buenos escondidos en sistemas malos. Da técnicos brillantes sin reconocimiento. Da madres, padres, tíos, mecánicos, taqueros, albañiles, enfermeras, comerciantes, estudiantes, doctores, choferes y señoras de copiadora que sostienen más país del que cualquier informe oficial se atrevería a admitir.

México no es el problema. El problema es la maquinaria que se monta encima de México y luego se hace pasar por México. Ahí está la diferencia.

El tercer libro tendría que burlarse de la idea de “tomar control” precisamente para destruirla. Porque el control no arregla lo que no entiende. El control puede pintar la pared, poner cámaras, contratar consultores, comprar software, cambiar uniformes, exigir reportes, poner horarios, crear indicadores y declarar que todo está bajo supervisión. Pero si no entiende la vida real que pasa debajo, sólo instala otra capa de teatro. Más bonita, quizá. Más cara, seguro. Pero teatro.

México ya tiene demasiado teatro con sello. No necesita importarlo.

El tercer libro sería la mirada del extranjero imaginario que llega creyendo que el país es un tablero. Mira el mapa y dice: “Bueno, pues ponemos aquí una vía rápida, acá un sistema digital, allá un centro de atención, eliminamos corrupción, optimizamos procesos y listo.” Y México, sentado en una silla de plástico, tomando café de olla, lo mira y le pregunta: “¿Y ya hablaste con la señora que tiene la llave?”

El extranjero no entiende. “¿Cuál señora?” Ahí empieza el libro. Porque en México siempre hay una señora que tiene la llave. O un señor. O un primo. O una oficina cerrada. O una excepción no escrita. O una amistad indispensable. O una costumbre que nadie aprueba, pero todos obedecen. O una regla oficial que nadie aplica. O una regla invisible que sí se aplica con una fuerza religiosa.

El tercer libro debe enseñar eso sin convertirse en manual de cinismo. No se trata de decir “así es México y no hay nada que hacer”. Al contrario. Se trata de decir: “Antes de arreglar, entienda. Antes de mandar, observe. Antes de importar soluciones, revise qué problema cree estar resolviendo. Antes de poner una aplicación, pregunte quién va a contestar. Antes de digitalizar el trámite, pregunte si el trámite debía existir. Antes de pedir orden, pregunte quién se beneficia del desorden.”

Porque a veces el desorden no es accidente. A veces el desorden es oficina. A veces el desorden es modelo de negocio. A veces el desorden es jerarquía. A veces el desorden es una forma de mantener a la gente pidiendo permiso. Y eso, dicho en seco, suena a manifiesto. Dicho con risa, entra más hondo. Porque uno se ríe y luego dice: “Espérate. Eso sí pasa.” Exactamente. Bienvenido al expediente.

La trilogía como prima de Hazard Pay, pero con sombrero municipal

Esta trilogía tendría algo de manual oculto, como aquellos libros que no parecen manuales hasta que uno ya los leyó y de pronto entiende por qué siempre se estaba golpeando contra la misma puerta. Pero no debe llegar con bata, silbato ni diagrama demasiado visible. Todavía no.

Aquí no hace falta inventar siglas, sellos internos, categorías, taxonomías ni organigrama cósmico. Eso después, si el país lo exige o si la impresora empieza a hablar. Por ahora basta con que el lector entre por la anécdota.

El autoservicio que obliga a caminar. La página oficial que no informa. La oficina que no contesta. El trámite que se alimenta de copias. El sistema que pide paciencia, pero nunca entrega claridad. La autoridad que exige respeto, pero no ofrece precisión. La familia que llama amor a la subcontratación emocional. La escuela que pide confianza, pero evita el papel. El comercio que se siente moderno porque cobra como moderno, aunque opere como caja de zapatos con luces LED.

Todo eso se junta y forma una pregunta más grande: ¿Y si muchos problemas no fueran fallas sueltas? ¿Y si fueran lecciones mal enseñadas? ¿Y si México no estuviera “mal” de manera misteriosa, sino entrenado durante generaciones para aceptar ciertas mañas como si fueran naturaleza?

Ahí se parece a Hazard Pay, pero no copia su uniforme. Hazard Pay mira el piso de fábrica, la infancia, el trabajo, el padre, la seguridad, el dinero, el cuerpo, la obediencia, la explotación con cara de disciplina. Esta trilogía mira otro piso: el piso nacional, la banqueta, la escuela, el municipio, el mostrador, la ventanilla, el estacionamiento, el portal oficial, el archivo muerto que todavía respira, la sala de juntas donde todos saben que el problema existe, pero nadie quiere ser el primero en decirlo con palabras exactas.

