

La palabra bully ya venía medio descompuesta desde el inglés, como licuadora municipal que todavía prende pero ya nada más avienta olor a cable caliente. Originalmente significó algo parecido a “querido”, “compañero” o “buen tipo”; luego pasó por sentidos relacionados con el amante, el protector violento, el padrote, el chulo, el bravucón y el individuo que impone su voluntad mediante intimidación, amenaza o simple presencia física de ropero con iniciativa.
Por lo menos en inglés la palabra trae expediente. Un expediente raro, sí. De esos que empiezan con flores, terminan con una denuncia y en medio tienen tres hojas arrancadas, una firma que nadie reconoce y un sello de una oficina que dejó de existir en 1947. Pero expediente trae.
Empezó abrazando gente y acabó empujándola contra la pared.
También conserva, aunque sólo sea por coincidencia sonora para el oído moderno, cierta cercanía con bull, toro: criatura grande, pesada, frontal y convencida de que todo objeto colocado enfrente fue construido exclusivamente para recibir el impacto. No parece que de ahí venga la palabra, pero el inglés por lo menos puede oírla y pensar en cuernos, embestida, polvo, pantalón blanco y un señor reconsiderando sus decisiones laborales en medio de una plaza.
En español no queda ninguna de las dos cosas.
Bully no suena a toro, porque toro es toro. Tampoco carga la historia de amante, protector, padrote, chulo, bravucón o matón que fue acumulando en inglés. Para un hablante mexicano, bully no contiene ninguna pista sobre el acto, el mecanismo, la jerarquía, la amenaza ni el niño que ya no quiere ir a la escuela porque cada mañana tiene que cruzar una aduana de humillación administrada por otro menor con vocación de presidente vitalicio.
Es solamente un sonido importado, redondo y chiquito, que no puede pronunciarse sin que la boca haga casi una sonrisita:
—Era un buli.
Un buli. Una cosita. Un muñeco de cereal fortificado con seis vitaminas, calcio, hierro y sometimiento colectivo. Un personaje con tenis grandes que aparece los sábados en la mañana para explicarle a la ciudadanía infantil que el desayuno es la comida más importante del día, especialmente si después uno piensa controlar el salón mediante decreto.
En México, lo más cercano por sonido sería bule, que es una vasija, un recipiente, una especie de guaje y, según el lugar, la confianza y la cantidad de comida consumida durante la fiesta patronal, también la panza de alguien.
De modo que cuando una escuela mexicana anuncia que hay un buli en el salón, lingüísticamente podría estar reportando una jarrita con problemas de conducta, un cántaro con autoridad informal o un estómago que tomó control del recreo y ya está cobrando permiso para pasar al baño.
Y luego fabricaron el verbo:
—Lo bulearon.
Como si al niño lo hubieran convertido en recipiente. Como si hubiera entrado alumno y hubiera salido guaje. Como si el problema fuera que le aplicaron una técnica artesanal de almacenamiento y no que lo siguieron, lo humillaron, lo amenazaron, lo aislaron y lo convirtieron en territorio de uso público para la crueldad ajena.
La palabra no explica nada, pero precisamente por eso resulta útil. No obliga a decir acosaron, hostigaron, humillaron, amenazaron, golpearon, aislaron, sometieron o aterrorizaron. Mucho menos obliga a usar la palabra que, en ciertos casos, describe mejor la operación completa y además llega sin moñito: tiranizaron.
Acta de instalación del pequeño reino escolar
En tercero de primaria había una niña en nuestro salón. Era alta y grande. No sé si había repetido uno o varios años, pero físicamente parecía pertenecer a otra división administrativa del sistema educativo, como si por error de archivo hubieran mandado a una alumna de quinto al territorio de tercero y nadie hubiera querido llenar el formato de devolución.
Ella dirigía el salón como un pequeño reino.
No un reino simbólico, de esos que se dicen jugando y duran lo que tarda alguien en quitarse una corona de cartulina. Reino completo. Con población, territorio, reglas, vigilancia, obediencia, sanciones y una jefa de Estado que no había pasado por elecciones porque las elecciones entorpecen mucho cuando uno ya sabe quién va a mandar.
Decidía dónde se sentaba cada quien. Decidía cuándo se podía hablar. Decidía qué tenía que hacer cada niño y en qué momento. Repartía el espacio, el silencio y la conducta como si hubiera recibido de la Secretaría Cósmica de Pupitres un nombramiento laminado con fotografía infantil, fondo gris y vigencia indefinida.
No era una niña que de vez en cuando molestaba a otra. No era una traviesa particularmente intensa. No estaba haciendo una serie de bromitas que luego se salieron de control, como carrito de baleros cuesta abajo. Gobernaba.
Y podía gobernar porque las maestras nos dejaban solos durante horas mientras se iban a la dirección con la madre superiora.
No cinco minutos para sacar unas copias. No el tiempo indispensable para ir por un gis. No una ausencia breve, de esas donde todavía queda flotando en el salón la autoridad del adulto como olor a café recalentado.
Se iban el tiempo suficiente para que dentro del aula apareciera una forma completa de gobierno, con territorio, población cautiva, reglamento oral, policía de proximidad y autoridad ejecutiva concentrada en una alumna de primaria que seguramente ni ella misma entendía por qué nadie la detenía, pero como nadie la detenía, procedió a interpretar el silencio institucional como decreto de toma de posesión.
El sistema funcionaba porque la maestra no estaba. Y como no estaba, necesitaba que alguien hiciera la parte donde ella habría tenido que estar. Entonces la niña estaba.
No porque tuviera derecho, sino porque había espacio. No porque fuera responsable, sino porque los responsables estaban en la dirección. No porque el salón necesitara una tirana, sino porque la administración había confundido la ausencia de adulto con un programa piloto de autogobierno infantil.
Cuando dijimos lo que estaba pasando, la maestra no lo detuvo. Lo sancionó.
Explicó que la niña la estaba ayudando a mantenernos vigilados. Y así, mediante una sola frase, el pequeño reino obtuvo reconocimiento diplomático, tratado de libre circulación entre pupitres y respaldo moral del alto mando.
La niña ya no era solamente una compañera imponiéndose sobre los demás. Ahora era la representante local de la autoridad ausente, una especie de encargada provisional del orden, pero sin salario, sin gafete y sin esa parte incómoda donde los adultos asumen responsabilidad por las facultades que delegan.
La resistencia contra ella podía interpretarse como indisciplina. Quejarse de sus órdenes era quejarse del sistema de vigilancia aprobado por la maestra. La tiranía había dejado de ser una anomalía para convertirse en servicio auxiliar.
Ya no mandaba porque podía. Mandaba porque, según la versión oficial, ayudaba.
Y en México, cuando alguien dice que está ayudando, puede proceder a estorbar, cobrar, mandar, requisar, archivar, condicionar, desaparecer documentos y regresar a comer, siempre que conserve cara de servicio público.
La escuela había encontrado una solución extraordinariamente económica: abandonar a los niños y nombrar informalmente a uno de ellos como aparato de control.
No había presupuesto para supervisión, pero sí había una niña grande. No había presencia adulta, pero sí había autoridad reciclable. No había responsable visible, pero sí había orden.
Y como había orden, el desorden de fondo podía considerarse resuelto, aunque el orden consistiera en que una alumna gobernara a las demás con la legitimidad que da una maestra ausente y una madre superiora reunida en otra oficina.
El bullying como servicio gratuito de supervisión
Cuarenta y cinco años después, los colegios siguen actuando como si los niños de kínder y primaria no necesitaran supervisión constante.
Supervisión sí necesitan, pero al parecer no constante. Constante sería demasiado constante.
Lo conveniente es una supervisión de presencia espiritual: el adulto no está, pero dejó instrucciones; no observa, pero confía; no interviene, pero luego llena un reporte diciendo que se intervino conforme al protocolo que se activa después de que el protocolo ya no sirve para evitar lo ocurrido.
Se habla de independencia, convivencia, liderazgo y autorregulación, como si un grupo de niños pequeños, dejado sin adultos durante suficiente tiempo, fuera a fundar espontáneamente una república deliberativa con turnos de palabra, protección de minorías, transparencia, órgano electoral y una comisión infantil de derechos humanos presidida por el niño que todavía se come el pegamento.
Pero cuando el adulto se retira, el espacio no queda neutral. El vacío no se sienta tranquilamente a esperar. El vacío convoca. Alguien ocupa el lugar.
Puede ser el niño más grande, el más fuerte, el más seguro, el que habla más duro, el que ya entendió que la autoridad no depende de tener nombramiento sino de actuar antes de que alguien se lo impida. Ese niño empieza dando instrucciones, luego reparte permisos, después decide quién pertenece, quién habla, quién se sienta dónde y qué castigo informal recibe el que no coopera.