Y como no hay todavía taxonomía, mejor. Que respire. Que camine chueco. Que se haga el borracho. Que parezca comedia regional. Que el lector crea que vino por el chisme y se vaya con una herramienta metida en la bolsa. Sin darse cuenta. Como contrabando de criterio. Porque a veces la enseñanza directa espanta. Pero el chiste deja pasar la verdad escondida en una torta.

El futuro es nuestro, pero hay que ir por él antes de que lo aparten

Volvamos al papel amarillo, a la tachuela roja, a la frase: THE FUTURE IS OURS.

Sí. El futuro es nuestro. Pero no por decreto. No porque lo diga un poster. No porque alguien lo traduzca al inglés y le ponga tipografía seria. No porque una administración pinte guarniciones. No porque un portal tenga logo. No porque una escuela tenga uniforme. No porque una plaza tenga lámparas. No porque una oficina diga “atención ciudadana”. No porque una app diga “solución integral”.

El futuro se vuelve nuestro cuando dejamos de confundir apariencia con estructura. Cuando dejamos de aplaudir inauguraciones y empezamos a preguntar por mantenimiento. Cuando dejamos de respetar el escritorio por el escritorio y empezamos a preguntar qué resuelve. Cuando dejamos de llamar “complicado” a lo que simplemente está mal diseñado. Cuando dejamos de llamar “así somos” a lo que alguien debería haber arreglado hace veinte años. Cuando dejamos de aceptar que la gente común cargue con la falla del sistema.

Y sobre todo, cuando aprendemos a reírnos sin rendirnos. Porque esa es la clave. La risa mexicana puede ser anestesia o puede ser herramienta. Puede servir para aguantar lo inaguantable, o puede servir para señalarlo con tanta precisión que ya no se pueda esconder.

Zacoalconet, en su humilde, ridícula, necesaria y parcialmente mayonesera función pública, propone la segunda. Reír para ver. Reír para nombrar. Reír para no dejar que el absurdo se disfrace de normalidad. Reír para que cuando alguien diga “pues así se hace”, otro pueda contestar: “Sí, pero ¿por qué, licenciado? ¿Quién lo decidió? ¿Dónde está escrito? ¿A quién beneficia? ¿Quién lo mantiene? ¿Quién responde si falla? ¿Y por qué huele a que esto lo armó un comité de primos con prisa?”

Ahí empieza el futuro. No en la frase. En la pregunta. No en el slogan. En el tornillo. No en la promesa. En el mantenimiento. No en el gran discurso. En la salida que sí funciona. En la ventanilla que sí contesta. En la escuela que sí explica. En el trámite que no humilla. En la calle que no se deshace. En el ciudadano que ya no se siente grosero por pedir claridad. En el país que deja de actuar como si pensar antes fuera una costumbre extranjera.

Y por eso la trilogía no es anti-México. Es demasiado pro-México para quedarse callada. Porque México merece más que cariño automático. Merece revisión. Merece reparación. Merece mejores instrucciones. Merece mejores adultos en los sistemas. Merece menos teatro. Merece menos pluma automática y más salida lógica. Merece menos “ahorita vemos” y más “ya quedó, aquí está el comprobante, aquí está el responsable, aquí está el mantenimiento y aquí está la forma de reclamar si no funciona”.

Merece futuro. Pero futuro de verdad. No futuro de cartón. No futuro con cinta canela. No futuro inaugurado el viernes y descompuesto el lunes. No futuro que se ve bonito desde la foto oficial, pero obliga al usuario a bajarse del coche para pagar el autoservicio en efectivo con un billete traumado.

Ese futuro no. Ese ya lo conocemos. Ese es el pasado con focos nuevos.

El futuro nuestro, el bueno, el que todavía se puede rescatar de la bodega donde lo dejaron junto al archivo muerto y la silla rota, empieza con tres libros escritos como si fueran chiste, pero con filo de oficio. Uno para entender. Uno para aprender y no repetir. Uno para cuestionar hasta la fantasía del rescate externo. Y todos, debajo de la risa, diciendo lo mismo: México no se arregla odiándolo. México no se arregla romantizándolo. México no se arregla invadiéndolo. México no se arregla maquillándolo. México se arregla dejando de proteger las fallas con frases bonitas.

Se arregla cuando el ciudadano deja de sentirse loco por notar lo obvio. Se arregla cuando alguien mira el kiosco, la pluma, la banqueta, la escuela, la oficina, el portal, la familia, el municipio, el sistema completo, y dice con calma, con cariño, con veneno medido y con la dignidad de quien ya trajo cambio pero no piensa traer paciencia eterna: “Perdón, pero esto no está funcionando.”

Y luego, por si alguien no entendió, se le pone título. Se le pone expediente. Se le pone tachuela roja. Y se escribe arriba, en letras grandes: THE FUTURE IS OURS.

Abajo, con letra más chica, pero más peligrosa: Favor de no volverlo a dejar en manos del comité de apariencia, improvisación y estacionamiento sin tarjeta.