Primero acomoda una silla. Después acomoda a una persona. Luego acomoda el mundo.
Y cuando el mundo ya quedó acomodado a su gusto, llega el adulto, ve que nadie está brincando por la ventana y concluye que el sistema de convivencia funciona.
No se trata de que no haya supervisión. Supervisión sí hay. Lo que no hay es el supervisor.
Pero como quedó un niño supervisando a los demás, la institución puede conservar la palabra y ahorrarse el cuerpo.
Eso no siempre es simple acoso. En ciertos casos es una forma completa de tiranización infantil.
Pero llamarla tiranía crearía un problema institucional del tamaño de una vaca estacionada en ventanilla.
Si un niño está tiranizando a los demás, entonces alguien tiene que preguntar dónde estaban los adultos, quién permitió que adquiriera ese poder, quién ignoró las quejas y quién se benefició del orden producido por esa dominación.
Y ésas ya son preguntas con sujeto. Con hora. Con lugar. Con nombre. Con firma. Con la posibilidad desagradable de que alguien tenga que dejar de decir “son cosas de niños” y empiece a explicar por qué los adultos no estaban haciendo cosas de adultos.
En cambio, si solamente hubo bullying, el fenómeno parece haber nacido solo:
—Hubo un caso de bullying.
Como si hubiera entrado por una ventana. Como si fuera humedad. Como si el salón hubiera desarrollado bullying por falta de ventilación, exceso de sombra o una fuga en la tubería emocional del plantel.
Nadie lo hizo exactamente. Nadie lo permitió con precisión. Nadie se benefició de manera localizable.
Sucedió. Se presentó. Fue detectado. Se canalizó. Se habló con las partes. Se dejó constancia. Se cerró el expediente con broche Baco mientras el niño seguía entrando al mismo salón con la misma persona y la misma cara de quien ya entendió que el protocolo tiene horario, pero la tiranía llega temprano.
La palabra corta la cadena causal. Desaparecen las horas sin supervisión. Desaparece la autoridad delegada. Desaparece la maestra que agradece la ayuda. Desaparece la dirección donde estaban reunidos los adultos mientras una niña administraba el territorio escolar.
Sólo queda el buli: un pequeño personaje defectuoso que necesita una plática sobre valores, una cartulina con manos de colores y quizá una dinámica grupal donde todos escriban una cualidad positiva de la persona que los controla.
Dictamen provisional sobre la utilidad del pequeño tirano
El nombre bonito y chiquito no existe para describir mejor el acto. Existe para conservar su utilidad.
Si la conducta mantiene callado al grupo, evita que los niños salgan del salón, reduce el ruido y permite que los adultos permanezcan en la dirección, entonces el sistema tiene pocos incentivos para verla con demasiada precisión.
La precisión puede ser muy peligrosa. La precisión encuentra responsables. La precisión señala horarios. La precisión pregunta por qué una niña tenía funciones que nadie le dio oficialmente, pero que todos aprovecharon materialmente.
En cambio, la palabra bullying cabe perfectamente en una presentación de PowerPoint con degradado azul, siluetas de niños tomados de la mano y un título escrito en una tipografía que parece amable aunque el contenido describa meses de terror.
La niña tiranizaba a sus compañeros, pero también prestaba un servicio.
Era vigilancia gratuita. Era control de grupo sin sueldo. Era una auxiliar no registrada que cobraba en autoridad, obediencia y territorio. Era la becaria imperial del salón.
El daño lo recibían los niños. La utilidad la recibían los adultos.
Por eso convenía llamarla líder, madura, ayudante o, en el peor de los casos, una niña con ciertas conductas de bullying. Cualquier palabra servía mientras no obligara a reconocer que la escuela había permitido que una alumna ejerciera poder disciplinario sobre las demás.
Porque la institución no necesitaba que ella fuera buena. Necesitaba que fuera útil.
Si lograba que el salón permaneciera sentado, callado y administrativamente intacto mientras los adultos estaban en otra parte, entonces su conducta podía pasar por liderazgo con bordes ásperos.
Un liderazgo un poco invasivo. Una colaboración de carácter fuerte. Una niña con iniciativa. Una emperatriz con buen manejo de grupo.
Decir “era una bully” la convierte en personaje. Decir “tiranizaba al salón con autorización de la maestra” describe el sistema.
Ésa es la diferencia que el diminutivo importado viene a borrar.
Porque bully no sólo suaviza al perpetrador. También protege al beneficiario adulto.
Permite condenar vagamente el daño sin desmontar el mecanismo que lo vuelve conveniente. La institución puede declararse preocupada por la convivencia mientras sigue dejando a los niños solos, siempre que aparezca otro pequeño monarca dispuesto a mantener el orden con cara de alumna aplicada y energía de capataz de hacienda escolar.
Lo importante no es que el acto no dañe. El acto puede dañar muchísimo. Lo importante es que produzca utilidad.
Que reduzca ruido. Que genere obediencia. Que evite que el adulto tenga que regresar antes de terminar la reunión.
Mientras cumpla esas funciones, la tiranía puede mantenerse en observación, porque una cosa es combatir la violencia y otra muy distinta desinstalar el sistema gratuito que estaba evitando que treinta niños salieran al pasillo.
Solicitud oficial para retirar el anglicismo babywaby
Esto no significa que se deba prohibir a la gente pronunciar o escribir la palabra bully.
Cada quien puede decirla en una conversación, escribirla en redes sociales, ponerla en una canción, imprimirla en una camiseta o tatuársela alrededor del bule si eso le parece lingüísticamente necesario.
La ciudadanía conserva el derecho inalienable de hablar como quiera, incluso cuando quiere hablar como folleto de escuela bilingüe impreso en papel couché.
La solicitud va dirigida a las instituciones mexicanas en sus comunicaciones formales.
Escuelas, colegios, universidades, dependencias, clínicas, tribunales, oficinas públicas y demás edificios donde una hoja membretada pretende significar que alguien sabe lo que está diciendo deben apegarse al español académico y normativo: el equivalente, como expresión, de lo que en inglés se llama the King’s English.
No porque la gente necesite permiso de la Real Academia Española para abrir la boca. La boca sigue siendo de libre uso, salvo cuando uno llega a ventanilla y le piden copia.
Pero una institución formal no debería expresarse como si estuviera improvisando vocabulario durante el recreo, especialmente cuando el anglicismo escogido sirve para hacer el acto más pequeño, el daño más simpático y la responsabilidad más difícil de localizar.
Si bully no está reconocido como palabra española y existen expresiones claras como acoso escolar, hostigamiento, intimidación, maltrato, sometimiento y tiranización, entonces no hay necesidad de presentar el anglicismo como si fuera un diagnóstico técnico intraducible entregado directamente por la Organización Mundial del Recreo durante una cumbre celebrada detrás de la cooperativa.
Mucho menos cuando la palabra extranjera sirve para ponerle rueditas al daño y empujarlo debajo del escritorio institucional.
Por lo tanto, se solicita oficialmente a todas las instituciones mexicanas que dejen de utilizar anglicismos babywaby innecesarios para suavizar conductas, ocultar la falta de supervisión o cubrir incompetencia institucional.
No dejaron a los niños solos: “Se presentó una situación de bullying.”
No permitieron que un alumno dominara al grupo: “Se detectaron dificultades de convivencia.”
No ignoraron meses de amenazas: “Se activó el protocolo correspondiente.”
No desapareció el adulto: “Se fomentó la autonomía.”
No se delegó autoridad a una menor: “Se reconoció su liderazgo natural.”
No hubo tiranía: “Hubo una interacción desafortunada entre pares.”
El anglicismo hace trabajo institucional. Suena moderno. Suena especializado. Suena importado en caja blanca con manual en inglés y tres adaptadores que nadie sabe para qué sirven.
Y sobre todo suena suficientemente vaporoso para que nadie tenga que completar la oración con un sujeto.
¿Quién dejó que ocurriera? ¿Quién se ausentó? ¿Quién recibió la queja? ¿Quién decidió que la tiranía era útil mientras mantuviera callado al grupo? ¿Quién convirtió a una niña en autoridad auxiliar y luego llamó bullying al uso de esa autoridad?
Aquí no hubo simplemente bullying.
Hubo una niña tiranizando a sus compañeros mientras los adultos omitían supervisarlos, y hubo una maestra que convirtió esa tiranía en una función auxiliar porque le resolvía un problema.
La niña tenía el reino. La maestra tenía el silencio. La dirección tenía reunión. Y los demás niños tenían la obligación cívica de no interrumpir el funcionamiento de una estructura que oficialmente no existía.
Después de cuarenta y cinco años, el procedimiento sigue funcionando: primero abandonan la supervisión, luego aprovechan la tiranía y al final le ponen un nombrecito extranjero que no puede pronunciarse sin sonreír.
No se inventó; se tuvo que archivar.

